Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo
En los últimos años, el lenguaje de la justicia ha cambiado. Conceptos como reparación, reconocimiento del daño o justicia transformativa han entrado al debate público como alternativas al castigo punitivo tradicional. Sin embargo, en contextos de agravio profundo y donde las instituciones encargadas de impartir justicia y resarcir el daño se han visto desacreditadas, aparece una paradoja preocupante: las víctimas pueden transformarse en un sujeto político cuya demanda ya no se centra en la repararación ni en la transformación, sino en el castigo.
En su libro “Contra la cancelación: Y otros sueños de justicia transformativa”, la escritora y activista Adrienne Maree Brown realiza una reflexión que me parece por demás interesante y necesaria sobre cómo el daño acumulado, cuando no es atendido oportunamente, erosiona la posibilidad de diálogo indispensable para poder atender las demandas de las personas que han sufrido alguna ofensa. La justicia transformativa, la cual se encuentra en el centro de su propuesta, parte de una premisa bastante exigente: el objetivo no es vengarse ni “ganar”, sino cambiar las condiciones que hicieron posible el daño. Sin embargo, ese horizonte requiere algo escaso –o prácticamente inexistente– cuando las instituciones fallan repetidamente: confianza.
Previo a la reparación del daño, restaurar la confianza es una condición básica, de otro modo, cualquier acto reparatorio se lee como una promesa más que no se cumplirá o, incluso, como una burla. Similar a lo que ocurre en los vínculos interpersonales, en las relaciones de los colectivos con las instituciones, cuando la respuesta sobre una injusticia llega tarde, en malos términos o bajo presión, la reparación deja de percibirse como voluntad genuina y se interpreta como cálculo político. En escenarios así, suele emerger lo que podríamos llamar una “posición de víctima agresiva”: un lugar moral incuestionable desde el cual cualquier propuesta se rechaza por considerarse insuficiente, hipócrita o irrelevante. Aun cuando la demanda de justicia permanece en el mensaje directo, el mensaje implícito es que ya no se busca justicia, sino el desquite.
Lo anterior no es difícil de entender: si durante mucho tiempo a las víctimas se les ha exigido paciencia y civismo mientras el daño persistía, es esperable que esto llega a un límite que, una vez rebasado, lo que sigue es el enojo desbordado. Y es que, frente a la falta de respuesta y compromiso, la ira es, en muchos casos, la única vía para producir cambios. El problema surge cuando esa ira se vuelve el único horizonte posible; cuando la fuerza de esta emoción es tal que impide imaginar soluciones haciendo que el conflicto se congele en una lógica de “si la otra parte no sufre, no hay justicia”. Adrianne Maree Brown refiere que esta lógica se produce cuando la respuesta ha llegado después de un esquema de agravios y de confianza fracturada, es decir, cuando se actúa “demasiado tarde”.
No obstante, en un ejercicio de honestidad colectiva, hay que reconocer que la venganza –incluso si es a nivel simbólico– rara vez transforma las estructuras que originaron el daño. Produce satisfacción momentánea, cohesión interna o visibilidad mediática, pero rara vez aporta seguridad, dignidad y, mucho menos, garantías de no repetición. De hecho, puede reforzar el clima de hostilidad y desconfianza que hizo posible el agravio inicial. La autora reconoce que el periodo de ira es esperado, necesario y legítimo; el problema, es cuando la demanda colectiva se instala ahí, desconociendo que dicha posición, incluso, opera reproduciendo la misma lógica del daño.
El desafío no es deslegitimar el enojo en absoluto, sino reflexionar cómo, a veces, suplanta a la política. La justicia transformativa propone algo que es mucho más difícil que castigar: sostener el conflicto sin renunciar a la posibilidad de reconstruir lo común. Cuando esa posibilidad se abandona, todas las personas involucradas pierden, incluso quienes tenían la razón.
Cuando, como colectivo, hemos sido profundamente heridos(as), además de identificar quiénes han efectuado el daño, hay que preguntarse si aún queremos vivir con los(as) otros después del daño. Tanto un “sí” como un “no” implica responsabilidad para todas las partes.
La entrada ¿Qué pasa cuando ya nadie cree en reparar ni transformar? se publicó primero en Quadratín Morelos.