Quien compra energía (empresas, industrias y grandes usuarios) aprende rápido que las horas que realmente cuentan no son, por lo general, las de un mediodía soleado, sino las de la tarde y la noche, cuando el aire acondicionado se enciende al mismo tiempo en gran parte del país y la demanda del Sistema Interconectado Nacional alcanza sus niveles más altos. En este verano de 2026, hasta ahora, ese punto ha llegado a rozar los 55 mil megawatts y se registró cerca de las nueve de la noche.
La demanda pico del país crece a ritmos de entre 5% y 7% al año, y el pico registrado en julio de este año fue más de 7% superior al observado en el mismo periodo del año anterior. Frente a ello, la capacidad instalada apenas creció 1.7% en el último año, y en materia de energías renovables el estancamiento es todavía más elocuente: mientras el mundo sumó alrededor de 15% de capacidad renovable, México agregó menos de 3%. No es que hayamos construido de más en una tecnología y de menos en otra, es que llevamos años sin construir casi nada, mientras la demanda no ha dejado de crecer. Ese es uno de los orígenes del problema.
La consecuencia es una reserva operativa —el margen de maniobra con el que cuenta el sistema eléctrico nacional para atender la demanda de energía— que opera al límite. Al revisar los datos operativos del Cenace del último año, la reserva operativa nacional se mantuvo en términos porcentuales, sí, pero llegó a rozar el 6% durante los picos del verano. Ese 6% constituye el umbral entre los estados de Normalidad y Alerta definidos por el propio Cenace; es decir, la línea a partir de la cual el sistema deja de operar con holgura y comienza a hacerlo bajo tensión. El estándar internacional de margen de planeación ronda el 15%, desde PJM hasta CAISO. Operar el verano justo sobre esa línea, con el sistema aislado de Baja California Sur llegando incluso a niveles de emergencia, difícilmente puede considerarse una situación que nos otorgue tranquilidad.
El elemento que, a mi juicio, resulta más importante es entender por qué la capacidad instalada o capacidad en placa puede resultar engañosa. Tenemos alrededor de 90 mil megawatts instalados y, sin embargo, en el punto más alto de demanda del año apenas se despacharon 55 mil. Lo que evita que nos quedemos cortos no es el megawatt instalado, sino el megawatt disponible en las horas de mayor demanda, cuando la mayor parte de la carga es sostenida por centrales de gas. De ahí se desprende una aritmética incómoda: para mantener siquiera este margen, la capacidad instalada debe crecer más rápido que la demanda y, si ese crecimiento ocurre únicamente mediante fuentes variables, la capacidad en placa requerida se multiplica, porque su aporte firme durante las horas pico es limitado.
Y es justamente ahí donde el rumbo reciente me parece acertado. La CFE adjudicó poco más de siete mil megawatts de capacidad renovable y lo hizo acompañándolos de mil ochocientos cincuenta megawatts de almacenamiento en baterías, el primer despliegue a escala industrial en la historia del sector eléctrico del país. Ese es el modelo correcto, porque una batería permite convertir el excedente solar del mediodía en potencia firme durante la noche. El sol deja de ser un problema de horario y comienza a formar parte de la solución.
Lo que falta es ejecución, velocidad y escala. Esos proyectos entrarán en operación entre 2028 y 2029, mientras la demanda aprieta desde ahora, verano tras verano. El esquema de inversión mixta, que reserva hasta el 46% para capital privado, constituye precisamente uno de los canales para acelerar ese proceso, siempre que exista una señal de precio que remunere adecuadamente el almacenamiento y la potencia firme, y no únicamente la energía generada.
Me quedan tres preguntas. ¿Estamos midiendo nuestra meta en megawatts instalados o en megawatts disponibles durante las horas de mayor demanda? ¿Vamos a construir al ritmo que exige el crecimiento de la demanda? ¿Cómo abriremos ese 46% reservado a la inversión privada para que el almacenamiento y la capacidad firme escalen a tiempo? Porque, al final, la transición energética no se gana instalando más paneles solares únicamente; se gana asegurando que, en las horas de mayor demanda, cuando el país entero necesita energía, exista capacidad suficiente para responder.