La X de Sebastián en la Plaza de la Mexicanidad no es sólo una escultura: es una declaración de identidad puesta justo frente a una de las fronteras más transitadas y simbólicas de México.
En Ciudad Juárez, donde la vida cotidiana se mide entre cruces, maquila, migración y comercio binacional, levantar una pieza monumental en forma de X equivale a escribir en acero una pregunta sobre quiénes somos y desde dónde nos miran. No es casual que esté ahí, sobre el eje urbano que dialoga con El Paso, Texas: la obra funciona como un gesto de pertenencia, pero también como una afirmación visual de la ciudad ante el espejo estadounidense.
La Plaza de la Mexicanidad y su monumento fueron inaugurados el 24 de mayo de 2013, aunque el proyecto venía gestándose desde años antes, y su costo final fue motivo de debate público. Distintas versiones periodísticas han ubicado la inversión total alrededor de 102 millones de pesos, mientras otros reportes hablaron de montos mayores al incluir obra, iluminación, inauguración y gastos asociados; además, se ha documentado que Sebastián cobró 7 millones de pesos por el diseño de la X. Más allá de la discusión financiera, la obra terminó convirtiéndose en uno de los símbolos urbanos más reconocibles de Juárez.
Mi relación personal con la X ha sido intensa en los últimos seis meses: la he fotografiado más de una docena de veces, capturando su silueta imponente bajo el sol abrasador de mediodía, cubierta de nieve en las raras nevadas invernales que azotan la frontera, y vibrante durante el concierto de Juan Gabriel que Netflix transmitió hace poco, donde la escultura se convirtió en testigo silencioso de la euforia colectiva. Incluso guardo en mi archivo una imagen de su etapa de construcción, tomada por ahí de 2011 o 2012, cuando apenas era un esqueleto de acero alzándose contra el horizonte, mucho antes de su inauguración oficial.
Pero el valor de la X no se agota en sus cifras. Su fuerza simbólica está en haber sido colocada en una ciudad que vive, de manera permanente, en tensión y cercanía con Estados Unidos. Juárez es la mayor ciudad del estado de Chihuahua y una de las grandes metrópolis binacionales del país; comparte con El Paso una dinámica económica, laboral, cultural y familiar que desborda cualquier línea en el mapa. Esa convivencia diaria ha hecho de la frontera un espacio de ida y vuelta: aquí se trabaja para maquilas globales, se comercia con el vecino del norte, se estudia, se cruza, se espera, se regresa. La ciudad se entiende, en buena medida, por su relación con El Paso.
En ese contexto, la X adquiere una lectura más profunda. No sólo representa una letra o una forma geométrica; resume una frontera, una intersección, una identidad partida y reunida al mismo tiempo. Juárez no necesita copiar símbolos ajenos para legitimarse. Tiene el derecho —y quizá la obligación— de producir los suyos. La escultura de Sebastián lo recuerda con una contundencia difícil de ignorar: en una ciudad marcada por la circulación constante, también hace falta una imagen fija que diga: “Aquí estamos”.
Ciudad Juárez es hoy una urbe de más de 1.6 millones de habitantes estimados en 2026, mientras que el área binacional con El Paso supera los 2.7 millones de personas. Esa densidad humana ayuda a explicar por qué la frontera no es una línea, sino un sistema de relaciones cotidianas. Hay familias divididas por la línea, pero también economías que se complementan, medios de comunicación que se observan mutuamente y culturas que se cruzan todo el tiempo. En Juárez, la frontera no es escenario: es rutina.
Sebastián, cuyo nombre real es Enrique Carbajal González, nació el 16 de noviembre de 1947 en Ciudad Camargo, Chihuahua. Formado en la Academia de San Carlos desde 1965, desarrolló un lenguaje escultórico ligado a las matemáticas, la geometría, la topología y la cristalografía. Su obra monumental, urbana y de gran escala lo convirtió en uno de los artistas mexicanos más reconocibles dentro y fuera del país. Y quizá por eso la X de Juárez funciona tan bien: porque no sólo la hizo un escultor chihuahuense, sino un artista que entiende que una forma puede convertirse en emblema cuando dialoga con el territorio.