HUMOR DOMINICAL
Pregunta: ¿Qué debe exhibir un hombre para demostrar sin lugar a dudas que es un hombre? Respuesta: Su acta de nacimiento. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, reprendió con enojo a la mucama de la casa. “¿Cómo fuiste a quebrar esa estatuilla? Era etrusca; tenía más de 2 mil años”. “Menos mal, señito -se tranquilizó la fámula-. Yo pensé que era nueva”. Asinino desposó a Cordina, púdica doncella con palidez de cirio, con languidez de lirio, con palpitar de ave. Al empezar la noche nupcial la cándida novia le dijo al hombre a quien iba a hacer dación de la nunca tangida gala de su virginidad: “Te suplico, Nino, que procedas con delicadeza. Recuerda que soy débil de corazón”. “No pases cuidado -replicó el sujeto al tiempo que procedía a proceder-. Hasta ahí no voy a llegar”. Un tipo encontró en el desván de su casa una lámpara de forma extraña. La frotó para limpiarla, y apareció un genio del Oriente. “Pídeme un deseo” -le dijo al individuo. El hombre era lascivo, lujurioso, lúbrico, libidinoso y otros adjetivos igualmente comenzados con la letra ele. Así, le pidió al genio: “Quiero una artista de cine”. Ladrando jubilosamente llegó Lassie. (Pocos recordarán ahora a esa perra -en verdad perro- que acompañó a Elizabeth Taylor en una de sus primeras películas. Por aquel tiempo -los mediados del pasado siglo- Lassie fue popularísima; hoy está olvidada. La fama es tornadiza y pasajera. Con un suspiro acompaño esa doliente frase). Un entrevistador le preguntó al padre Arsilio: “¿Qué opina usted del celibato sacerdotal?”. Respondió el presbítero: “Por la noche lo lamento, pero de día lo agradezco”. Conocemos a Capronio. Es un fulano ineducado, ruin, sin un ápice de benevolencia para los demás. Asistió a la celebración de los 30 años de haber salido de la secundaria. Debo decir que hasta ahí llegó Capronio. Y ni siquiera pudo recibir el certificado correspondiente, porque debía una materia: Recorte y Pegado, del jardín de niños. En la fiesta Capronio se topó con una de sus antiguas compañeras. Le dijo ella: “Soy Piciana”. “¡Cómo! -se sorprendió Capronio-. ¿Eres tú aquella chica feúcha, con cara de tonta, piernas chuecas, dientes torcidos y siempre mal vestida?”. “Sí -sonrió la mujer-. Soy yo”. “¡No lo puedo creer! -exclamó Capronio-. ¡Estás igualita!”. La señora se quejó amargamente con su esposo: “Anoche hablaste dormido y llenaste de insultos a mamá. La llamaste ‘arpía’, ‘víbora’, ‘bruja’”. Replicó el hombre: “¿Y quién te dijo que estaba dormido?”. La mujer de don Chinguetas llegó a su casa en hora desusada y lo encontró en el lecho conyugal acompañado por una morenaza de sinuoso cuerpo, hechicero rostro y bruna cabellera. Antes de que la furiosa cónyuge pudiera articular palabra le dijo don Chinguetas: “Acuérdate, Macalota: Cuando me jubilé me sugeriste que me buscara un hobbie”. Fifino, romántico mancebo, le declaró su loco amor a Dulcibella, hermosa chica. Le pidió, suplicante: “Dame el sí”. Preguntó ella, cautelosa: “¿El sí qué?”. Fifino le aseguró que sus intenciones eran buenas, a pesar de lo cual le propuso matrimonio. Ella aceptó, pues en aquellos años el hombree se casaba cuando quería, y la mujer cuando podía. La noche de las bodas él le dijo: “A partir de hoy esos ojitos de cielo van a ser solamente míos; esa naricita respingona va a ser solamente mía; esa boquita de coral va a ser solamente mía; ese cuellito de gacela va a ser solamente mío; esos hombros de marfil van a ser solamente míos; esas pompitas preciosas van a ser solamente mías.”. En ese punto lo interrumpió Dulcibella: “Ay, Fifí, no seas tan acaparador”. FIN.