Pronunciar un elogio fúnebre ya es bastante difícil. Ahora imagina hacerlo ante unos 2,5 millardos de personas.
Esta fue la surrealista tarea que recayó sobre Charles Spencer, hermano menor de Diana, la princesa de Gales, luego de que ella muriera en un accidente automovilístico a los 36 años en el verano de 1997. Su chofer, que había estado intentando evadir a los paparazzi, murió en el lugar de los hechos, junto con el novio de ella, Dodi Fayed.
En un discurso transmitido desde la Abadía de Westminster, Spencer reprendió a la prensa, cuya persecución había llevado al fallecimiento de Diana, y aprovechó para lanzar una crítica a la familia real que, entre otras indignidades, la había despojado de su título. “Una niña que recibió el nombre de la antigua diosa de la caza”, señaló, “fue, al final, la persona más cazada de la era moderna”.
Los aplausos que siguieron comenzaron afuera, entre las masas cuya adoración la había llevado a ser consagrada como “la princesa del pueblo”. Los aplausos, al principio dispersos, comenzaron a extenderse hasta convertirse en un muro de sonido que entró en la abadía, subió por los techos abovedados y llegó a las salas de estar de todo el mundo.
Ahora, casi 30 años después, llega la coda: las elegantes y reprobatorias memorias de Spencer, El canto del cisne. Diana, mi hermana. En el ínterin, con un título en historia de Oxford, se convirtió en periodista a tiempo parcial y escribió nueve libros de no ficción, como si buscara establecer un estándar de veracidad que se había ignorado en la “cobertura” de su hermana.
Ninguno de los padres de Spencer vivió más de 70 años, y a los 62 él siente que es ahora o nunca. “Este es el trabajo que realmente me importa”, escribe.
El título alude no solo a su propio fatalismo, sino a los cisnes negros que eran los favoritos de Diana en un juego de mesa que jugaban de niños. Una bandada de ellos sobrevuela ahora, como un lamento, la isla donde ella está enterrada.
El canto del cisne resulta más conmovedor como una postal de la habitación infantil que compartían los hermanos, donde su vínculo se consolidó después de que el matrimonio de sus padres se disolviera a finales de la década de 1960. (Dos hermanas mayores, Sarah y Jane, ya se habían ido de la casa). Él la llamaba “Duch”. Ella lo llamaba “Carlos”. Él aún recuerda “el chirrido de nuestro descenso” mientras se deslizaban, desafiando las reglas de la casa, por el bien pulido pasamanos de madera de Park House.
Su crianza fue típica de las familias de la alta sociedad: un abandono propio de una vida privilegiada. Tuvieron buenas niñeras y otras muy malas, una de las cuales les golpeaba la cabeza entre sí o contra una pared de concreto. Spencer escribió sobre otros abusos en sus memorias de 2024, A Very Private School (como era costumbre en su clase social, a los 8 años lo enviaron a un internado, donde fue muy infeliz). Pero, en contra de lo que se ha informado, escribe que su padre, John, octavo conde de Spencer, era un hombre amable, aunque tradicional y tacaño: para el séptimo cumpleaños de Diana contrató un camello llamado Bert y los llevaba a comer helado a la playa de Brancaster.
El matrimonio de sus padres se fue resquebrajando inexorablemente tras la muerte de su primer hijo, que nació con un orificio en la parte posterior de la cabeza y otras malformaciones, posiblemente a causa de un medicamento similar a la talidomida. Frances, la madre de los niños, dejó a John por Peter Shand Kydd después de enamorarse de él durante un viaje de esquí. Diana, que se consideraba a sí misma una tercera hija decepcionante, quedó marcada para siempre por la pérdida y asumió ella misma un papel maternal: por las noches corría las cortinas para protegerlos de la oscuridad y se aseguraba de que su “Carlos” estuviera bien en el jardín de niños.
A diferencia de la tímida joven que se mordía el labio en The Crown, en el relato de Spencer Diana es una mujer arrojada y atlética, que se lanza a la piscina de la familia desde un tobogán alto y que una vez empujó por una escalera alfombrada a su odiada madrastra, Raine, como un personaje de Dinastía. En una de sus salidas a pescar langostas, mientras los demás se acobardaban, Diana mató a un congrio de 1,2 metros de largo con un rápido golpe de navaja detrás de los ojos.
Su hermano también usa su pluma para asestar una serie de golpes a su antigua familia política. Andrew Mountbatten-Windsor, quien fue despojado de su título de príncipe tras su asociación con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, aparece de adolescente esbozando una sonrisa burlona cuando un sacerdote menciona “el vientre de la Virgen”. La princesa Ana es presentada simplemente como grosera, al rechazar sus intentos adolescentes de entablar una conversación trivial. El príncipe Carlos se muestra tacaño cuando Diana intenta darle a su hermano algunos artículos domésticos sin usar que llevan el apellido que comparten, y más tarde busca estar en el centro del cortejo fúnebre de su exesposa, de 3,2 kilómetros. (No lo logró). “Puedes estar seguro”, le espeta a Spencer mientras hablan de los preparativos del funeral. “Pronto la olvidaremos”.
Pues… no.
Incluso con toda su amargura hacia quienes se comportaron mal, como el engañoso Martin Bashir, quien entrevistó a Diana, este es un libro lírico que se deleita en momentos del absurdo británico. Un miembro del séquito del príncipe Carlos balbucea “¡Soy un árbol!”, al más puro estilo de Monty Python, mientras intenta pasar desapercibido durante el entierro de Diana. En otra parte, Spencer parece divertirse con los nombres de las doncellas, tan inevitablemente evocadores —¿Violet Collison?—, y recuerda haber pensado que su madre estaba declarando que estaba enloqueciendo cuando en realidad simplemente estaba anunciando que iba al baño con el término “potty” (que en inglés alude a las necesidades fisiológicas, pero también se usa para decir que alguien se está volviendo loco).
Esta es la obra de un hombre que se ha resignado, pero no se ha dado por vencido.