Yo, la verdad, no creo en el demonio. Creo, sí, en los demonios; en esos fantasmas que llevamos dentro, oscuras sombras de pasadas culpas, remordimientos, frustraciones, envidias, celos, odios... Todo eso, en fin, que enferma al alma al par que al cuerpo, y que va en nuestro subconsciente como pesada carga de maldad. Dicho de otra manera, en esto de los demonios creo más en Freud que en Milton.
Muchos hay que creen en el diablo, al menos para echarle la culpa del mal que hacen. “Se me metió el diablo”, dicen algunos para justificar sus chingaderas. (Creo que se me acaba de meter el diablo. ¿Cómo explicar entonces que haya usado yo esa palabra tan corriente?). Y lo imaginan con el pergeño del diablito de la lotería: cuernos y cola; una pata de chivo, otra de gallo. (Hago notar, entre paréntesis, que esos dos animales, el gallo y el chivo, son caracterizados como lúbricos. Del gallo afirma un decir popular: “¡Ay, quién tuviera la dicha del gallo, / que nomás se le antoja y se monta a caballo!”. Y el chivo es famoso por su continua verriondez. No debe extrañar, entonces, que si en la tradición cristiana la carne y el sexo son considerados enemigos del alma y puerta abierta a la condenación, en la imaginación popular el diablo muestre atributos propios de los animales más cachondos).