Desde antes del silbatazo inicial del Mundial se instaló en la explanada del Palacio Bellas Artes un mercado espontáneo. Se compran, venden e intercambian cromos, monedas conmemorativas, la edición limitada de las tarjetas de movilidad con el Ángel de la Independencia y el ajolote, vasos de plástico de la Copa de la FIFA, mascotas oficiales, pines, llaveros y muchos otros objetos coleccionables. Una economía donde el dinero importa, pero no manda.
Las jardineras están ocupadas por vendedores con carpetas llenas de sobres transparentes y estampitas del Mundial perfectamente ordenadas por número, selección o jugador. Niños con el álbum de Panini bajo el brazo. Papás que fingen acompañar y terminan igual de clavados que sus hijos en completar las estampas faltantes.
Un cromo suelto cuesta entre 5 y 35 pesos, según el jugador. Las divisas conmemorativas de la Casa de Moneda de 20 pesos se revenden en 100. Las estampas de escudos de las federaciones y selecciones de fútbol rondan los 20 pesos. Hay quien trae álbumes de mundiales pasados y hasta ediciones de Panini publicadas en otros países, para quien busca nostalgia más que figuritas nuevas.
Las reglas son simples. Los coleccionistas abren su álbum, buscan el hueco vacío en cada página, preguntan por el número. El vendedor revisa su inventario. Si tiene la estampa puede venderla, cambiarla, aceptar varias por una escasa. La única condición es que los cromos no estén maltratados. La app Figuritas permite llevar el inventario del álbum y saber qué falta sin hojear cada página.
La frase que abre la conversación es: "¿haces cambio?" Esa pregunta es el salvoconducto, el inicio de una negociación, de un trueque entre desconocidos unidos por una obsesión común: completar el álbum oficial de Panini.
Proliferan los jóvenes, aunque se ve de todo: hombres, mujeres, familias completas, coleccionistas profesionales. Resulta difícil saber quién disfruta más la experiencia. Los niños o sus padres. Muchos adultos crecieron con los álbumes de México 86, Francia 98 o Alemania 2006. Ahora regresan acompañando a sus hijos para completar una parte de su propia infancia.
Preguntan por sus ídolos. Las estampas de la Selección Mexicana se cotizan más que ninguna otra. Como en la Bolsa, el precio de un jugador sube o baja según cómo le vaya en la cancha. Conforme avanzan los partidos se cotizan nuevas estrellas y el mercado reacciona en tiempo real. Una buena actuación y un pase a la siguiente ronda convierte un cromo ordinario en uno muy buscado.
Messi, Yamal, Mbappé, Kane, Haaland, Quiñones, cada uno tiene su mercado. Completar el álbum del Mundial 2026 no es barato. Son 980 espacios, cifra récord por las 48 selecciones que juegan por primera vez. Los cálculos conservadores hablan de entre 3,600 y 6,000 pesos si hay intercambio constante. Sin trueque, la cifra sube. Puede llegar a 25,000 o incluso 35,000 pesos, porque cuando sólo falta una estampa, la probabilidad de que salga en el próximo sobre cae a menos de 1%.
Estadísticos y matemáticos llevan años estudiando el fenómeno denominado "problema del coleccionista de cupones". Entre más avanza el álbum, más caro se vuelve terminarlo. El trueque en la calle es la única forma racional de evitar la ruina.
Panini lo sabe. No vende únicamente estampas, comercializa memoria. Desde el primer álbum oficial de México 1970, la empresa italiana convirtió un cuadernillo en un ritual generacional. La alianza entre FIFA y Panini lleva más de medio siglo y definió la cultura mundialista moderna.
La empresa proyecta ingresos cercanos a 1,400 millones de euros este ciclo mundialista (1,580 millones de dólares). Es el álbum más grande de su historia y, a la vez, el penúltimo. La FIFA anunció que a partir de 2031 los derechos pasarán a Fanatics, firma estadounidense dueña de las licencias de coleccionables de la NBA y la NFL.
El fenómeno en Bellas Artes se llama capitalismo social. No hace falta dinero para participar, basta con tener algo valioso que otro quiera y estar dispuesto a intercambiarlo. Escenas similares se repiten en parques de Monterrey, Guadalajara, Puebla, Mérida y Querétaro. También en Buenos Aires, Bogotá, Madrid y Roma. Incluso Chile, pese a no clasificar al Mundial, organizó jornadas públicas para intercambiar figuritas.
El marketing detrás sabe explotar que cada sobre con estampas es una apuesta. Cada cromo raro alimenta el deseo de completar algo que nunca estará terminado del todo, porque siempre sale un álbum nuevo cada cuatro años. En el tianguis de Bellas Artes también circulan estampas de memes que se cotizan en 10 pesitos por su ingenio. Ahí está don Ramón y muchos otrospersonajes de la cultura popular y política con el jersey oficial del Tri.
La tecnología está presente. La app MyPanini permite crear una estampa personalizada con foto propia y uniforme de la selección favorita. Miles de personas usan la Inteligencia Artificial para generar su propio cromo y compartirlo en redes. El resultado es una mezcla de nostalgia analógica y vanidad digital.
La FIFA lanzó este año la aplicación oficial Panini Collection, donde los aficionados coleccionan cromos digitales, realizan intercambios internacionales y obtienen recompensas mediante códigos incluidos en los sobres físicos. Lo analógico y lo digital se complementan.
También surgieron grupos de WhatsApp, comunidades en Reddit, apps independientes para administrar repetidas y encuentros convocados para intercambiar cromos. Lo que comenzó como un producto editorial terminó como una red social física y digital al mismo tiempo.
Cuando casi todo ocurre detrás de una pantalla, miles de personas se reúnen cara a cara para intercambiar pequeños rectángulos de papel. El álbum es un pretexto para hablar con extraños, para que un infante aprenda a negociar, para que una explanada frente a un palacio de mármol de Carrara se convierta, por unas semanas, en el mercado más democrático de la ciudad. Ahí no importa cuánto ganas. Importa qué estampa te falta y quién posee ese preciado tesoro.