Normalizar la violencia. Se nos ha hecho normalizar, en este régimen, e inmunizarnos o narcotizar la conciencia de los alcances de la violencia criminal: los miles de muertos, desaparecidos, desplazados por la ocupación de pueblos, ciudades y caminos por los cárteles que allí imponen su dominio y sus “leyes”.
Minimizar las advertencias de fuera. Pero ahora parecemos aceptar también la minimización –pregonada por el discurso oficial– de la trascendencia de las condenas y advertencias estadounidenses sobre el control de las organizaciones criminales de zonas importantes del poder político. Y ninguna de las dos situaciones dejará de perseguirnos y de seguirnos cobrando sus graves efectos en nuestra convivencia interna y en nuestros vínculos de todo orden con el vecindario y la globalidad.