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El Diario 04 Apr, 2026 18:19

La columna

Este es mi espacio; yo vivo aquí. Escribir esta columna es, posiblemente, la actividad más constante que he tenido en toda mi vida, luego de ser padre. Desde hace 33 años escribo algo cada semana y no recuerdo haber fallado ni una sola vez. Aquí cuento lo que se me ha quedado atorado en la garganta y en el estómago. O mi punto de vista de lo que es noticia. Pero siempre con la idea de aportar algo nuevo, personal, único.

No siempre se logra, lo sé. Hay columnas de las que quisiera olvidarme, de esas que el lector ni siquiera recuerda el título tan pronto pasa la página. Y luego hay otras en que le atinas a comprender, explicar y ver con ojos frescos lo que está pasando. Son esas veces, como diría Isabel Allende, en que estás bien parado en el mundo.

Cuando era un adolescente y hojeaba el periódico que diariamente llegaba a la casa, me saltaba las páginas editoriales. Me iba de la primera plana hasta la sección de deportes. Hasta que un buen día mi mamá me sugirió que, si leía los editoriales y las columnas, iba a entender todo lo que estaba pasando en el planeta. Creo que le tengo que agradecer a ella que me haya convertido en columnista. Y el mayor halago que he recibido como escritor es que, durante muchos años, ella recortaba mis columnas que aparecen los sábados en el diario Reforma de México y las pegaba en un voluminoso álbum.

Todo comenzó cuando escribí una serie de columnas para El Nuevo Heraldo luego de un viaje a la nueva Rusia. Las escribí porque tenía mucho que decir y la televisión, donde yo trabajaba y con sus límites de tiempo, no era suficiente. La primera –llamada “Rusia; bienvenidos al capitalismo”– se publicó en mayo de 1993.

Con mucho esfuerzo, llamadas y faxes extendí la publicación de la columna a otros diarios de Estados Unidos y América Latina. Pero mi objetivo era publicar en México, mi país, y hacerlo en Reforma, que tenía ya una bien ganada reputación de periodismo independiente. Pedí una cita con Ramón Alberto Garza y René Delgado y ambos aceptaron mi solicitud. Mi primera columna en el Reforma fue el 3 de septiembre de 1994 y se tituló “Lo que vi en México” (que aún no era democrático). Con el apoyo de la familia Junco de la Vega no he dejado de publicar semanalmente desde entonces.

Escribir columnas es una especie de apostolado. Cuando le pregunté a un colega cuándo escribía su columna me contestó: “toda la semana”. Es cierto. Uno va pensando lo que va a escribir todos los días, hasta antes de dormirse y, a veces, también en sueños. La traes en la cabeza permanentemente. Hasta antes de apretar la tecla para enviar la columna, la estamos cambiando y corrigiendo. Y muy pocos columnistas lo hacen por dinero; no salen las cuentas si contamos todas las horas que le dedicamos.

Escribir columnas también es periodismo, aunque des tu opinión. Toda columna tiene que estar asentada en la realidad. No se vale inventarse datos ni reescribir la historia. Pero es esencial que expreses lo que estás pensando. No es un noticiero, ni un resumen noticioso. La periodista Oriana Fallaci lo dijo magistralmente. “Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma”, escribió en su libro Entrevista con la historia, “y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición, y en efecto la tomo, siempre, a base de una precisa selección moral”.

Escribir columnas es, sobre todo, un ejercicio ético, particularmente cuando se trata de cuestionar a los autoritarios y rechazar el abuso de poder. La columna, en el mejor de los casos, debe servir para algo. Y si eso es apoyar la democracia, la libertad y la justicia, mejor aún. La columna es un nombre viejo –cuando los ensayos y editoriales se publicaban verticalmente en los periódicos de papel– pero me gusta la palabra porque denota algo sólido, vertical y muy visible.

Y hace poco que junté un centenar de mis columnas en un libro –Así veo las cosas– me di cuenta de que ahí estaba mi verdadera autobiografía. Cuento de guerras, presidentes, viajes y elecciones pero también de la muerte de mi padre, de mi hermano Alejandro y de mi gata Lola. Y todo gracias a que un buen día mi mamá me sugirió que les pusiera atención a los editoriales.

Gracias por leerme todos estos años. Sin ti, lector, no hay columnista.

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