Durante años se ha hablado de la contaminación como una amenaza para el planeta, pero cada vez más investigaciones apuntan a que sus efectos también pueden quedar grabados dentro del cuerpo humano. La sangre, ese sistema de transporte que distribuye oxígeno y nutrientes por todo el organismo, empieza a revelar una nueva dimensión de la exposición ambiental: pequeñas partículas de plástico capaces de circular por nuestro interior. Un estudio publicado en la revista European Heart Journal ha detectado una mayor presencia de microplásticos en la sangre de personas que habían sufrido un infarto frente a pacientes sanos o con enfermedad coronaria estable.
Los investigadores no aseguran que estas partículas sean la causa directa de los ataques cardíacos, pero sí plantean una asociación que abre nuevas preguntas sobre cómo la contaminación puede influir en la salud cardiovascular. La investigación señala que los pacientes con infarto presentaban una carga de microplásticos superior a la observada en otros grupos, un hallazgo que refuerza la preocupación científica sobre el impacto de los contaminantes invisibles que acompañan a la vida moderna.
Los microplásticos son fragmentos de plástico de menos de cinco milímetros que proceden de la degradación de envases, productos industriales y residuos acumulados durante décadas. Su presencia ya se ha detectado en diferentes órganos humanos, como el hígado, los riñones, el intestino e incluso el cerebro. Ahora, la atención científica se centra en comprender qué ocurre cuando estas partículas alcanzan el torrente sanguíneo y entran en contacto con tejidos esenciales como los del corazón.
El trabajo fue realizado por un equipo dirigido por Emanuele Barbato y contó con la participación de Pasquale Paolisso. Los científicos analizaron muestras de sangre de 61 pacientes divididos en tres grupos: personas que habían sufrido un infarto de miocardio, pacientes con cardiopatía isquémica crónica y participantes con arterias coronarias normales.
Los resultados mostraron una diferencia llamativa entre los grupos. El 84% de los pacientes con infarto presentaba microplásticos en sangre, mientras que la proporción descendía al 40% entre quienes tenían una enfermedad coronaria crónica y al 32% entre las personas sin alteraciones en las arterias coronarias. Para los autores, este patrón apunta a una posible relación entre la acumulación de estas partículas y situaciones cardiovasculares más graves.
El tabaco y la contaminación podrían actuar como puertas de entrada
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la relación encontrada entre los microplásticos y determinados factores ambientales. Los investigadores observaron que el tabaquismo aparecía como un predictor de la presencia de estas partículas: todos los fumadores que habían sufrido un infarto tenían microplásticos detectables en la sangre.
La hipótesis que manejan los científicos es que el humo del tabaco y la contaminación atmosférica podrían favorecer que estos materiales lleguen al organismo a través de los pulmones. Las partículas contaminantes presentes en el aire podrían actuar como vehículos que facilitan la entrada de micro y nanoplásticos en la circulación sanguínea.
Esta conexión añade una nueva capa al concepto de “exposoma”, que engloba el conjunto de factores ambientales a los que una persona está expuesta a lo largo de su vida. Hasta ahora, los grandes enemigos cardiovasculares eran conocidos: colesterol elevado, hipertensión, diabetes, obesidad o tabaquismo. La contaminación ambiental empieza a ocupar un lugar cada vez más importante en esa lista.
Sin embargo, los propios autores llaman a interpretar los resultados con prudencia. El estudio cuenta con un número reducido de participantes y no permite establecer una relación de causa y efecto. Es decir, no demuestra que los microplásticos provoquen infartos, sino que revela una asociación que deberá ser investigada con muestras más amplias y métodos de detección más precisos.
Una nueva preocupación para la salud pública
La investigación supone un paso más en una línea científica que intenta descifrar cómo los residuos generados por la actividad humana terminan interactuando con el organismo. En estudios anteriores, el mismo equipo ya había encontrado micro y nanoplásticos en placas de ateroma, los depósitos de grasa que pueden obstruir las arterias y desencadenar problemas cardiovasculares.
Para Ignacio Fernández Lozano, el estudio resulta relevante porque muestra una relación significativa entre microplásticos e infarto, aunque insiste en que todavía no se puede hablar de causalidad. Otros expertos también advierten de las dificultades técnicas para medir estas partículas con precisión y determinar si el daño procede del plástico en sí, de los productos químicos que transporta o de la combinación con otros contaminantes.
La pregunta que queda abierta es hasta qué punto la contaminación que rodea la vida cotidiana está influyendo en enfermedades que tradicionalmente se asociaban casi exclusivamente a hábitos individuales. El estudio no ofrece una respuesta definitiva, pero sí dibuja un escenario inquietante: el aire que respiramos y los residuos que generamos podrían estar dejando una huella mucho más profunda de lo que imaginábamos. @mundiario