Hay frases que escucho en consulta o en las entrevistas con personas sabias que, por su mismo contexto, no buscan impresionar. Esta es una de ellas:
“Nunca sientas pena de ti mismo”.
La dice Stefano Peschiera, medallista olímpico, en una conversación serena durante una entrevista que mantuvimos en la Universidad de Pennsylvania, hace unos meses con motivo de su nuevo proyecto: un MBA en Wharton. No hay dureza en su tono. Tampoco épica. Hay claridad.
Y, sin embargo, esa frase abre una pregunta incómoda:
¿En qué momento empezamos a mirarnos desde un lugar que nos reduce?
Entrevista con Stefano Peschiera y Miryan Wodnik
En ese diálogo, Stefano añade algo que nos suele pasar desapercibido cuando estamos identificados con la posición de víctima:
“Ahí es donde perdemos… el amor propio”.
“Y la posibilidad de corregir el error”.
Stefanos no habla solo del deporte de competición. Coparte con nosotros algo que nos conviene integrar: una actitud ante la vida.
Cuando la victimización se vuelve invisible
Nuestra propia victimización rara vez se presenta de forma evidente ya que no siempre aparece como queja.
A veces toma la forma de una explicación repetida, insistente en reafirmar nuestro sufrimiento. Nuestra historia se nos antoja muy coherente. Defendemos la percepción de un relato donde todo encaja… salvo la posibilidad de cambio.
Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejamos de responder a lo que ocurre con “respons-habilidad”.
Reaccionamos desde un lugar aprendido. El pasado vivido se hace presente y nos devuelve a una identidad de víctima, nos retira el poder del cambio de manera silenciosa.
El triángulo invisible: víctima, verdugo y salvador
Desde la psicología relacional, se describe un patrón que se repite con frecuencia: el triángulo de la víctima, el verdugo y el salvador.
Más que roles fijos, se trata de posiciones desde las que nos relacionamos.
A veces nos sentimos víctimas de lo que ocurre.
Otras veces señalamos fuera, buscando “culpables” /responsables o verdugos.
También nos convertimos en “verdugos de otros”, en las mentes que se colocan en la posición de víctimas, o de salvadores de esas víctimas.
Y en ocasiones intentamos salvar, reparar, sostener a otros que se colocan en la posición de víctimas, señalando a los “malos” o “verdugos”.
Lo que nos daña no es ocupar uno de estos lugares, algo bastante frecuente en nuestra sociedad. Incluso en las noticias diarias nos hablan de que “la culpa” de las lluvias la tiene un frente… esto apunta a los tres roles: nosotros las víctimas de las lluvias, al macabro “frente” se le asigna la posición de verdugo, y el salvador es un nuevo cambio climatológico… lo verdaderamente limitante es quedar atrapados en ellos.
Porque cuando nos relacionamos desde ahí, algo se estrecha:
la capacidad de ver con claridad,
de asumir responsabilidad sin culpa,
de responder con lucidez
de elegir más allá de nuestra zona de confort.
Y es precisamente esto lo que Stefano señala con una simplicidad que nos desarma nuestras estrategias defensivas: cuando te quedas en la pena hacia ti mismo, pierdes margen de acción.
Detrás del arcoirís. La sabiduría. / Miryan WodnikLa pérdida silenciosa: cuando el amor propio se debilita
La victimización tiene algo que, en un primer momento, consuela.
Da sentido, ordena, protege, incluso nos da seguridad emocional.
Pero también tiene un coste.
Reduce la capacidad de discernir y por tanto de corregir.
Dificulta el aprendizaje.
Debilita la relación con uno mismo.
El amor propio, entendido como una forma activa de estar con nosotros mismos, necesita espacio.
Y la victimización lo estrecha. No se trata de negar lo vivido. Tampoco de evitar el dolor. El sano amor propio se asienta en elegir con sabiduría: no quedarse a vivir dentro del sufrimiento.
Exploremos este fragmento que cuestiona la actitud victimista
Así lo leí en Detrás del arcoíris. La Sabiduría (p. 346):
Si piensas que nada cambia, no cambiarás.
Si crees que no puedes perdonar, no lo harás.
Si conviertes la herida en muro, prolongas la guerra.
Habitarás el hoy desde la miseria del ayer.
Si te crees víctima, lo serás.
Pero si eliges con sabiduría y compasión...
La capacidad de responder
Entre lo que ocurre y lo que hacemos con ello hay un espacio.
No siempre es visible. Pero está.
En ese espacio se juega algo esencial: la capacidad de discernir, elegir y responder.
Cuando la mirada se amplía, el error recupera su potencial.
Deja de definirnos.
Empieza a enseñarnos por donde y hacia donde caminar.
Y de esta manera entrenamos una forma distinta de estar en la vida: más abierta, más consciente, más disponible.
Una pregunta que queda sobre lo que no te gusta
No es necesario responderla ahora.
Pero quizá pueda acompañarte:
¿Desde qué lugar te estás contando hoy lo que te ocurre?
Si quieres profundizar en este enfoque, puedes conocer más sobre Detrás del arcoíris. La Sabiduría: @mundiario