Esta es la historia 290 de 450 que te contaremos sobre León
Hace más de un siglo, León vio nacer la primera óptica de la ciudad y del Bajío. Fue en 1923 cuando el oftalmólogo J. Jesús González del Castillo motivó a su hermano Vicente a fundar la Óptica Leonesa, convirtiéndose en pioneros del comercio óptico en la región.
Su publicidad resumía ese orgullo en una frase: “Óptica Leonesa, la primera en el centro del Bajío”.
Asimismo, su historia quedó escrita en el acta constitutiva con los socios fundadores don Vicente González del Castillo y su esposa, Victoria González de González del Castillo.
Su primera ubicación fue en el Centro Histórico, frente al edificio de Correos y a unos pasos de la Catedral. Ahí permaneció durante 12 años, de 1923 a 1935.
Posteriormente, la óptica se trasladó al Portal Guerrero número 6, donde atendió durante 47 años, de 1935 a 1982. Finalmente, se estableció en la calle Emiliano Zapata, casi esquina con 5 de Febrero, domicilio que ocupa hasta la actualidad.
En total suma 103 años ininterrumpidos de servicio y tres generaciones dedicadas al cuidado de la salud visual de los leoneses.
Hablar de la Óptica Leonesa es hablar de tradición, honestidad en los negocios, calidad en sus productos, vanguardia para su época y una atención personalizada que la ha distinguido a lo largo de su historia.
Su ética profesional fue uno de los pilares que contribuyeron al desarrollo y crecimiento del sector óptico de León.
Un legado familiar
Victoria González del Castillo Castelazo, conocida por familiares y amigos como “Morusa” González, es hija de Víctor Vicente González del Castillo, mejor recordado como “Pico”, y recordó que su papá permaneció al frente del negocio junto con su hermano Cristián González del Castillo.
Ambos comenzaron a trabajar en la óptica cuando se ubicaba en el Portal Guerrero, apenas a los 15 años, y dedicaron su vida al negocio familiar hasta sus últimos días.
Durante más de medio siglo, los hermanos González del Castillo fueron el rostro de la óptica. Ambos impulsaron y consolidaron un negocio familiar construido con trabajo y dedicación.
“Mi papá y mi tío eran inseparables, siempre trabajaron hombro con hombro, sin diferencias y con un profundo respeto mutuo”, relató Morusa.
Meses antes de su fallecimiento, Cristián expresó unas palabras a su hermano “Pico”:
“Existe un ser humano del que guardo la más completa y profunda admiración: Pico, mi hermano, un pilar en mi vida. Es toda alma y corazón, siempre dispuesto a dar ese aliento que sostiene y fortalece. Su ejemplo en estos 42 años me ha llevado a ser lo que soy; mi gratitud no tiene límite”.
Por su parte, Rosy González del Castillo Aranda recordó que su papá, Cristián, dejó un legado de orgullo, raíces y un invaluable ejemplo de disciplina, constancia, dedicación y fortaleza que continúa guiando a su familia.
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Un trabajo artesanal
Antes de la llegada de la tecnología y de los laboratorios especializados, la elaboración de lentes era un trabajo artesanal.
Morusa recuerda observar a su papá trabajar durante horas cortando manualmente los cristales en bruto, que posteriormente eran pulidos mediante abrasión para después colocarlos en armazones de carey o metal.
Con el paso del tiempo llegaron nuevos materiales, como el plástico, el acetato y la pasta, entre otras opciones que modernizaron estéticamente los lentes.
El equipo de la industria óptica también evolucionó, y los hermanos González del Castillo no podían quedarse atrás. Las primeras máquinas que adquirieron fueron una endurecedora, una biseladora y un equipo de abrasión.
Yo tendría unos 15 años cuando llegaron esas máquinas; se me figuraban como una supercomputadora de aquellos tiempos. El taller estaba en la parte de arriba de la óptica; hoy está cerrado, pues todo se manda a los laboratorios”, cuenta Victoria González.
Desde la inauguración de la óptica, y durante varias décadas, la empresa American Optical, con sede en la Ciudad de México, fue su principal proveedor. Suministraba materiales con crédito abierto y ofrecía cursos certificados en optometría, a los que asistían regularmente don Vicente y Cristián.
