Hace unos días, viendo a Borja Sémper en El Hormiguero, tuve una sensación que, siendo sincero, ya no es habitual en España: la de estar escuchando a un político que hablaba como un representante público y no como un activista de trinchera. No fue tanto el contenido —que también— como la forma. El tono. La pausa. La lógica. La ausencia de agresividad. Y eso, que debería ser la base de cualquier democracia madura, se ha convertido en algo casi excepcional.
Aquella intervención me llevó a escribir una reflexión en mi página de Facebook. Un espacio modesto, con algo más de 17.000 seguidores. Sin maquinaria, sin estrategia, sin promoción pagada. Simplemente una opinión sincera sobre lo que había visto y, sobre todo, sobre lo que echamos en falta.
Lo que ocurrió después no fue menor. Ese texto alcanzó cerca de un millón de visualizaciones en apenas unos días, con más de 20.000 interacciones. Compartido miles de veces. Comentado desde todos los ángulos. Y, lo más relevante: con un consenso abrumador en torno a una idea muy concreta.
Los españoles no quieren más enfrentamiento
Y aquí conviene detenerse, porque esto no es una intuición, es un hecho. Cuando un contenido sin estructura mediática, sin altavoz institucional, sin intereses detrás, logra ese nivel de alcance, no estamos ante una casualidad. Estamos ante un síntoma.
Yo siempre lo he dicho: las casualidades no existen. Todo responde a una causa, aunque no siempre la veamos de inmediato. Y en este caso la causa es clara: la sociedad española está mucho más avanzada que su clase política.
Porque mientras los ciudadanos conviven, trabajan, discrepan y siguen adelante, muchos de sus representantes han decidido instalarse en un modelo de confrontación permanente que ya no responde a la realidad social del país.
El Parlamento, que debería ser el espacio donde se articula el debate, se ha convertido en demasiadas ocasiones en un escenario donde se escenifica el conflicto. No se argumenta: se ataca. No se escucha: se interrumpe. No se construye: se destruye.
Y en ese proceso, algo esencial se ha perdido. Se ha perdido el respeto por el adversario. Se ha perdido la conciencia de lo que significa representar a millones de ciudadanos. Se ha perdido, en definitiva, el sentido del honor que debería acompañar a cualquier cargo público.
Porque ser diputado no es un empleo cualquiera. No es un espacio para el lucimiento personal ni para la obediencia ciega al partido. Es una responsabilidad que exige altura, templanza y, sobre todo, sentido de Estado. Sin embargo, la sensación que transmiten muchos de nuestros representantes es justo la contraria.
Se comportan como hooligans
Defienden a los suyos con una lealtad acrítica, atacan a los otros con una agresividad desmedida y convierten el debate político en una sucesión de consignas que poco tienen que ver con la vida real de los ciudadanos.
Y mientras eso ocurre, fuera del Congreso, la sociedad manda señales que parecen no ser escuchadas.
Ese millón de visualizaciones no habla de un político concreto. No habla siquiera de una ideología determinada. Habla de una forma de hacer política que los españoles reconocen como válida, como deseable, como necesaria.
Una política basada en el respeto. Una política basada en la palabra. Una política que entienda que el rival no es un enemigo, sino alguien con quien hay que convivir y, en muchas ocasiones, acordar. Porque la democracia no consiste en aplastar al otro. Consiste en encontrar puntos de encuentro. Y eso es precisamente lo que hoy parece olvidado.
Los ciudadanos no piden unanimidad. No piden que todos piensen igual. Piden algo mucho más razonable: que quienes tienen la responsabilidad de representarles estén a la altura de esa responsabilidad
Que sepan debatir sin insultar. Que sepan discrepar sin deslegitimar. Que sepan gobernar —y oponerse— con la mirada puesta en el conjunto del país y no únicamente en el interés inmediato de su partido, o de su propia persona. Pero, una vez más, la sensación es que los partidos —todos— siguen sin enterarse.
Siguen atrapados en una lógica interna que premia el enfrentamiento y penaliza la moderación. Siguen confundiendo firmeza con estridencia. Siguen creyendo que el ruido sustituye a las soluciones. Y lo cierto es que no. El ruido cansa. El enfrentamiento permanente desgasta. La política convertida en espectáculo termina generando desapego, desafección y, en última instancia, un distanciamiento peligroso entre ciudadanos e instituciones. Por eso lo ocurrido con ese post no es un hecho aislado. Es una advertencia. Una advertencia de que hay una España silenciosa, transversal, que no grita pero que observa. Que no milita, pero que opina. Que no ocupa escaños, pero que vota.
Y esa España está empezando a cansarse. Está empezando a exigir algo tan básico como que sus representantes recuerden para qué están ahí. Porque conviene no olvidarlo: los parlamentarios no están en el Congreso por derecho propio. Están porque los ciudadanos les han dado su confianza. Y esa confianza no es un cheque en blanco.
Es una responsabilidad. Una obligación. Un compromiso con el interés general. Si quienes hoy ocupan esos escaños no son capaces de entender algo tan elemental, si siguen instalados en esa dinámica de confrontación estéril, si continúan actuando como si el Parlamento fuera un plató y no la sede de la soberanía nacional, la conclusión es inevitable.Que den un paso a un lado. Que vuelvan a casa. Porque España no necesita más ruido.España necesita política. Y política, en su sentido más noble, significa exactamente eso que hoy parece olvidado: parlamentar. @mundiario