Brasil y Uruguay disputaron el partido final de la Copa del Mundo y, contra todo pronóstico, "La Garra Charrúa" se alzó con el triunfo y el país anfitrión sufrió una de las derrotas más célebres de la historia del futbol
Comienza entonces la épica de “El Maracanazo", un término que 75 años después sigue vivo y se utiliza con frecuencia para describir una inesperada victoria, una metáfora sobre cómo el pequeño puede tumbar al gigante.
Los brasileños llegaron al partido final con números que asustaban. Ganaron cinco partidos y empataron uno. Marcaron 21 goles y recibieron cuatro.
El primer tiempo acabó sin goles. Al principio del segundo, el delantero brasileño Albino Friaça abrió el marcador y en el minuto 66 Schiaffino empató para Uruguay. Quedaban 24 minutos por jugar.
A Brasil le bastaba el empate, ya que el equipo anfitrión sumaba en la tabla cuatro puntos, el triunfo valía dos y el empate, uno; mientras Uruguay tenía tres.
Sin embargo, a 11 minutos del pitido final, Ghiggia dio la vuelta al partido. Las lágrimas y el silencio cubrieron el recién inaugurado Maracaná, entonces el estadio más grande del mundo.
Años después, Ghiggia lanzó la frase que lo hizo inmortal durante un homenaje en Brasil: "Solo tres personas fuimos capaces de silenciar el Maracaná: el Papa, Sinatra y yo".
¿Existe el azar?
El destino y el azar se unieron otro 16 de julio, pero de 2015. Ghiggia, último superviviente de “El Maracanazo”, murió a los 88 años cuando veía un partido de futbol por televisión con su hijo Arcadio, en el hospital donde estaba internado por un dolor de espalda.
El jugador descansa en el panteón de los Olímpicos del Cementerio de Buceo de Montevideo, junto a los restos del poeta Mario Benedetti y los de Alberto Schiaffino, el autor del empate uruguayo en la épica final.
A día de hoy, Ghiggio sigue siendo uno de los seis únicos futbolistas extranjeros inmortalizados en la "calzada de la fama" del legendario estadio Maracaná. Junto a él solo han grabado sus huellas en el cemento el alemán Franz Beckenbauer, el portugués Eusebio, el chileno Elías Figueroa, el paraguayo Julio César Romero "Romerito" y el serbio Dejan Pétkovic.
Entre las decenas de brasileños que han dejado su marca en Maracaná están leyendas como Pelé, Zico, Garrincha (de forma póstuma),
Rivelino, Didi, Ronaldo, Roberto Dinamite, Telê Santana o Djalma Santos.
Una derrota que cambió hasta el color de la camiseta
La conmoción que provocó la victoria de Uruguay sobre Brasil en 1950 afectó hasta el color de la camiseta brasileña.
Desde sus orígenes como selección en 1914, Brasil eligió el blanco, pero la inesperada derrota en 1950 hizo que se considerase una camiseta maldita, por lo que el diario “Correio da Manha” convocó un concurso, auspiciado por la extinta Confederación Brasileña de Deportes, para elegir otro color, con una sola premisa: debía incluir los colores de la bandera: amarillo, verde, azul y blanco.
El ganador fue Aldyr García Schlee, que, en 1953, con 19 años y experiencia como diseñador y caricaturista, destacó entre 301 participantes.
Su camiseta ‘verde-amarelha’, con el pantalón azul y las medias blancas, se impuso por la "armonía" que imponía en los colores y cambió el destino de la selección brasileña, ganadora de cinco mundiales (1958, 62, 70, 94 y 2002), que desde entonces también es conocida como “la canarinha”.
Setenta y cinco años después, la Asociación Uruguaya de Futbol lanzó a finales de 2024 una camiseta en homenaje a la gesta futbolística: una réplica de la casaca que lució la selección aquel 16 de julio, con el número 75 en color rojo en la espalda y un dibujo referido a “El Maracanazo”.
¿Un trauma superado?
Hay quien opina que la histórica derrota aumentó la motivación de Brasil para ganar los campeonatos mundiales del 58, 62 y 70, y supuso un impacto en la autoestima de los brasileños que perduró durante décadas.
El golpe fue incluso mayor que la derrota de Brasil en la final del Mundial de 1998 frente a Francia (3-0) o el 7-1 que Alemania le propinó a los brasileños en Belo Horizonte en la semifinal del Mundial de 2014.
Pese al tiempo transcurrido, la herida continúa abierta en la historia futbolística del país.