Las ciudades casi nunca fracasan por sus errores, sino por sus aciertos.
La historia está llena de ejemplos. Venecia creyó que el comercio marítimo sería eterno. Detroit pensó que la industria automotriz bastaría para sostener su liderazgo. Pittsburgh tardó décadas en comprender que el acero no podía ser el único cimiento de su economía. Ninguna cayó de un día para otro. Todas comenzaron a deteriorarse cuando confundieron el éxito con la permanencia.