“Recuerdo a mi papá ya muy viejito, todavía atendiendo a sus clientes y realizando algunos trabajos manuales en los lentes; para él la óptica era parte de su vida”, comentó Morusa.
Época de bonanza
La Leonesa tuvo su época de mayor crecimiento al prestar sus servicios a los trabajadores de empresas de calzado como Coqueta, Dingo y Blasito, quienes adquirían sus lentes mediante descuento vía nómina.
“Mi papá y mi tío Cristián rezaban el Ángelus a las 12 cuando visitaban las fábricas; aprovechaban ese momento para ofrecer sus servicios. Luego los trabajadores visitaban la óptica para hacerse el examen de la vista y mandar hacer sus lentes”, platicó Morusa.
El negocio también se distinguió por mantener una amplia cartera de clientes, gracias a sus precios accesibles, sin sacrificar la calidad de sus productos ni el servicio al cliente.
Asimismo, contaba con un punto de venta dentro de la Clínica Escalante, especializada en oftalmología, que era atendido por las tardes por Cristián.
“Siempre conservaron precios muy accesibles. De momento la gente dudó de la calidad; mi papá y mi tío demostraron que era posible ofrecer calidad, precio justo y buen servicio”, mencionó Morusa.
Más que un negocio
Para la familia González del Castillo, Óptica Leonesa ha sido mucho más que un negocio; representó su proyecto de vida, el sustento y el patrimonio histórico familiar.
Pocos saben que la óptica también funcionó como librería. Sin embargo, la creciente demanda de lentes obligó a los hermanos González del Castillo a enfocarse por completo en la óptica y retirar los anaqueles de libros.
“Mi papá y mi tío eran amantes de la lectura, les gustaba también escribir, así que su gusto por los libros los motivó a introducirlos en la óptica para su venta, pero la carga de trabajo no permitió que prosperara la librería”, recordó Morusa.
Un dato curioso es que la Óptica Leonesa y el Bar Mónaco, la cantina más antigua de León, fueron vecinas durante 98 años. Ambos negocios compartieron tres domicilios a lo largo de su historia: frente a la Catedral, en Portal Guerrero y, finalmente, en la calle Emiliano Zapata.
Bar Mónaco: la cantina más antigua de León
Sobrevive entre cientos de ópticas
Actualmente, la Óptica Leonesa es atendida por Víctor González del Castillo Castelazo, de 70 años, quien representa la tercera generación al frente del negocio.
A lo largo de más de un siglo, la empresa ha sobrevivido al crecimiento exponencial del mercado óptico. Hoy compite con ópticas instaladas prácticamente en cada esquina del Centro Histórico, además de cadenas nacionales, marcas internacionales, hospitales, clínicas como Salud Digna, centros comerciales y tiendas departamentales que ofrecen campañas masivas de promoción y facilidades de crédito.
Para don Víctor, el mercado representa un reto constante; sin embargo, mantiene vivo el legado y el espíritu que heredó de su abuelo y de su padre.
Un lugar detenido en el tiempo
Al ingresar al local, todavía puede verse una vitrina de cristal donde se exhiben los armazones. En las paredes permanecen láminas descriptivas sobre el ojo humano; conserva sus instrumentos de medición óptica, un sillón reclinable donde revisa a los clientes y un antiguo buró de madera con pequeños cajones individuales donde coloca los lentes junto con la nota de cada cliente.
Cada rincón del establecimiento parece detenido en el tiempo.
Más de un siglo después, la Óptica Leonesa continúa atendiendo clientes desde el Centro Histórico, rodeada ahora por cientos de ópticas que surgieron con el paso de las décadas.
Sin embargo, pocas pueden presumir una historia como la suya. Entre vitrinas de cristal, muebles de madera y herramientas que recuerdan otra época, este pequeño negocio conserva el legado de tres generaciones que han dedicado su vida a cuidar la vista de miles de leoneses.
Porque antes que vender lentes, la primera óptica de León ayudó a que generaciones enteras volvieran a mirar con claridad la ciudad donde crecieron.
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