En nuestra adolescencia bautista, la fe no era una opción, era una geografía. El campamento de Montemorelos. Un pedazo de tierra hostil. Los pastores vendían como antesala del Edén, pero tenía más en común con un campo de reeducación soviético, solo con más guitarras acústicas y menos calefacción.
El único oasis era el arroyo “Encadenado”, una corriente anémica donde los marranos se bañaban con una paz budista, ajenos a que nosotros, los elegidos, estábamos ahí para ser procesados como embutidos espirituales.