El 19, bar, estaba cerca de la catedral de Cuernavaca. Era obispo don Sergio Méndez Arceo, aquel que celebraba misas con mariachi. Tenía tanta fama el 19 que sus parroquianos debían hacer fila frente a su puerta para poder entrar. Salía el camarero y anunciaba:
–Uno.
Eso quería decir que había sitio para un cliente. El que ocupaba el primer sitio de la fila pasaba entre las miradas de envidia de los otros. Poco después asomaba de nuevo el mesero.
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–Dos –decía con laconismo.
Y dos entraban en el bar.
La cantina se llamaba “El 19” porque en sus mesas cabían justamente 19 bebedores.
Llegó el viajero a Cuernavaca. Fines de los años cincuenta o principios de los sesenta del pasado siglo. Méndez Arceo tenía el don de la propaganda, y además contaba con la amistad de don Julio Scherer, director de “Excélsior”, entonces el mejor periódico de México. Todos los domingos don Julio enviaba a un reportero a que “cubriera” la misa de su amigo. Porque esa misa era noticia: en sus homilías el obispo hacía referencia a alguna cuestión de actualidad, y sus opiniones tenían sitio siempre en la primera página de aquel influyente diario.
Ahora no es domingo, y el viajero pregunta en la catedral de Cuernavaca por el señor Obispo. Está ocupado, le informa un sacerdote joven, pero el visitante puede volver en un par de horas, y entonces Su Excelencia lo recibirá. El reportero, pues, dirige sus pasos al azar. Es buen guía el azar: lo lleva de la mano al 19. La fila frente a la puerta del bar no es larga hoy, pero de cualquier modo llama la atención del forastero. ¿Qué clase de cantina es ésta, se pregunta, capaz de hacer que la gente haga fila para entrar en ella?
Se forma, pues, el viajero con los otros, y a poco escucha la palabra mágica.
–Uno.
La palabra se refiere a él. Entra y halla sitio en la barra. Algo advierte de inmediato: el absoluto silencio que reina en el lugar. Nadie habla; todos beben su copa sin hablar. Se diría que aquel bar es de cartujos. Todos ven con mirada de reprobación a uno de los bebedores, pues hizo ruido al poner su tarro sobre la mesa.
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¿Qué sucede? Sucede que la concurrencia está escuchando canto gregoriano. El dueño de la taberna, sentado en un extremo de la barra, pone los discos en una tornamesa, y los hermosos cantos se oyen, diáfanos y claros, por las bocinas que están en la pared. Arrobados, los bebedores oyen aquellas maravillas. Cuando una termina alguno de los presentes pide otra con respetuosa voz que apenas se oye.
–O salutaris Hostia, por favor.
–Vexilla Regis.
–Alma Redemptoris Mater, si es usted tan amable.
–Adoro te devote.
–¿Tiene Sub tuum praesidium?
El viajero está encantado con el canto. Y está asombrado. Vuelve por la noche al “19” cumplida su entrevista con don Sergio, y espera a la hora de cerrar. Sólo entonces se atreve a preguntar al hombre de los discos cuál es el origen de esa prodigiosa taberna que ofrece al mismo tiempo espíritus de la tierra y del cielo. Es alemán el dueño de la taberna. Responde con pesado acento germano, y hay en su voz un dejo de hosquedad:
–Méndez Arceo llevó el mariachi a su catedral. Yo traje el canto gregoriano a mi cantina.