No se puede privar al lenguaje de esa preferencia metafórica con la que se manejan los tiempos a voluntad de quien escribe.
La Garúa publica Cuaderno del que calla, de Francisco José Martínez Morán, un texto sobre la pérdida de la juventud, del asombro, de la dicha con la que se celebran los proyectos de una vida futura, en potencia, asumible. Sin embargo, redactar mi reseña a partir de un lugar común en poesía como el de la pérdida sería caer en un reduccionismo impropio del alcance de los textos de este cuaderno. Aquí la pérdida encuentra su sublimación, un ennoblecimiento, en la propia escritura, una escritura que deja, frente a la sensación de carencia y extravío, la dicha de que la vida prosigue penetrando en lugares nuevos, en su necesidad de hallazgo. La escritura mitiga la sensación de quiebra: "Vuelvo, como si eso significara algo" (pág. 54).
Repetidamente, en los versos de Martínez Morán, se da esa simbiosis entre claridad y lobreguez, entre muda y persistencia, entre las sombras y lo intratable que a veces es la inocencia, asomarse a los recuerdos con la intención de restaurarlos a partir del sesgo de una derrota plomiza, sin sangre, pero lo suficientemente sólida. Todo lo que sucede forma parte de una toma de conciencia en la que lo apabullante puede haber concluido ya; todo lo que se entiende por gozoso, inédito, réplica del asombro y el renuevo. Ahora, aunque Martínez Morán no lo reconozca, queda lo más importante: vivir. Y la escritura del cuaderno es la escritura de una aproximación a la lentitud, a cómo el asedio de lo prosaico ha ido desbaratando lo más importante que se descubre en la pausa, en la quietud, en la calma de esa reflexión que exige referir por escrito el vencimiento, especialmente cuando el paso del tiempo aleja al autor de la inmediatez y la memoria absorbe su lucidez, el centro de las cosas donde gravitan los acontecimientos, esa noción de que solamente es real y vivido lo que sucede ahora, sin la erosión del pretérito ni del porvenir: "Yo siempre miro al suelo, / aunque me gustaría / ser uno con la luz; / no hacerme impacto y sombra; / deberme al giro leve de las nubes; / no haber atado el alma / jamás a tanta carne". (pág. 71).
En esa fijación por las secuelas incurables que el tiempo conlleva al debatirlo o al enfrentarlo, aparece una estructura a la que Martínez Morán recurre para expresar esa sensación de dubitación entre lo que sucedió y lo que queda, o ha de quedar. Lo anecdótico convive con lo metafísico. La depuración formal de algunos versos se sumerge en la filosofía de aseveraciones donde los tópicos clásicos del barroco literario se ofrecen al lector con la intención de que la preocupación individual no tiene razón de ser si no es un síntoma colectivo. Algo que Brines hace también con maestría: "Con el primer café de la mañana también la sensación / de estar perdido. / Siempre la claridad conlleva sombras". (pág. 43).
Lo que brinda la luz fue nuevo y reciente. Lo que brinda ahora es senectud, parquedad, empobrecimiento. Pero ahí también la escritura hace de las suyas, porque no deja de haber restos de lo exultante, de una euforia primigenia, imbatible, precoz: "Al final, nada más que desengaño, / distancia sin futuro, / realidad malsana; / clarísima certeza del error. / Propósito de olvido. recaídas. / Silencio. polvo. Sombras. Zarandajas". (pág. 32).
La porquería, la enfermedad, la broza o la demolición albergan el aura de las ruinas, intocable, reproducción de las lumbres del cielo. Lo esencial permanece. Lo esencial calla. Y lo que calla se ha revelado finalmente con una escritura que busca necesariamente el asidero de la complicidad con el otro, con los otros, esos que pueden llegar a entender que el miedo atenúa cualquier visión patética y exaltada de la existencia: "Porque nunca ha consistido en otra cosa. Ha sido siempre un juego enfermizo ese en el que yo tenía la esperanza de ser otro". (pág. 47). La escritura no va a morir en el oprobio que el tiempo inflige sobre ella, en la acción misma del oprobio, aunque lo parezca. Sobrevive y le queda aún mucho por conocer: el duelo y la miseria, entre otras cosas, nombra el propio autor en uno de sus versos.
Cuaderno del que calla es una ofrenda de lo que no se puede verbalizar. No se sabe cómo. No se sabe cuándo. Ni dónde. Pero está ahí, en el centro, cohabitando con los recuerdos, con los fantasmas, con unos vestigios de luz mientras se amaba. Con la periferia. El carpe diem es una trampa. Y el vanitas vanitatum, un síntoma de orgullo pernicioso. No merecemos tanto, ni merecemos tan poco: "Qué sucia necedad en el fracaso; / qué desperdicio el labio hecho silencio" (pág. 63). Entrad, entrad al cuaderno, de una vez. No se disiparán las dudas, porque es pronto todavía. Siempre es pronto para la escritura. Pero al menos quedará la sensación de que el miedo a perder es una experiencia colectiva: "Con cuantísima muerte a las espaldas / pisamos por primera vez el mundo". (pág. 53). @mundiario