Esta es la historia 293 de 450 que te contaremos sobre León
Mucho antes del cubrebocas, la sana distancia y las vacunas contra el COVID-19, León ya había enfrentado epidemias que paralizaron la ciudad, cobraron miles de vidas y obligaron a transformar la manera de entender la salud pública. Durante casi tres siglos, enfermedades como la Matlazáhuatl, la viruela, el cólera, el sarampión y el tifo pusieron a prueba a generaciones de leoneses. De aquellas crisis surgieron hospitales, reglamentos sanitarios, campañas de vacunación y medidas preventivas que marcaron para siempre la historia de la ciudad.
La historia de León también puede contarse a través de sus epidemias.
Cada una dejó profundas cicatrices entre la población, pero también impulsó avances médicos, nuevas instituciones y normas sanitarias que fortalecieron la atención de la salud pública.
La Matlazáhuatl: la primera gran tragedia sanitaria
La Matlazáhuatl —palabra de origen náhuatl que puede traducirse como “erupción en forma de red”— fue una de las epidemias más devastadoras que enfrentó la Nueva España.
Provocaba fiebre intensa, erupciones cutáneas, hemorragias por nariz, boca y oídos, dolor abdominal, diarrea y la aparición de pústulas.
Los documentos históricos señalan que la epidemia surgió en un obraje textil de Tacuba, desde donde se propagó rápidamente hacia la Ciudad de México y posteriormente al resto del virreinato.
En León apareció entre 1738 y 1739.
Ante la ausencia de hospitales suficientes, los padres jesuitas recorrieron las viviendas para atender a los enfermos, una labor humanitaria que le costó la vida al padre Francisco María Bonalli, recordado por su entrega al servicio de la comunidad.
La enfermedad regresó apenas 23 años después, entre 1762 y 1763, provocando una de las mayores tragedias sanitarias de la ciudad.
En solo nueve meses se registraron 15 mil defunciones, una cifra devastadora para la época.
Para entonces ya existía el Hospital de Belén, aunque contaba únicamente con 25 camas.
Gracias a las limosnas de los feligreses, las aportaciones ciudadanas y el apoyo del Cabildo fue posible ampliar su capacidad hasta 60 camas, aunque continuó siendo insuficiente para atender la magnitud de la epidemia.
Aquella crisis no solo dejó miles de muertos. También provocó escasez de mano de obra en el campo, redujo la producción agrícola y agravó el desabasto de alimentos, generando una profunda crisis económica y social. Fue la primera gran lección sanitaria que enfrentó León.
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La viruela: casi dos siglos de combate
Si hubo una enfermedad que marcó la historia sanitaria de León fue la viruela.
Durante 178 años, este virus altamente contagioso afectó principalmente a niñas y niños, provocando fiebre, ampollas llenas de pus que dejaban cicatrices permanentes y, en numerosos casos, la muerte.
Los documentos del Archivo Histórico registran más de una decena de brotes ocurridos entre los siglos XVIII y XX, así como la evolución de las campañas de vacunación y de las estrategias sanitarias que finalmente permitieron controlar la enfermedad.
A principios del siglo XIX comenzaron las primeras campañas sistemáticas de vacunación impulsadas por las autoridades civiles y religiosas, convirtiéndose en la principal herramienta para contener la epidemia.
Los brotes de viruela
En 1814, la Junta de Sanidad reportó un brote que afectó a 120 niños, quienes fueron vacunados por el padre Fray Rafael. Ese mismo año se habilitó una casa exclusivamente para aplicar la vacuna.
En 1825, un fuerte brote registrado en Sinaloa encendió las alertas sanitarias en León.
Se instaló una Junta de Sanidad para coordinar la vigilancia epidemiológica y, además de proteger a su propia población, León envió vacunas a Guanajuato capital.
Dos años después, en 1827, quedó documentado el traslado de dos niños a Silao para ser vacunados.
En 1830, otro brote en la Ciudad de México motivó nuevas medidas preventivas.
Las autoridades ordenaron limpiar calles, pozos y fuentes, vigilar la venta de frutas, carne y semillas en mal estado, además de llevar un registro de las personas vacunadas.
Ese mismo año, únicamente el barrio de San Miguel reportó 268 casos, de los cuales 83 eran graves, 119 leves y 66 correspondían a personas en recuperación.
Entre 1839 y 1840, ya habían sido vacunados 8 mil 117 niños.
