Si la ONU abriese una convocatoria para poner al día la Declaración Universal de los Derechos Humanos en estos tormentosos tiempos de soledad e incertidumbre, yo propondría agregar la AMISTAD a los ya consagrados. Considerando que dichas normas tienen como propósito reconocer y proteger la dignidad de la humanidad entera, sería oportuno revalorar el estatus de la amistad como un don natural, libre y espontáneo, generador de un sentido de inclusión y pertenencia.
Volteando hacia atrás en el tiempo, Platón recurre al vocablo “philia” para referirse a la amistad profunda, basada en el respeto, la lealtad y la admiración mutua. Este concepto habría de convertirse más adelante en un ingrediente central de la ética aristotélica, que celebra la conexión y cooperación entre iguales. En forma similar, la fraternidad (del latín “fraternitas”, hermandad) da cuenta del afecto entre hermanos de sangre y, por añadidura, del vínculo de solidaridad entre todos quienes lo comparten entre sí.
La sororidad (de “soror”, hermana) es un término que se ha puesto en boga para reivindicar las luchas feministas por el empoderamiento de las mujeres y en desafío al patriarcado. Por cierto, corresponde a Marcela Lagarde, una antropóloga e intelectual mexicana, el mérito de haber popularizado globalmente este término en su obra “Los cautiverios de las mujeres” (1990).
El valor supremo de la amistad radica en sentirnos valorados y apoyados por aquellos que hemos elegido como acompañantes en el camino. En “Friendship” (2020), la escritora Lydia Denworth argumenta que, al igual que en las relaciones románticas, existe una especie de “química” en las relaciones de amistad, ya que solemos mostrar una reacción positiva hacia aquellos que sabemos que les caemos bien. “Las mejores relaciones –señala– nos hacen sentir bien y son susceptibles de convertirse en una fuente confiable de ayuda y apoyo” (p. 137, mi traducción). Además, al igual que en toda relación humana, las recompensas derivadas de una relación de amistad deben exceder el tiempo y esfuerzo dedicados a esta; de lo contrario, tenderá a languidecer.
La socióloga Sarah Matthews identificó, en los años ochenta, tres diferentes estilos de amistad: INDEPENDIENTE, APRECIATIVO y ADQUISITIVO. El primer estilo es propio de individuos autosuficientes, quienes suelen socializar de manera más bien superficial y, lejos de referirse como amigos a aquellos con quienes se relacionan, los describen como “gente que conozco”. Quienes se encuentran en las filas del estilo apreciativo tienden a desarrollar amistad con unos cuantos amigos y de manera cercana; los lazos así formados se prolongan en el tiempo. Finalmente, quienes conforman el estilo adquisitivo se van haciendo de una gran variedad de amigos en cada una de las etapas de vida. Se muestran abiertos a conocer nuevos amigos sin dejar de cultivar las amistades previas. “Si dejas de hacerte de nuevos amigos –suelen decir–, vas a quedarte solo”.
De acuerdo con Denworth, un grupo de investigadores alemanes se valió recientemente de estas categorías para estudiar las relaciones de amistad de 2 mil adultos de más de 40 años. Descubrieron que el estilo apreciativo es el más común de los tres y el independiente, el menos recurrido. También tomaron nota de que aquellos con mayor nivel educativo tienden a desarrollar más habilidades sociales y, dado su alto poder adquisitivo, se van haciendo de nuevos amigos en las variadas situaciones sociales a las que concurren (viajes de placer y de trabajo, restaurantes, conciertos). Por otro lado, como sería de esperar, aquellos con un estado de salud deficiente suelen retraerse emocionalmente, desatendiendo así a sus amistades.
(Continuará la semana entrante).