HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
El Financiero 16 Mar, 2026 01:30

¿Fin de las guerras eternas? (1)

Durante décadas, muchas veces que Estados Unidos entró en una guerra se repitió un patrón. Intervención militar, despliegue masivo de tropas, ocupación prolongada y el intento de rediseñar la gobernanza del país intervenido para construir una democracia. El problema fue que ese modelo, el llamado nation-building rara vez produjo los resultados esperados.

La victoria militar inicial abría una tarea mucho más compleja que era reconstruir instituciones, estabilizar sociedades profundamente fragmentadas y sostener durante años un nuevo orden político. El costo fue enorme. Miles de soldados estadounidenses y civiles de estos países muertos o heridos, trillones de dólares gastados y un profundo desgaste político dentro de la propia sociedad norteamericana. Intentar rediseñar la gobernanza de otros países con fuerza militar in situ resultó ser mucho más difícil de lo previsto. Las guerras terminaron convirtiéndose en conflictos interminables.

Donald Trump convirtió en uno de los ejes de su discurso político la necesidad de evitar las llamadas guerras eternas, forever wars. Estados Unidos no debería volver a involucrarse en ocupaciones militares prolongadas ni en proyectos de reconstrucción estatal en el extranjero. Buena parte del debate actual sobre conflictos como el de Venezuela y ahora el de Irán parte de una premisa implícita que cualquier intervención estadounidense inevitablemente terminará repitiendo el patrón de Irak o Afganistán. Muchos analistas parecen mirar el presente por el espejo retrovisor de la historia. Confunden analogía histórica con pronóstico estratégico, como si los contextos tecnológicos, económicos y geopolíticos no hubieran cambiado. Pero sí han cambiado.

Por eso Trump está cambiando el modelo. En lugar de ocupar países durante décadas, busca combinar presión militar, aislamiento financiero y presión económica para debilitar gradualmente al régimen y crear condiciones para cambios desde dentro. Las herramientas disponibles para ejercer esa presión son hoy mucho más amplias que en el pasado.

A las operaciones militares tradicionales se suman ciberataques, guerra electrónica, sanciones financieras cada vez más sofisticadas, operaciones de desinformación y acciones encubiertas destinadas a erosionar las capacidades del régimen y debilitar su control interno. En términos estratégicos, el centro de gravedad ya no necesariamente es el territorio. Puede ser el financiamiento del régimen, la cohesión de sus élites y su capacidad para mantener el control político interno. Los sistemas autoritarios suelen mantener estabilidad mediante tres mecanismos: capacidad represiva, recursos económicos para comprar lealtades y cohesión dentro de la élite gobernante.

Por eso en lugar de invadir países y permanecer allí durante años, la estrategia busca debilitar a los regímenes desde fuera. Si esa presión logra debilitar suficientemente al poder político, el cambio puede terminar produciéndose desde dentro. Uno de los casos emblemáticos fue la caída de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), cuando EU utilizó el método de debilitamiento sin utilizar un solo soldado en terreno ruso.

Ese enfoque está detrás de la estrategia que Estados Unidos ha aplicado recientemente en Venezuela y que ahora intenta aplicar frente a Irán: presión externa sostenida, pero evitando desplegar grandes contingentes de soldados estadounidenses en el terreno. Es una lógica muy distinta a la de las guerras del pasado.

Además, hay otro cambio igual de importante que está pasando desapercibido. Durante décadas existía un patrón claro en Medio Oriente. Cada vez que Israel entraba en guerra con un país árabe o cuando Estados Unidos intervenía militarmente en la región la reacción del mundo árabe era de condena colectiva, presión diplomática y alineamiento político contra Israel y Washington de forma inmediata. Ese patrón ya se rompió. En el conflicto actual no se ha visto una condena del mundo árabe contra los Estados Unidos, sino una alineación.

La paradoja política es notable. Hoy hay más oposición a esta guerra dentro de Estados Unidos que en los países árabes. Ese simple hecho revela hasta qué punto el contexto estratégico de Medio Oriente ha cambiado. Para varios gobiernos de la región, la principal amenaza ya no es Israel ni la presencia militar estadounidense, sino la expansión regional de Irán y los grupos terroristas que por décadas ha financiado. Ese cambio altera profundamente el equilibrio político de la región.

Esto tiene una consecuencia estratégica que no aparece en el análisis internacional. Si los gobiernos de la región dejan de proteger políticamente al régimen iraní, la presión externa puede combinarse con tensiones internas dentro del propio país. En otras palabras, el debilitamiento del régimen desde fuera puede abrir espacio para un cambio político desde dentro.

En el caso iraní, el escenario de un cambio de régimen impulsado por presión externa pero ejecutado por dinámicas internas sería muy distinto a las guerras de ocupación que marcaron las dos primeras décadas de este siglo. Sin embargo, la pregunta inevitable sigue en el aire. ¿Por qué la prensa internacional, muchos analistas y buena parte de los llamados expertos siguen interpretando estos conflictos con los esquemas del pasado?

Cuando cambian las alianzas regionales y la forma de hacer la guerra, la pregunta ya no es cuánto tiempo puede o debe Estados Unidos permanecer en la región. La pregunta es si, en una era de tecnología militar avanzada, presión económica y aliados regionales armados, Estados Unidos realmente necesita quedarse.

Contenido Patrocinado