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Radar Inteligente
El Economista 16 Jul, 2026 20:07

Escribir cuando la máquina también escribe

En una carta que Nick Cave recibió en enero de 2023, un seguidor envió la letra de una canción que pidió a un modelo de lenguaje, "en el estilo de Nick Cave", y solicitó la opinión del cantautor. Cave, luego de dar su apreciación de manera vasta e intelectual, procede a decir, "con todo el respeto", que la canción es "una mierda, una burla grotesca de lo que es ser humano". Más allá de lo bien o mal que el modelo imitó al cantautor australiano, o si el resultado es digno de musicalizarse, lo que subyace es la relación que tiene el ser humano con el arte: ¿qué es exactamente lo que se pierde cuando una canción suena como Nick Cave pero al autor no le ha costado nada producirla? Y al decir "costo" no me refiero al monetario, sino a las pérdidas, al dolor, a la visión subjetiva con la que cada persona atraviesa su propia experiencia.

Una inteligencia artificial puede resumir una novela en diez líneas. Puede extraer su argumento, sus temas, incluso imitar su estilo si se le pide. Lo que no puede hacer es reemplazar la experiencia de leerla. Esta distinción, aparentemente menor, contiene el problema de fondo cuando se piensa en el lugar de la IA frente a la escritura creativa.

Tim Ferriss lo planteó a propósito de los libros que transforman a quien los lee: el efecto de ciertas obras no depende solo de la información que transmiten, sino de cómo esa información está organizada, contextualizada, narrada. Un resumen puede entregar el contenido de una novela sin entregar nada de lo que esa novela hace. Porque lo que hace una novela, lo que hace un poema, no es informar, es producir una experiencia temporal e irrepetible en quien lee: la tensión que se acumula página tras página, el reconocimiento súbito de algo que no se sabía que se sabía, el ritmo de una frase, la identificación con una emoción. Nada de eso puede incluirse en una síntesis y tampoco es generable a partir de un patrón estadístico.

Esto importa especialmente para quienes escriben ficción o poesía, porque ahí la pregunta no es sólo si la IA puede producir un texto aceptable, sino si puede producir algo que valga la pena que alguien lea con atención sostenida. Un modelo de lenguaje busca, por diseño, la palabra más probable, la estructura más esperada. La buena literatura suele hacer lo contrario: le da la vuelta a la expectativa, elige el silencio donde alguien más daría una explicación. Esa fricción deliberada con lo previsible, que distingue una voz de un estilo correcto, nace de una experiencia del mundo que la máquina no tiene: no ha perdido a nadie, no ha decidido quedarse o irse, no ha tenido miedo en una ciudad desconocida.

La pregunta entonces no es defender lo tradicional frente a lo tecnológico, como si se tratara de elegir bando. La pregunta más bien es otra: ¿qué aspectos de la experiencia artística siguen siendo irreductiblemente humanos, incluso cuando la tecnología puede simular casi cualquier cosa, aunque sea de manera superficial? En esa reflexión aparecen elementos que ninguna IA puede ofrecer: la presencia física de quien lee en voz alta frente a un público, la emoción de un acontecimiento que sucede una sola vez y no se repite igual, la experiencia compartida de un grupo de lectores discutiendo el mismo libro en el mismo cuarto. La tecnología puede ampliar las herramientas de un escritor. No elimina la necesidad de esos espacios de encuentro, que son, en buena medida, la razón por la que la literatura sigue siendo importante para la gente.

Lo anterior tampoco significa que la IA sea irrelevante para quien escribe narrativa o poesía. Puede ser útil para destrabar un borrador, para explorar variantes de una escena, para investigación rápida. El riesgo no está en usarla, sino en para qué se usa.

Hay una diferencia entre pedirle ayuda con el problema mecánico de la escritura (cómo decir algo que ya se sabe que se quiere decir), y delegarle el problema difícil, que es justamente decidir qué decir: qué imagen usar, cómo termina la escena, qué se explica y qué se deja en silencio. Ese segundo tipo de decisión es el que hace a un escritor, y es también el que más fácilmente se atrofia cuando se delega de manera sistemática. Lo que la IA no puede sustituir es el criterio que decide si una frase dice algo o solo suena bien, si una imagen es poderosa o es un lugar común que logró buena sintaxis.

Esa capacidad de discernimiento, tanto para escribir como para leer lo que se escribió, se forma leyendo mucho, escribiendo mucho y exponiéndose, en carne propia, a la experiencia irrepetible que cada libro produce. Es exactamente lo que una formación literaria seria sigue ofreciendo, y exactamente lo que ningún resumen, humano o automático, puede dar por sentado. Nick Cave lo dijo de otro modo: lo que hace genuina una canción no es que se parezca a lo que el autor ya hizo, sino que lo desborde. Eso ninguna máquina puede hacerlo, porque no tiene límites propios que la contengan.

*La autora es directora de la Licenciatura en Letras y Emprendimiento Editorial del Tecnológico de Monterrey.

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