Cada verano, durante apenas tres días, una pequeña localidad del estado de Wyoming se convierte en el centro de gravedad de la economía mundial. El Simposio de Jackson Hole, organizado por la Reserva Federal de Kansas City, reúne a los principales responsables de los bancos centrales, economistas y representantes de los mercados financieros para debatir sobre los grandes desafíos de la política monetaria. En otras ocasiones el foco estuvo en la inflación, en las compras masivas de deuda o en el inicio de las bajadas de tipos. Este año, sin embargo, la conversación promete ser diferente.
El motivo es que los mercados ya no discuten únicamente cuándo subirán o bajarán los tipos de interés. Empiezan a preguntarse si la economía mundial está entrando en una etapa en la que el dinero será estructuralmente más caro. La deuda pública estadounidense ha superado los 40 billones de dólares, el Tesoro ha tenido que intervenir recientemente para estabilizar el mercado de bonos y los inversores exigen rentabilidades cada vez más elevadas para financiar a la primera economía del mundo. Ese cambio de percepción explica por qué la intervención que pronunciará el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, será seguida con tanta atención.
En circunstancias normales, una reunión de banqueros centrales apenas tendría interés fuera de los círculos especializados. Jackson Hole, sin embargo, ha demostrado a lo largo de las últimas décadas que puede anticipar algunos de los mayores cambios de rumbo de la política económica internacional. Allí Ben Bernanke defendió nuevas medidas extraordinarias tras la crisis financiera; Mario Draghi preparó el terreno para la expansión monetaria del Banco Central Europeo y, más recientemente, Jerome Powell abrió la puerta al cambio de ciclo en los tipos de interés. Los mercados han aprendido que, en muchas ocasiones, las decisiones más importantes empiezan a insinuarse en Wyoming antes de trasladarse a las reuniones oficiales de los bancos centrales.
Jackson Hole ya no gira solo en torno a los tipos de interés, sino a la credibilidad de la política monetaria. Lo que ocurra en Wyoming influirá en las hipotecas, el ahorro y la financiación empresarial también en Europa
La edición de este año coincide, además, con una circunstancia especialmente delicada. La inflación derivada de las tensiones energéticas vuelve a preocupar, pero ya no constituye la única amenaza. La presión sobre el mercado de deuda estadounidense está elevando el coste del dinero en todo el mundo y arrastra también al alza los rendimientos de los bonos europeos. Reino Unido, Alemania, Francia o España empiezan a financiarse a precios muy superiores a los habituales durante la última década, una tendencia que condiciona tanto la inversión privada como la capacidad de los Estados para sostener el gasto público.
Europa seguirá cada palabra que salga de Jackson Hole porque buena parte de su política económica depende de la evolución financiera estadounidense. Cuando aumenta la rentabilidad del bono del Tesoro norteamericano, también se encarece la financiación para empresas europeas, las emisiones de deuda soberana y, en última instancia, las hipotecas de millones de familias. La interdependencia entre ambos lados del Atlántico hace que un discurso pronunciado a miles de kilómetros pueda terminar teniendo consecuencias directas sobre el ahorro de un ciudadano español.
Existe además un segundo debate que apenas comenzaba a vislumbrarse hace un año y que ahora ocupa un lugar central: el impacto de la inteligencia artificial sobre la política monetaria. La construcción de centros de datos, redes eléctricas y nuevas infraestructuras tecnológicas está generando una demanda de capital sin precedentes. Algunos economistas consideran que esa revolución puede mantener elevados los tipos de interés durante más tiempo, incluso si la inflación continúa moderándose. Jackson Hole será el primer gran foro en el que ambas cuestiones —la deuda pública y la financiación de la IA— se analicen conjuntamente.
Mensaje para Europa
Para los ahorradores europeos, el mensaje resulta claro. Durante años se asumió que el dinero barato era una característica permanente de la economía global. Hoy esa convicción empieza a desaparecer. Los depósitos vuelven a ofrecer rentabilidad, la renta fija recupera protagonismo y las decisiones de inversión exigen una visión mucho más prudente que durante el largo periodo de tipos cercanos a cero.
En realidad, la cuestión que se debatirá en Jackson Hole trasciende con mucho el calendario de las próximas decisiones de la Reserva Federal. Lo que está en juego es la definición de un nuevo equilibrio financiero internacional. Si los bancos centrales concluyen que el elevado coste del dinero ha llegado para quedarse, empresas, gobiernos y familias tendrán que adaptarse a una realidad muy distinta de la conocida desde la crisis de 2008. Por eso Jackson Hole sigue siendo mucho más que una conferencia académica. Es el lugar donde, con frecuencia, empiezan a escribirse los próximos capítulos de la economía mundial. @mundiario