Parece que fue Silvio Berlusconi quien, después de tantos escándalos y casos judiciales con procedimientos archivados, se hizo la pregunta: «Pero es que ¿le interesa a alguien la verdad?». Logró su éxito político a pesar de corrupciones conocidas y supuestas, mediante el control de una buena parte de la prensa italiana, con que calló a la oposición y sostuvo un inmovilismo clientelista que, contraponiendo el anticomunismo al comunismo —esquema clásico en Italia desde la II Guerra Mundial—, le permitió saltarse la legislación común del Estado. Como actor principal de ese juguete escénico, manejó a su gusto los códigos del honor y la pertenencia clientelar, el reparto de privilegios a los amigos, el truco del miedo a quedar fuera y el del resentimiento de otros contrincantes.
El recuerdo de Berlusconi en el presente español lo suscitan ingredientes cuya semejanza sugiere preguntarse quiénes manejan los hilos de la tramoya en que se escenifica la calidad democrática. Actores que salen a escena todos los días por razón de su representatividad parecen malas copias del expresidente italiano, y otros cumplen como comparsas. Se ve mejor si se observa la conjunción de la secuencia de casos judiciales, su expresión en los medios y la disposición instrumental y operativa de las investigaciones que conllevan.
El cronograma resultante, además de los asuntos en marcha, muestra los ralentizados y los que ya han pasado raudos por juzgados de prestancia —como el caso del hermano de Pedro Sánchez—, e indican razones y ritmos de acción y reacción tan significativos que hacen dudar de su ecuanimidad. Por encima de lo que digan los más directamente afectados —siempre pro domo sua y con el «y tú más» en la boca—, no es fácil establecer, más allá de la sospecha, qué se esté diciendo realmente, sobre todo cuando —aunque la selección española de fútbol esté dando ocasiones de euforia colectiva— lo ético y lo legal no van parejos.
Lo cierto, en todo caso, es que la acción objetiva de los gobiernos en el bienestar ciudadano queda difusa y muy ralentizada por el cinturón de castidad que le ha puesto la prensa conservadora a la información de estos asuntos. Esta medida higiénica preserva a los lectores de ver pecados de la derecha y la ultraderecha, y señala mil sospechas sobre el honor de la izquierda y sus progresismos, una situación que produce todo tipo de dudas cada vez que se pronuncian en directo los líderes.
Creídos como están de ser los amos de la verdad y del bien —cualidades intrínsecas del «ser» de los asuntos—, cuanto no digan ellos es pura invención de «los malos», pervertidos para generar desorden, trampas y sortilegios que hagan vivir a todos y todas en la mentira. Los espectadores ven, igual que en las películas del Oeste, que entre los buenos y los malos de esta guerra maniquea siempre ganan «los nuestros», y que, en la secuencia de la realidad, solos ante el peligro, como Gary Cooper en 1952, lo pasan francamente mal, como le sucedía a Grace Kelly.
Dudas y más dudas
A estas alturas, viendo el regodeo vacacional de algunos jueces en sus investigaciones, cada día más reorientadas a la «limpieza de sangre», es loable que en el entorno de Ayuso nunca suceda nada fuera de lo que corresponde a su novio o su jefe de gabinete en el guion. Siempre virtuosos y gente de bien, como Rajoy, varón «bien intencionado», erigido en juez de primacías nacionales francesas, o como Feijóo, excelso en vigilar un paro que no le incluya.
Estas confluencias, proclives a sostener aspiraciones de poder, vienen a demostrar que a las cualidades del «ser» —que explicaba el neoescolasticismo obligatorio de la Introducción a la Filosofía, de Millás Puelles— les cueste estar vinculadas a «la verdad» y «al bien». Es casi imposible ya ligarlo a «lo bello» —como también se le adscribía— y no parece que ens, bonum, verum et bellum convertuntur, es decir, que si no son intercambiables, como le convenía a una teología en que «los trascendentales del ser» eran fundamento permanente de racionalidad, menos parece que el contingente bien de estos líderes sea el pertinente.
El citado libro de Filosofía, desde 1955 —en que se editó por primera vez y en Comunes de Letras era prácticamente obligatorio—, alcanzó en el 2000 la 15.ª edición. Quienes tuvieron que leerlo porque entraba en el currículum de sus estudios, y quienes no lo necesitaron o adoptaron otra hipótesis sobre los usos de la filosofía aristotélica de que se había apropiado el tomismo, son propicios a entender que lo que de aquella cultura trasciende cuando oyen u observan a sus líderes políticos haga dudar, incluso a los más adeptos, de las instituciones comunes que controlan o a qué aspiran. Y su duda crece cuando se paran a oír o leer qué dicen de sus adversarios. Cabe deducir, pues, que, como en algunas fatigas neurológicas en que hay síntomas de debilidad, parálisis, temblores, dolores de cabeza recurrentes y alteraciones sensoriales, el parlamentarismo democrático sufre esquizofrenia.
Este cansancio ciclotímico lo acrecientan, además, cuantos quieren seguir ejerciendo como «eminencia gris» —que decía Bourdieu— y activan la ansiedad del espíritu clerical para intervenir en asuntos comunes como la educación o los derechos y libertades constitucionales. Aprovechando una pulsión general de los humanos hacia lo sagrado, acogen estos asuntos a la voluntad de Dios e incluso preservan como «pecado» posibles delitos e infracciones civiles; cuando se agudiza la contradicción entre lo encomendado a la conciencia religiosa y el Código Penal, y sus propios fieles exigen reparación, dilatan procedimientos que —independientemente de una moral privada— cumplan la ley común.
El cinismo de tantos actores políticos daña a todos los ciudadanos, hastiados de ver excepciones privilegiadas en quienes no tienen empacho en buscarse atajos partidistas o lideran confesionalismos que no pagan impuestos y, acogidos a subvenciones y exenciones, no paran de hacer crecer sus posesiones en el Registro de la Propiedad.
Desde la CE78, estas maquinaciones intrigantes han crecido y cabe preguntarse, con Berlusconi, si a alguien le interesa la verdad o el bien democrático. Abraham, ante el malhumor de Yahvé con Sodoma y Gomorra, no encontró suficientes justos para impedir el castigo (Gen. 18, 20-33), y cabe preguntarse —como ejercicio de este cuaderno de verano— cuántos apuesten por el futuro de la democracia española. @mundiario