PACHUCA, Hgo. 6 de abril del 2026.- En muchas ocasiones me he imaginado que si reuniéramos todo el talento, pero sobre todo la experiencia de las y los maestros, tendríamos una enorme biblioteca de estrategias, un banco de acciones exitosas realizadas en el aula. Todo ese conocimiento en una bitácora, donde se documentarán todas las intervenciones educativas: la del maestro rural, la de una maestra de multigrado, la maestra de educación física, escuelas urbanas, etc. Todas estas implementaciones al servicio de la comunidad educativa: Bitácora, registros, evolución de la estrategia, seguimiento, evaluación. ¿Funcionaron? NO. Sí. En una palabra: documentar. En la Nueva Escuela Mexicana (NEM), el Consejo Técnico Escolar (CTE) ha sido redefinido como algo más que un órgano colegiado de gestión: la Secretaría de Educación Pública (SEP) lo plantea como una comunidad de aprendizaje orientada al diálogo pedagógico, la reflexión sobre la práctica, el aprendizaje entre pares y la toma de acuerdos que después se implementan en el aula. Esa formulación no es menor.
Visto desde ese marco, la NEM por el aprendizaje entre pares dentro del CTE tiene plena justificación. No se trata solo de reunirse para recibir lineamientos, sino de convertir el trabajo colegiado en un espacio donde las maestras y los maestros analicen problemas de su práctica, ensayen respuestas, contrasten evidencias y construyan criterios compartidos de mejora. De hecho, la propia SEP afirma que el CTE como comunidad de aprendizaje, busca que el profesorado aborde problemáticas de su práctica "de manera reflexiva y crítica" para llegar a acuerdos que luego se implementen en el aula.
Sin embargo, entre esa promesa y la realidad operativa existe una brecha importante. La investigación reciente en México confirma que los CTE sí han abierto espacios de reflexión y deliberación pedagógica, pero también muestra que esos espacios no siempre cuentan con una metodología robusta de indagación, ni con instrumentos suficientemente claros de seguimiento, ni con mecanismos sólidos para convertir la conversación docente en conocimiento acumulable. Un estudio de Ana Bertha Luna Miranda sobre gestión del conocimiento en el CTE señala que allí circulan saberes tácitos y explícitos valiosos, pero justamente subraya el reto de gestionarlos de manera más sistemática. Otro estudio, de Iriana Castillo Vergara, identifica como desafíos de la implementación del Plan 2022 la necesidad de formación, la autonomía profesional y, como obstáculos concretos, la sobrecarga administrativa, la falta de materiales y la información escalonada sobre la reforma.
Ahí se encuentra el punto crítico. El problema principal de los CTE no parece ser la ausencia de temas, porque la SEP sí ofrece orientaciones, focos pedagógicos y recursos para cada sesión. El problema es que tener temas no equivale a tener metodología. Un consejo puede discutir evaluación formativa, inclusión, codiseño o lectura; puede incluso llegar a acuerdos razonables. Pero si no existe una secuencia clara de trabajo que obligue a precisar el problema, formular hipótesis pedagógicas, definir acciones, recoger evidencias, revisar resultados y documentar hallazgos, entonces el aprendizaje colegiado queda en un nivel frágil: hay conversación, pero no necesariamente producción de conocimiento profesional. Es más, hay seguimiento nulo de los temas relevantes.
Por eso, desde mi punto de vista, tener una bitácora toca el corazón del problema. La bitácora no sería un añadido burocrático; sería el dispositivo que permitiría que el CTE deje de ser solo un espacio de intercambio oral y se convierta en una estructura de memoria profesional. En una comunidad de práctica, el conocimiento no puede depender únicamente de lo que cada quien recuerda al final de la sesión. Necesita fijarse en registros: problema discutido, hipótesis sugeridas, acuerdos tomados.
Las buenas prácticas existen en muchas escuelas, pero si no se documentan con cierto rigor, permanecen encerradas en el grupo que las vivió.
Las de chile seco
Sin memoria no se construye: documentemos.
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