En la consulta médica, una indicación puede ser correcta y sentirse como regaño. Puede haber diagnóstico, receta, análisis revisados y hasta seguimiento, pero no necesariamente comprensión. Lo anterior importa porque obliga a hacer una pregunta directa: ¿para qué sirve la empatía médica?
La respuesta habitual suele ser insuficiente. Se piensa que la empatía sirve para ser amable, suavizar el trato o hacer más llevadera la consulta. En los servicios de salud solemos llamar a eso calidez o buen trato. La fórmula sirve, pero no alcanza. La calidez nombra sobre todo el tono del encuentro; la empatía exige algo más: comprender lo que le ocurre a quien consulta. Quién atiende puede ser cordial, explicar con buen tono, entregar una receta clara y, aun así, reducir la experiencia a una lista de indicaciones. La calidez mejora el modo de tratar; la empatía modifica el modo de comprender.
Conviene insistir en esto porque la empatía médica se ha simplificado hasta convertirse en una palabra cómoda. Todos parecen estar a favor de ella mientras no cambie nada importante. Aparece en discursos de bienvenida, perfiles de egreso, cursos de comunicación y documentos de calidad. Pero si se deja como atributo personal —“hay médicos empáticos y médicos que no lo son”— se pierde el problema de fondo.
Peor aún: puede convertirse en una experiencia del médico consigo mismo, en la sensación de haber comprendido, sin verificar si el paciente se sintió comprendido ni actuar sobre lo que le produce sufrimiento. La empatía no depende del carácter de quien atiende. Se aprende, se practica, se mide, se erosiona y también puede volverse difícil de sostener dentro de ciertas formas de formación y trabajo clínico.
La erosión no empieza de la nada. Desde los cursos básicos, quien estudia medicina ya vive presión, competencia, exceso de información y una primera distancia: aprende el cuerpo como objeto de estudio, necesario para la ciencia médica, pero todavía separado de la experiencia de quien lo habita. En los campos clínicos, la presión cambia de naturaleza: pacientes reales, jerarquías duras, cansancio, ansiedad, incertidumbre, miedo al error y, a veces, humillación. Ahí el estudiante aprende a acorazarse. No necesariamente deja de sentir; aprende que sentir demasiado puede estorbar, que preguntar de más retrasa y que protegerse del sufrimiento ajeno ayuda a sobrevivir la carrera. El problema es que una coraza que al principio protege al estudiante puede terminar separando al médico de sus pacientes.
Por eso fue importante precisar cómo medirla en medicina. La empatía venía de una larga tradición en psicología y educación, pero a comienzos del siglo XXI, M. Hojat y sus colegas resolvieron un problema específico: construir un instrumento psicométrico para observarla en estudiantes, residentes y médicos, sin confundirla con simpatía, lástima o simple amabilidad. La Escala de Empatía Médica de Jefferson permitió dar dimensiones clínicas al concepto: tomar la perspectiva del paciente, ofrecer cuidado compasivo y ponerse en su lugar sin perder la tarea médica de comprender y ayudar.
En México, Adelina Alcorta-Garza y colegas abrieron camino al validar la escala en 1,022 estudiantes de medicina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Esto permitió estudiar la empatía médica con un instrumento adaptado al contexto mexicano y con consistencia interna aceptable, no sólo repetir una preocupación importada. Después, la escala validada se utilizó en otras escuelas y universidades del país, lo que permitió observar la empatía como un problema formativo y no sólo como una virtud individual. Pero medirla no equivale a convertirla en eje de la enseñanza clínica: con frecuencia queda dispersa en materias de psicología médica, humanismo, ética o habilidades de comunicación.
La medición permitió además hacer una pregunta más profunda: si la empatía no es sólo amabilidad, ¿puede relacionarse con resultados clínicos? En 2011, Hojat y colegas estudiaron a 891 pacientes con diabetes atendidos por 29 médicos familiares. Los pacientes de médicos con puntajes altos de empatía tuvieron con mayor frecuencia buen control de hemoglobina glucosilada que los pacientes de médicos con puntajes bajos: 56% frente a 40%. Algo semejante ocurrió con el colesterol LDL: 59% frente a 44%. El estudio no convierte la empatía en medicamento ni prueba causalidad, pero obliga a tomarla en serio.
Ahí aparece la paradoja. Si la empatía puede tener consecuencias clínicas, ¿qué ocurre cuando la formación médica la erosiona? Los estudios no dicen todos lo mismo ni con la misma fuerza, pero varios sugieren una imagen preocupante: muchos estudiantes no salen más capaces de comprender al paciente, sino mejor entrenados para tomar distancia. Justo cuando el paciente deja de ser un caso de aula y aparece como persona concreta, la formación puede enseñar a abreviar la escucha y protegerse del sufrimiento ajeno.
