nullRoberto Mendoza
En México no pueden coexistir dos formas reales de poder. O hay presidencialismo: donde la titular del Ejecutivo gobierna y decide. O caudillismo: donde el poder efectivo se ejerce fuera del cargo formal, en Palenque. Uno es verdadero y el otro no existe. ¿Cuál de los dos está funcionando? Los hechos recientes permiten leer dos rutas: Claudia Sheinbaum enfrenta una crisis internacional tras las acusaciones en Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, en cuestión de horas, el gobernador solicita licencia junto con el alcalde de Culiacán; al mismo tiempo, se reacomoda la dirigencia de Morena. Es la lógica del presidencialismo: control de daños, disciplina política, decisión desde el centro institucional.
Pero hay otra lectura. Rocha no es un actor cualquiera: su trayectoria política está directamente vinculada a Andrés Manuel López Obrador, él lo puso en la gubernatura. Un día después de que estallara la crisis, Sheinbaum viaja a Palenque, el lugar donde reside el expresidente. Horas después, caen las licencias. Y en paralelo, el partido se reordena. No hay prueba documental de coordinación, pero la acumulación de coincidencias construye una hipótesis política inevitable: que las decisiones no se tomaron en el despacho presidencial, sino lejos, en “La Chingada”.
El problema es estratégico. México enfrenta presión directa desde Estados Unidos en materia de seguridad y soberanía. La ambigüedad sobre dónde reside el poder no es un matiz: es una vulnerabilidad. Porque frente al exterior hay poco espacio para ficciones. El poder puede parecer dividido, pero no lo está. Puede simularse en dos planos, pero solo uno es real. En medio de esta crisis, Uno está ocurriendo. El otro, simplemente, es política ficción.