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Quadratin 17 Mar, 2026 22:05

Con cariño, para mi pariente el Parque

Cuando era pequeña, mi papá nos contaba cuentos cada noche. Eran historias donde mis hermanas y yo salíamos de alguna travesura gracias a la ayuda de las iguanas, los tlacuaches, las golondrinas y los árboles de nuestra casa en Cuernavaca. El Toronjo, el Mandarino, el Níspero ,todos tenían voz y agencia en esas historias. Así crecí sintiéndoles como iguales, no como decorado.

Cuando cumplí 20 años, las cosas cambiaron. Los tlacuaches dejaron de venir porque el vecino compró perros “porque le molestaban”. Las iguanas se volvieron escasas. Y al Toronjo lo atacó una plaga que no pudimos detener. Cuando se lo llevaron arrastrando, mi papá guardó silencio durante una semana. Todos en casa pensábamos con nostalgia en que él nos dio mucho más de lo que nosotros le dimos a él.

Hace poco, vinieron de la municipalidad a talar dos árboles del parque de mi colonia. “Ya están secos”, dijeron, y siguieron cortando. Mi hija y yo nos sentamos a despedirnos de ellos, porque todas las mañanas, desde la ventana, los saludamos y les agradecemos por ser casa de las ardillas y los pajaritos, por darnos sombra; también por regalarle a mi hija una canción: “las hojitas, las hojitas de los árboles se caen; viene el viento y las levanta y se ponen a bailar. Me aterró pensar que algún día ella no pueda enseñarle esa canción a nadie porque ya no habrá hojas que se muevan con el viento.

Donna Haraway nos propone llamar “parientes” a todos los seres que van más allá de lo humano, como son el árbol, la ardilla, el parque, porque ellos nos necesitan y nosotros les necesitamos a ellos. No como metáfora bonita, sino como postura política. Y si miramos a nuestro alrededor con esa lente, lo que vemos es que Gaia, la Tierra como ser vivo que describen Lynn Margulis y Dorion Sagan, ha sido extremadamente generosa y paciente con nosotros. Ha dejado que sus árboles sobrevivan entre el concreto, que los ríos busquen nuevos cauces cuando los entubamos. Lo que Anna Tsing llama “paisajes embrujados”: las huellas de lo que destruimos y que aún intentan existir. Como el tronco cortado del parque que visito todos los días.

Desde ese día, mi esposo, mi hija, nuestra perrita y yo salimos a regar árboles del parque con el agua que recolectamos durante el día. ¿Y saben qué? Hemos visto brotar hojitas verdes en algunos de ellos. Sé perfectamente que yo sola no salvaré al planeta, pero Chela Sandoval diría que cultivar esta “conciencia oposicional”, es decir, esa capacidad de pensar y actuar diferente frente a las ideologías hegemónicas que nos trajeron hasta aquí, es exactamente donde empieza el cambio. Porque lo que nos ha traído hasta este punto es pensar que la Naturaleza siempre estará ahí, que el parque existió, existe y existirá sin que hagamos nada.

El Parque tiene sus árboles, sus ardillas, sus bancas, su basura, sus troncos secos. Es un ser con identidad propia que requiere cuidados específicos, no genéricos. Como conocemos los nombres de nuestros vecinos, habría que conocer a la Jacaranda frente a la bomba de agua y al Ahuehuete junto a la cancha, que ambos necesitan agua urgente.

Por ahora, mis acciones están en lo familiar: regar, saludar, agradecer. Mientras yo digo mi letanía matutina, mi hija mueve su manita saludando a los árboles desde la ventana. Todavía hay mucho por hacer desde lo colectivo. Pero siempre he pensado que lo importante es empezar porque, como dice el dicho: una vez andando la carreta, se acomodan las calabazas.

La entrada Con cariño, para mi pariente el Parque se publicó primero en Quadratín Morelos.

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