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El Economista 22 Jul, 2026 18:31

La seguridad lleva al progreso y a la tiranía del número

El afán del humano para protegerse, para sentirse seguro, crea el Estado nación y nos lleva al progreso para mejorar nuestra vida, hacerla predecible y menos azarosa. Pero ese afán reduce a las personas a un dato, a un número o a puntuaciones, de acuerdo con su “buena” o “mala” conducta. En este proceso perdemos libertades y nos sometemos al poder de nuestras creaciones: las matemáticas y las invenciones. Es un fenómeno inquietante: nuestras ideas, con las que desarrollamos la estadística y la probabilidad para entender nuestro mundo y atisbar el futuro, siempre en búsqueda de seguridad, terminan sometiéndonos: nuestras criaturas nos moldean. Por eso importan las ideas. Somos la especie que se confronta y es capaz de inmolarse por sus creencias.

Cuánto debemos a los números, pero también cuánto hemos perdido por efecto de la cuantificación. Reducir las actividades humanas y las profesiones a números, así se obvie la diversidad y convierta a las personas, animales y cosas en números, facilita la planeación. Es un mecanismo que transforma a los sujetos en objetos. Y una vez convertidos en cosas, en datos, se les puede manipular: en eso consiste parte fundamental de la planeación. Simultáneamente se establece una relación jerárquica: quien cuenta ejerce el poder y domina a quienes son contados. En estas condiciones, el contador, que en el Estado nación es la burocracia estatal, deshumaniza. Como decía Hannah Ardent en Eichmann en Jerusalén, el mal extremo no siempre nace de monstruos o sádicos, sino de burócratas grises e irreflexivos que cumplen órdenes sin cuestionar las consecuencias políticas o éticas de sus acciones.

Cuando Francia e Inglaterra iniciaron la clasificación de los oficios, muchas actividades desaparecieron porque se les agrupó en una casilla determinada. Esta reorganización del mundo económico impactó la vida de miles de personas. Al mismo tiempo, forjaron los gremios según la actividad desempeñada. También favoreció la recaudación de impuestos, la organización de las finanzas y la financiación pública, así como las subvenciones, de modo que finalmente las etiquetas y la clasificación terminan moldeando a la economía. En Profecía, Carissa Véliz dilucida puntualmente este fenómeno, que forjó a las sociedades modernas a cambio de encasillar en una etiqueta a las personas y su idiosincrasia:

“Las categorías tienden a crear el mundo que dicen representar, y las categorías estadísticas producen identidades individuales y colectivas. Quienes no encajan en las taxonomías son estigmatizados y excluidos, de modo que la mayoría de la gente acaba interiorizando los valores de la burocracia”. Los números facilitan la coerción y el control político e invisibilizan el poder del Estado y las burocracias. Quienes se rebelan contra las clasificaciones son merecedores del destierro y el menosprecio. Se pierde la identidad y la comunidad a la que se pertenece. Simultáneamente, la coerción ejercida mediante los números forja nuevos valores y una nueva visión del mundo. Al identificar patrones y conductas, se establece la media y se convierte en norma: lo que es normal, lo que al final se transforma en lo bueno. El parámetro que se sale de la norma se trasmuta en desviado, en lo malo.

Ahora bien, sería injusto obviar los beneficios y calificar como malditas a la estadística, la probabilidad y las clasificaciones. Sus ventajas son inconmensurables (hablando de números). El propósito de esta reflexión es otro: ver con distancia, con recelo, pero sobre todo reflexivamente los valores que ocultan los números y, bajo una presunta neutralidad, ocultan la visión del diseñador. Los números mistifican. El progreso, el Estado nación y una vida menos azarosa son sus frutos. Quizá el beneficio más preciado de la probabilidad sea la seguridad. Un ejemplo es el de los medicamentos que permiten a FDA, mediante ensayos clínicos aleatorios, garantizar que los medicamentos sean seguros; la invención de los seguros también brindó seguridad al comercio, a las transacciones económicas y financieras; y, a las familias, preservar su patrimonio. También permite la planeación económica, el desarrollo de infraestructura, la gobernación y muchas obras benéficas.

Las matemáticas permitieron aprehender a nuestro mundo para brindar a la humanidad sensación de seguridad y control. Enorme beneficio para unas criaturas, los humanos, que intentan escapar de los peligros de un mundo caótico, que escapa a nuestro control. También han sido causa de grandes excesos y reduccionismo. A tal desmesura se ha llegado que el físico William Thomson (Lord Kelvin) acuñó en el siglo XIX la frase “lo que no se mide, no existe”. Aunque también debemos a este personaje una idea después aplicada exitosamente a los negocios: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”. Peter Drucker, quizá el máximo exponente del mundo empresarial la reformuló y la fraseó así: “Lo que no se puede medir, no se puede gestionar y lo que se mide, se mejora”. Las paradojas de las ciencias.

