Todos los años, cuando finaliza el invierno y comienza la primavera, muchos espacios en México se cubren con flores de jacarandas. El color morado resalta entre las verdes hojas cuando elevamos la vista. El viento y la corta vida de la flor engalanan las calles con cada pétalo caído. Caminamos por aceras vestidas de gala para alguna fiesta.
Si miramos al Golfo de México encontramos un panorama distinto. Ese mar ya no se encuentra lleno de peces ni pescadores, ni parece apetecible para el turista; se ha convertido en un enjambre de sargazo y chapopote que inunda las costas de Veracruz y afecta el mar de Campeche y Tabasco. Las causas de esta tragedia ecológica permanecieron durante un tiempo oscuras como el chapopote derramado.
En primavera no todo se viste de fiesta. La tormenta no cesa y siguen apareciendo tragedias. Desde las tristes noticias de la guerra, hasta la cada vez más presente violencia. Las páginas noticiosas no dejan de mostrarnos las huellas de la agresividad que sigue cerniéndose sobre esta tierra.
Las manchas también se extienden a nuestra sociedad. Las agresiones no ocurren únicamente en el escenario de las guerras, o en la ya larga disputa por el control del crimen organizado. También aparecen en las escuelas. Hace unos meses un joven fue acuchillado por otro en un CCH; hace unos días, armado con un rifle de asalto, un adolescente asesinó a dos profesoras en Michoacán. Ambos hechos surgen de un inquietante movimiento que agrupa a hombres jóvenes, llamados incel (involuntariamente célibes), que experimentan frustración por no considerarse aceptados y transforman su rechazo en la más absurda y cruel violencia.
¿Por qué en medio de tanto progreso seguimos comportándonos de modo tan incivilizado? Por un lado, parece faltar claridad para explicar lo que acontece con el derrame en el Golfo. Algunos dicen que tras el accidente está el huachicoleo, otros hablan de que una de las causas se debe a las emanaciones de chapopoteras naturales en Coatzacoalcos. Una vez más, saber lo que pasa resulta cada vez más difícil. Da la impresión de que cada hecho o cada noticia tiene que ser enfocada como pugna política y no con el deseo de encontrar las causas, resolver el problema y sacar experiencia hacia adelante. Finalmente, ha sido gratificante la intervención de la presidenta, señalando en un breve informe lo que la investigación ha arrojado y lo que falta por comprobar. ¿Sería muy difícil intervenir con claridad desde el primer momento?
Otro asunto serio es el de los jóvenes que matan por sentirse inadaptados. Las causas sin duda son múltiples. Pienso que, entre ellas, hay que contar la ausencia de límites con los que han sido formados, la exposición temprana e indiscriminada a información que lejos de ayudar a su madurez siembra confusión, aísla cada vez más porque interrumpe la necesaria socialización y hace que la gente formule apreciaciones sobre los demás que muchas veces no tienen más soporte que su propia imaginación.
Va siendo momento de mirar con más pausa lo que estamos haciendo. Una educación donde está prohibido reprobar, donde no se ve claramente que haya una correlación entre el esfuerzo y el progreso, donde “estar” en la preparatoria o en la universidad es más un derecho que un logro. Constelaciones de padres más preocupados por evitar todo sufrimiento de sus hijos que por contribuir a forjar el carácter para que afronten los retos de la vida. Una sociedad que requiere de más apertura para indagar la verdad aunque duela y donde no se olvide que para crecer, a veces, es necesario contrastar ideas, recibir correcciones, aprender a levantarse de lo que duele.
Hoy, entre la violencia inaudita que priva de la vida a unas maestras, el oscuro chapopote que ensucia nuestras costas, prefiero detenerme en las jacarandas y pensar que también hay sitios donde la vida sigue floreciendo.
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