La propuesta del empresario indio Anant Ambani de trasladar decenas de hipopótamos desde Colombia hasta la India ha irrumpido como una aparente solución a un problema que lleva años sin resolverse: el control de la población de estos animales introducidos por Pablo Escobar en los años ochenta.
Sin embargo, detrás del gesto —presentado como humanitario— se despliega una compleja red de implicaciones que cuestionan su viabilidad real.
El origen del conflicto es popular. Lo que comenzó con unos pocos ejemplares en la Hacienda Nápoles ha derivado en una población cercana a los 200 individuos en las cuencas del río Magdalena. Declarados especie invasora, estos hipopótamos alteran ecosistemas locales, compiten con fauna nativa y suponen un riesgo para las comunidades humanas.
Ante la falta de medidas eficaces en el pasado, el Gobierno del presidente Gustavo Petro ha optado por una estrategia más drástica: la eutanasia de parte de la población para frenar su expansión antes de que sea demasiado tarde.
Es en este contexto donde aparece la oferta de Ambani, quien propone acoger hasta 80 ejemplares en su centro de conservación Vantara, en India.
El magnate de 31 años es un destacado empresario y filántropo indio, reconocido principalmente por ser el hijo menor de Mukesh Ambani, presidente del gigante conglomerado Reliance Industries y una de las personas más ricas del mundo.
Su argumento se apoya en una lógica ética: “Son seres vivos y sensibles y, si tenemos la posibilidad de salvarlos mediante una solución segura y humana, tenemos la responsabilidad de intentarlo”. La iniciativa plantea una alternativa a la eliminación directa, pero abre interrogantes sobre su ejecución.
El primer obstáculo es legal. El traslado internacional de fauna silvestre está regulado por la Convención CITES, lo que implica que tanto Colombia como el país receptor deben autorizar la operación. Sin la aprobación bilateral, cualquier movimiento sería considerado tráfico ilegal. Aunque las autoridades colombianas han avanzado en gestiones diplomáticas, el proceso dista de ser inmediato.
A ello se suma la dimensión logística. Capturar, sedar y transportar animales que pueden superar las dos toneladas requiere un despliegue técnico considerable: equipos veterinarios especializados, infraestructura de contención individual y transporte adaptado.
Las estimaciones previas sitúan el coste de una operación de este tipo en torno a un millón de dólares por traslado, sin contar la complejidad operativa de movilizar múltiples ejemplares de forma segura.
Pero incluso si estos obstáculos se superaran, surge una cuestión clave: ¿resolvería realmente el problema? Según los expertos, para contener el crecimiento poblacional sería necesario retirar al menos 30 ejemplares al año de manera sostenida. La propuesta de trasladar 80 animales podría aliviar parcialmente la presión, pero no constituye una solución estructural si no se combina con otras medidas como la esterilización o el control continuo.
Además, existe el debate ecológico. Introducir estos animales en un nuevo entorno, aunque sea un centro de conservación, implica trasladar el problema a otro contexto, con riesgos potenciales para la región y su fauna local si las condiciones no son estrictamente controladas. Aunque instalaciones como Vantara aseguran contar con la infraestructura necesaria, la escala del traslado sigue siendo inédita.
Existe una preocupación real sobre las bacterias y patógenos que estos animales podrían llevar desde los ríos colombianos hacia el ecosistema en India. Vantara ha respondido asegurando que aplicará estrictos protocolos de bioseguridad y un manejo liderado por veterinarios expertos para mitigar este riesgo. @mundiario