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Vanguardia 25 Apr, 2026 05:00

La Feria, mi feria, nuestra feria...

Las ferias a las que acudí en mi niñez me recuerdan los carruseles, en ellos se podía montar sobre el lomo de una jirafa, de un changuito, de un tigre y darle vuelo a la imaginación nomás cerrando los ojos. Yo me sentía princesa y reía. Tan bonita que es la infancia, sobre todo cuando se tiene una mamá que no solo se preocupa sino que se ocupa de educar y formar personas nobles y responsables. Siempre estaré en deuda con doña Rosario, fue una mamá fuera de serie. Cuando llegaban las ferias al puerto era obligado ir a los juegos mecánicos, escuchar a la banda interpretar música de don Agustín Ramírez, autor, entre otras, de la melodía Acapulqueña. Jugar a la lotería, reírse con los payasos, tomarse fotos, saborear un raspado bañado con mermelada de coco, de vainilla, de granada, de limón o de naranja. Los juegos mecánicos atraían filas de gente que se subía a las sillas voladoras, a la rueda de la fortuna, a la montaña rusa.

Los comerciantes hacían su agosto, se vendían juguetes, dulces, chocolates, muñecas de trapo y de las otras, también mandiles, vestidos, pantalones, camisas, shorts, carpetitas para la sala, colchas y sábanas de puritito algodón. Nunca faltaba el vendedor de libros, usados y nuevos, cuando fui mayorcita me convertí en una de sus compradoras, mi amor por la lectura ahí se daba vuelo.

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