Aun así, la epidemia dejó 6 mil 187 personas contagiadas y 809 fallecimientos.
Los brotes continuaron durante las siguientes décadas.
En 1851, 1866, 1869, 1881 y 1887, los contagios registrados en Purísima del Rincón, Manuel Doblado y Celaya mantuvieron a León en permanente estado de alerta.
Durante ese periodo, la ciudad no solo recibió vacunas para proteger a su población, sino que también abasteció de biológicos a 18 municipios de Guanajuato.
Las primeras reglas de salud pública
Con cada epidemia, León aprendía nuevas formas de proteger a su población.
Las autoridades ordenaron limpiar y supervisar depósitos de agua, prohibieron acumulaciones de agua en corrales, restringieron el tránsito de personas enfermas y dispusieron que las viviendas donde hubiera personas contagiadas colocaran una bandera en la puerta, como advertencia para el resto de la población.
En 1894 fueron vacunados 2 mil 224 niños de la zona Centro, El Coecillo, San Miguel, Barrio Arriba y El Calvario.
Entre 1896 y 1900, cuando la viruela permaneció activa durante cuatro años, la vacunación infantil se volvió obligatoria.
Los padres que incumplían podían recibir multas de uno a cinco pesos.
Los médicos estaban obligados a reportar los casos detectados y los policías debían informar cualquier contagio del que tuvieran conocimiento. Quienes omitieran hacerlo podían ser sancionados con multas o incluso arrestos.
Los estudiantes debían comprobar que habían sido vacunados para ingresar a las escuelas.
Los enfermos eran trasladados al Hospital Civil.
Las viviendas eran desinfectadas, la ropa debía hervirse y los desechos como sangre, vómito, orina y excremento se depositaban en recipientes con lechada de cal, considerada uno de los principales desinfectantes de la época.
Las epidemias cambiaban, pero la respuesta comenzaba a repetirse: vacunación, higiene, aislamiento, vigilancia sanitaria y participación ciudadana. León empezaba a construir un sistema de salud pública que seguiría fortaleciéndose durante las siguientes décadas.
El sarampión: cerrar escuelas para contener los contagios
La lucha contra las epidemias no terminó con la viruela.
En 1825, León enfrentó por primera vez un brote de sarampión, que coincidió con la presencia de otras enfermedades como la viruela y las llamadas fiebres malignas, complicando aún más la atención sanitaria de la población.
El sarampión se transmite mediante las gotas expulsadas al toser o estornudar y provoca fiebre alta, tos, escurrimiento nasal, ojos enrojecidos y una erupción que se extiende por todo el cuerpo.
Ante la emergencia, las autoridades imprimieron 10 mil ejemplares del Método Curativo del Sarampión, con el propósito de orientar a la población sobre el tratamiento y las medidas preventivas.
También se organizó una colecta entre vecinos y feligreses para sostener la Casa Lazareto, habilitada para atender a los enfermos, mientras que el Hospital de San Juan de Dios brindó atención médica y medicamentos.
Los registros históricos documentan más de 70 mil personas contagiadas durante aquella epidemia.
El sarampión volvió en 1836, cuando enfermó a mil 544 hombres y 2 mil 495 mujeres. De ellos fallecieron 70 hombres y 83 mujeres.
Décadas después, en 1879, un nuevo brote llevó al Ayuntamiento a reforzar la atención médica domiciliaria y a distribuir gratuitamente medicamentos entre la población.
En 1932, la enfermedad afectó principalmente a las comunidades rurales. Los primeros casos se detectaron en las haciendas de La Sandía y Santa Rosa, por lo que las autoridades ordenaron el cierre temporal de las escuelas de León y sus comunidades.
Mucho antes de la pandemia por COVID-19, León ya había recurrido al cierre de escuelas como una medida para contener una enfermedad contagiosa.
El tifo: cuando hasta los cadáveres debían ser vigilados
Otra enfermedad que puso a prueba a León fue el tifo, padecimiento infeccioso transmitido por piojos, pulgas y garrapatas.
Los primeros brotes documentados ocurrieron en 1892 y 1893.
Como respuesta, la Junta de Sanidad creó dos comisiones: una encargada de implementar acciones preventivas y otra de elaborar un reglamento para enfrentar la emergencia.
Entre las medidas adoptadas figuraban la vigilancia de casos sospechosos por parte de la policía y la obligación de los sacerdotes de informar cualquier contagio detectado.
