Resulta paradójico que un mundo como en el que hoy vivimos tenga contrastes devastadores. Estamos con un avance científico –tecnológico impresionante, pero... pero también asistiendo a escenarios de pobreza extrema y a una terrible degradación ambiental. Esta dualidad nos define dolorosamente. Los contrastes fundamentales son abrumadores.
Hay una brecha digital y económica que nos muestra y nos explica en sí misma la precariedad que abate a unos, en contraste con los avances tecnológicos y la inteligencia artificial, tan cuestionada, con un montón de asegunes, pero que aquí está. Estamos en la era del comercio electrónico pero también en una realidad de millones de personas que carecen a estas alturas de servicios básicos como el agua potable. Tenemos un mercado global integrado por verdaderas potencias económicas, élites financieras y corporativas, generando un nacionalismo enfermizo, crisis migratorias y una serie de conflictos geopolíticos. Ejemplo, Palestina e Israel, aunado al encono que por siglos se ha alimentado por ambas. Y la guerra entre Rusia y Ucrania, tan dolorosamente vivida por su población inocente. Muertos y más muertos entre los habitantes, que al final del día son los que pagan las consecuencias. Y qué me dice, estimado leyente, de un tema tan sensible como es el acceso a la salud. Lo que priva es la desigualdad en este derecho sustantivo. Los servicios públicos en este renglón dejan mucho que desear, y los afectados son los más pobres de entre los pobres.