Habiendo pasado una semana de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, momento que aviva la sensibilidad tanto de quienes defienden como de quienes menosprecian e incluso aborrecen esa fecha tan señalada de los derechos humanos, transcribo estas palabras de Adela Muñoz Páez, catedrática de Quimica Inorgánica de la Universidad de Sevilla y divulgadora de la ciencia, con las que inicia su libro Brujas, La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate, 2022):
“Aunque la caza de brujas alcanzó su punto álgido al comienzo de la Edad Moderna, había empezado a prepararse muchos siglos antes, a lo largo de los cuales se fue asociando a las mujeres con los demonios, judíos y herejes. Al mismo tiempo se fue cociendo a fuego lento una misoginia que enraizó en lo más profundo de la sociedad y convirtió a las mujeres en las enemigas, en la boca del infierno, la hermosa podredumbre”.
¿Qué habrá en el origen y en el fondo de tamaña misoginia? ¿Por qué genera tanta inquietud, tanto temor y tanto rechazo la posibilidad de que las mujeres sean libres para regir su propio destino y su propio cuerpo? ¿Por qué se percibe como una amenaza la diversidad de todo signo y se persigue con tanto afán erradicarla para alcanzar el oscuro deseo de que todos seamos y pensemos de la misma manera?
El asunto parece remontarse a la noche de los tiempos. Riane Eisler, socióloga y antropóloga, afima en El cáliz y la espada. De las diosas a los dioses: culturas pre-patriarcales (Capitán Swing, 2021) que durante el Paleolítico (de 2.7 millones de años a 12 mil años antes del presente) existieron sociedades en las que la mujer y lo femenino jugaban un papel preponderante, aunque no necesariamente fuesen regidas por ellas como un matriarcado, sino que eran comunidades con un modelo de colaboración en lugar del modelo de dominio liderado por hombres que acabaría imponiéndose y que sigue vigente hasta la actualidad. Existe evidencia arqueológica que apoya esta hipótesis, como las figuras prehistóricas femeninas que conocemos como “venus” que han aparecido en Europa “desde los Balcanes, en el este de Europa, al lago Baikal en Siberia; y al oeste en Willendorf, cerca de Viena, y la Grotte du Pape en Francia)”:
“Las estatuillas femeninas de los pueblos del Paleolítico son, junto con las pinturas rupestres, los santuarios en cuevas y los sitios funerarios, importantes registros psíquicos… Esta tradición sagrada, entre cuyos componentes esenciales está la asociación de los poderes que gobiernan la vida y la muerte con la mujer, encontró su expresión en el arte extraordinario del Paleolítico”.
Por su parte, el afamado mitólogo Joseph Campbell, afirma en Diosas (Atalanta, 2015):
“Existen evidencias de que, entre ambos aspectos mágicos, el masculino y el femenino, de las etapas de la vida primitiva consagrada a la caza y la recolección, no sólo había tensión sino incluso, en ocasiones, estallidos de violencia física. En las mitologías de buen número de sociedades primitivas (los pigmeos del Congo, los indios Ona de la Tierra del Fuego, etcétera) hallamos el siguiente tipo de leyenda: en el origen, todo el poder mágico residía en manos de las mujeres; entonces los hombres las mataron a todas y mantuvieron con vida tan solo a las más jóvenes, a las que nunca enseñaron lo que sus madres sabían, pues los hombres se reservaron ese conocimiento para sí mismos”.
Este conflicto, originado en tiempos tan remotos, arroja luz sobre la situación actual. No debemos menospreciar la información transmitida a través de los mitos, pues no son meros relatos fantasiosos. Son numerosos ya los expertos que los han abordado con toda seriedad y han demostrado su valor como ventana por la que nos podemos asomar al pasado. Además, existe una evidencia arqueológica sólida en las excavaciones de las primeras sociedades del Neolítico y su culto a la Diosa: Çatalhöyük y Hacilar en Turquía y en varios asentamientos de lo que la arqueóloga Marija Gimbutas llama la Vieja Europa (Bulgaria, Rumania, Serbia, Grecia, Macedonia, Moldavia y partes de Ucrania).
A la luz de tan esclarecedores hallazgos podemos entender mejor el origen de la misoginia.