Cuando las estadísticas y la probabilidad se aplicaron a los asuntos humanos, pues originalmente tuvieron el propósito de comprender el mundo físico para mejorar la navegación y predecir el tiempo, borran al individuo, al ser vivo, diferente y único. Y los promedios estadísticos inventaron a la sociedad. Véliz lo formula así: “Los números hacen el mundo más controlable: más visible y cognoscible, más accesible, más manejable y susceptible de instrumentalización. La cuantificación nos dio el Estado nación y la Revolución Industrial. Hizo el mundo más predecible, permitiendo la escalabilidad. La cuantificación empoderó a los gobiernos y los hizo crecer… sin un conocimiento del tamaño de la población y de los recursos [existentes], la coordinación militar a gran escala y la recaudación de impuestos son inviables”.

La sociedad, el Estado nación, se gestan y desarrollan al amparo de las estadísticas. Al mismo tiempo, sirven para ocultar la voluntad de poder de las burocracias tras el velo de que los números son objetivos. Es el truco que cosifica a las personas al convertirlas en un dato. Todo sea en nombre de la seguridad. Tan preciada palabra para los humanos esconde el deseo de dominio y afán de control de la burocracia. Así lo formula la autora de Profecía: “Matamos a los individuos con nombre, personalidad e idiosincrasia. Matamos la costumbre de valorar a las personas por lo que son, sin ponerles etiquetas, números o, peor aún, puntuaciones [como en China y Occidente va en esa dirección, aunque bajo el poder de los tecnofeudales]. Matamos nuestra confianza en el libre albedrío. Matamos la confianza en las personas y la sustituimos por la confianza en los números. Ganamos orden, pero ese orden tuvo un precio. Lo que perdimos rara vez se presta a la cuantificación”.

Estos fenómenos son inexplicables sin entender los instintos primarios de la humanidad: deseo de protección, seguridad, inspirados en el temor a los peligros de un mundo incierto (“miedo perpetuo” del hombre, lo llamó Hobbes), plagado de amenazas, desde las fieras en la prehistoria, hasta las inclemencias del tiempo y los fenómenos físicos. De esos temores nacen los anhelos de conocer el futuro y predecirlo para hacerlo más amable e incluso amigable. De esa necesidad surge la teoría de la probabilidad, que ha servido para pronosticar el futuro, a partir de la regularidad de los sucesos físicos y, posteriormente, los acontecimientos en el mundo de los humanos. Carissa Véliz: “Las estadísticas domesticaron parte de la incertidumbre al amansar el azar. Sobre todo cuando la cuantificación y la teoría de la probabilidad suavizaron la conciencia de la incertidumbre extrema y nos hicieron albergar más optimismo acerca de nuestra capacidad de predicción”.

Cabe hacer conciencia de que las predicciones aunque parecen descriptivas porque perfilan escenarios, en realidad mandatan la manera en que debemos actuar: al creer en ellas, actuamos conforme nos describen el futuro. Es una especie de profecía autocumplida, toda vez que los hechos, los sucesos, son asuntos del pasado y del presente y el futuro es algo que puede suceder, pertenece a lo incierto, lo probable, a la especulación. Es la forma como perdemos libertad, la capacidad de elegir: las profecías son una forma sutil de control social y político. El afán humano de domesticar la incertidumbre nos reduce y esclaviza. El miedo a la incertidumbre nos pone en manos de quienes nos ofrecen esperanzas. Hoy, el enorme temor que nos ocasionan los cambios sociales nos ha puesto en las manos de hombres que nos ofrecen esperanza y salvación mediante fórmulas simples, falsas e inviables.

La probabilidad igualmente explica el origen del ateísmo moderno. Edmond Halley predijo la reaparición del cometa que lleva su apellido (Halley) al observar los registros históricos de su presencia en la bóveda celeste. Este físico estimó que dicho fenómeno se repetía aproximadamente cada 76 años. El descubrimiento llevó más tarde a Pierre-Simon Laplace, quien presidía la academia de ciencias en Francia, que la aparición periódica del cometa permitía predecir y pronosticar todo tipo de fenómenos, de manera que tales sucesos tenían explicación en las leyes naturales y no en la voluntad de Dios. El hombre se libera del yugo de la Iglesia y acepta el yugo de la predicción.

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