En España, la crisis de vivienda no solo se mide en precios imposibles o en salarios que no alcanzan. También se refleja en la forma en la que el mercado se reinventa para seguir generando rentabilidad. En los últimos cinco años, el llamado flex living ha pasado de ser un formato marginal a convertirse en un negocio consolidado, con más de 17.000 unidades operativas y previsiones que apuntan a superar las 37.000 camas en 2028.
La fórmula es sencilla y, al mismo tiempo, reveladora. Se trata de alojamientos amueblados, con contratos flexibles y servicios incluidos como limpieza, lavandería o mantenimiento. Es decir, una vivienda con lógica de hotel. La diferencia es que aquí no se paga por noche, sino por semanas o meses. La estancia media se mueve entre seis y nueve meses, lo suficiente para atraer a trabajadores desplazados, estudiantes, nómadas digitales o personas que necesitan un techo temporal por reformas o separaciones.
El problema es que esta solución nace, en parte, porque el alquiler convencional está roto.
Una inversión que sigue el olor del dinero
Según datos del sector, desde 2020 se han invertido más de 3.500 millones de euros en este mercado. Grandes actores como BlackRock, JP Morgan o incluso Banco Santander ya han entrado en el modelo, atraídos por retornos superiores al alquiler tradicional. Las consultoras inmobiliarias hablan de rentabilidades del 5% en zonas prime y de cifras cercanas al 7% en Madrid cuando los activos están estabilizados.
Este interés no es casual. Para los fondos, el flex living ofrece varias ventajas. Permite concentrar grandes inversiones en un solo edificio, operar de forma profesionalizada y utilizar suelos terciarios más baratos, pensados originalmente para oficinas u hoteles. De hecho, muchas operaciones se apoyan en la reconversión de edificios corporativos que han quedado obsoletos tras la expansión del teletrabajo.
Así, el capital no solo compra ladrillo, compra una máquina de ingresos constante, con ocupaciones que rondan el 95%. Un porcentaje que deja clara una cosa, hay demanda y no precisamente pequeña.
Madrid como epicentro de una nueva forma de alquiler
Madrid absorbe alrededor del 65% del mercado, con zonas como Valdebebas o Sanchinarro liderando la expansión. Valencia, Málaga y Barcelona completan el mapa. No es difícil entender por qué. Son ciudades con fuerte actividad empresarial y turística, donde los flujos de personas son constantes y el alojamiento se ha convertido en un bien estratégico.
El flex living más barato parte de los 900 euros mensuales. Las tarifas medias oscilan entre 1.000 euros para estudios y 1.600 euros para viviendas de dos dormitorios. La cifra no es menor, sobre todo si se compara con el alquiler tradicional, que sería más bajo sin servicios añadidos. El mercado vende comodidad, pero esa comodidad tiene precio.
El coliving, por su parte, reproduce el modelo del piso compartido, pero maquillado con estética premium y zonas comunes que prometen comunidad. Habitaciones entre 700 y 1.250 euros, ocupaciones cercanas al 99% y listas de espera habituales. No es una moda, es un síntoma.
Cuando la flexibilidad se parece demasiado a la inseguridad
Es cierto que este modelo puede aliviar parte de la presión del alquiler tradicional, porque capta a quienes buscan estancias temporales. Sin embargo, también normaliza una idea peligrosa, que vivir con contratos cortos y precios elevados sea lo natural.
El flex living se presenta como modernidad, pero a veces se parece más a una sala de espera permanente. Una vivienda debería ser una base para construir un proyecto de vida, no un servicio de suscripción con fecha de caducidad. Y si cada vez más gente acepta esto, no es por elección, sino porque el mercado ha convertido la estabilidad en un lujo.
España necesita regulación clara, límites razonables y más vivienda pública y asequible. Porque cuando la vivienda se gestiona como un hotel, la ciudad deja de ser un hogar y se convierte en un escaparate. @mundiario