El tifo reapareció en varias ocasiones durante las primeras décadas del siglo XX.
Las autoridades ordenaron desinfectar viviendas, suspendieron actos religiosos en el templo del Carmen y reforzaron la vigilancia en barrios como El Coecillo.
La situación alcanzó uno de sus momentos más críticos durante la Revolución Mexicana, entre 1915 y 1916, cuando la epidemia dejó un elevado número de fallecimientos.
Se organizó una colecta pública para financiar la campaña sanitaria y el Registro Civil amplió su horario para agilizar las inhumaciones.
Incluso fue necesario designar un guardia para vigilar los cadáveres trasladados durante la noche y evitar que fueran devorados por perros callejeros, uno de los episodios más dramáticos registrados durante aquella emergencia.
Con el paso de los años, la introducción de nuevos medicamentos, el uso de desinfectantes y la mejora en los hábitos de higiene permitieron controlar la enfermedad.
El cólera: la mayor emergencia sanitaria del siglo XIX
Si la viruela fue la enfermedad más persistente, el cólera representó la mayor emergencia sanitaria que vivió León durante el siglo XIX.
La ciudad enfrentó brotes en 1833, 1849 y 1850.
La enfermedad, causada por una bacteria transmitida por agua o alimentos contaminados, provocaba diarreas intensas, vómito y deshidratación severa.
La magnitud de la epidemia obligó a habilitar un cementerio provisional cerca del panteón de San Nicolás.
De acuerdo con los registros históricos, Francisco Urteaga, quien había donado el terreno para ese camposanto, fue también la primera víctima y el primer sepultado en ese lugar.
El cólera alcanzó incluso la cárcel de León, donde al menos 97 internos resultaron contagiados.
Ante la gravedad de la situación, las autoridades permitieron que algunos reclusos con penas menores obtuvieran su libertad bajo fianza.
En 1850 se intensificaron las medidas preventivas.
Se ordenó limpiar el Ojo de Agua, hoy Parque Hidalgo; prohibir el vertido de aguas residuales provenientes de tenerías, jaboneras y fábricas de aguardiente; eliminar basureros y depósitos de agua en corrales, además de blanquear las viviendas con lechada de cal.
Quienes incumplieran las disposiciones podían recibir multas de 10 a 50 pesos.
Con el fin de la epidemia también fueron clausurados los antiguos panteones de La Soledad y Perulito.
Otras enfermedades también dejaron huella
Los documentos del Archivo Histórico registran además la presencia de enfermedades como la lepra, la fiebre tifoidea, la escarlatina, la influenza española y la meningitis.
En 1896, por ejemplo, un reporte oficial documentó 67 personas con lepra. Además de casos de tuberculosis, bocio y cretinismo, reflejando las enfermedades que afectaban entonces a la población leonesa.
Uno de los episodios más severos ocurrió en 1918. La llegada de la influenza española provocó millones de muertes en el mundo y también dejó numerosas víctimas en León.
Posteriormente, la meningitis obligó a reforzar la vigilancia epidemiológica y las campañas de limpieza. Entre las recomendaciones figuraban evitar besos y abrazos, desinfectar las viviendas y atender oportunamente a las personas con síntomas.
Cada nueva epidemia dejaba una enseñanza y fortalecía las medidas sanitarias de la ciudad.
Tres siglos después llegó el COVID-19
Casi trescientos años después de la Matlazáhuatl, León volvió a enfrentar una pandemia.
El COVID-19 llegó a México en febrero de 2020 y semanas después se confirmaron los primeros casos en León.
La ciudad vivió una situación inédita.
A partir del 17 de marzo de 2020 se suspendieron las clases presenciales en todos los niveles educativos. Miles de trabajadores comenzaron a laborar desde casa, crecieron las compras en línea y numerosos negocios cerraron temporalmente sus puertas.
De acuerdo con la Secretaría de Salud de Guanajuato, al cierre de 2020 el estado acumulaba 83 mil 813 casos confirmados de COVID-19. Un año después, al concluir 2021, la cifra ascendía a 204 mil 538 contagios acumulados. En ese mismo periodo, de marzo de 2020 a diciembre de 2021, se registraron 13 mil 785 defunciones asociadas a la enfermedad.
Con el avance de la vacunación, las actividades comenzaron a normalizarse durante 2021, incluido el regreso gradual a las aulas en el ciclo escolar 2021-2022.
La emergencia sanitaria concluyó oficialmente en mayo de 2023.
DAR
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