Por eso la discusión no puede quedarse en si el médico “siente” empatía. Jodi Halpern, médica, psiquiatra y filósofa, criticó una idea muy arraigada: la llamada “preocupación distante”. Según esa tradición, el buen médico debe preocuparse por el paciente, pero conservar suficiente distancia emocional para no perder objetividad. La idea suena razonable: nadie quiere un profesional desbordado, confundido o incapaz de decidir. El problema es que muchas veces esa distancia deja de ser prudencia clínica y termina convertida en desinterés entrenado.
Halpern propone una salida más fina. La empatía no es lo contrario de la objetividad clínica. Puede ser una condición para comprender mejor. El miedo, la vergüenza, el cansancio o el silencio del paciente no son ruido alrededor de la enfermedad. Forman parte de la situación clínica. Las emociones del médico tampoco quedan fuera, siempre que no sustituyan la experiencia del paciente. El profesional necesita captar qué significado tiene para esa persona lo que le está ocurriendo. Sin esa comprensión, puede acertar en el diagnóstico y equivocarse en el cuidado.
Aquí entra una tensión fundamental: la medicina necesita hablar del paciente en tercera persona, pero el padecimiento ocurre en primera. La historia clínica dice: “paciente femenino de 54 años, con diabetes mellitus tipo 2, obesidad, hipertensión arterial, mal apego al tratamiento”. Esa forma de hablar es necesaria: ordena, compara, registra y permite comunicar entre profesionales. Pero nadie vive su enfermedad así. Entre “mal apego” y “no me alcanzó para comprar el medicamento” hay algo más que una diferencia de lenguaje: hay una pérdida de experiencia. La medicina registra en tercera persona; la persona enferma padece en primera.
La empatía médica sirve para sostener esos dos lenguajes sin que uno destruya al otro. Traducir la experiencia del paciente al lenguaje clínico es parte del oficio médico. La dificultad aparece cuando la traducción borra demasiado: cuando “me duele y tengo miedo” se convierte únicamente en “refiere dolor”, o cuando una historia de cansancio, dinero insuficiente y horarios rotos queda reducida a incumplimiento. Ahí la tercera persona ya no ordena la experiencia: la empobrece.
El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer ayuda a pensar esta tensión, y también a desconfiar de una consigna muy repetida: la medicina centrada en el paciente. En El estado oculto de la salud, recordó que la enfermedad irrumpe, llama la atención, se mide, se nombra; la salud, en cambio, suele permanecer oculta mientras permite vivir. No pensamos todo el tiempo en nuestro cuerpo cuando el cuerpo nos deja estar en el mundo. Por eso la medicina no es sólo una ciencia aplicada a un organismo enfermo; es también interpretación de una vida que ha perdido cierta forma de estar bien. Y por eso “centrar” al paciente no basta si se queda en consigna: puede estar al centro del expediente, del indicador, del protocolo, del algoritmo o del discurso institucional y seguir sin voz. La pregunta no es sólo si el paciente está en el centro, sino qué importancia se concede a su experiencia dentro de la consulta.
Finalmente, otra razón para tomar en serio la empatía médica es ética. Basta con volver a un principio asociado a la tradición hipocrática: no hacer daño. Solemos imaginar el daño como un evento visible: una complicación quirúrgica, un medicamento mal indicado, un diagnóstico omitido. Pero hay daños menos visibles: hacer que una persona dude de lo que siente, oculte información por miedo al regaño, abandone el seguimiento o salga convencida de que el problema es su falta de voluntad. Por eso la empatía no es un lujo cuando sobra tiempo ni una decoración humanista. Es una forma de conocimiento, una condición de comprensión y una manera de no hacer daño: sirve para que el diagnóstico no borre al enfermo, para que la indicación no se vuelva regaño y para que la tercera persona de la biomedicina no silencie la primera persona del padecimiento.
Si la formación médica erosiona la empatía, no sólo pierde humanidad: pierde capacidad clínica. Puede seguir produciendo diagnósticos correctos, recetas adecuadas y notas impecables, pero también consultas cada vez más incompletas. Y cuando eso ocurre, la empatía deja de ser una palabra amable. Se vuelve una pregunta profesional de fondo: ¿cuánto puede cuidar una medicina que ha aprendido a conocer la enfermedad sin comprender al enfermo?
Lecturas recomendadas para profundizar
- Gadamer, Hans-Georg. El estado oculto de la salud. Traducción de Nélida Machain. Barcelona: Gedisa, 2017.
- Halpern, Jodi. “What is Clinical Empathy?” Journal of General Internal Medicine, 2003; 18 (8): 670–674.
*El autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano