nullBruno Casalini
El llamado “plan B” de la reforma electoral no es un ajuste técnico: es un nuevo pisotón al federalismo y a las reglas democráticas.
Bajo el argumento de homologar criterios, se vuelve a imponer desde el centro una lógica que ignora las realidades locales. Se legisla como si todos los estados fueran iguales, como si el país no estuviera construido sobre la diversidad institucional y política de sus entidades.
En el caso de Querétaro, la reforma ni siquiera representa un avance. Nuestro estado ya cumple con los estándares que hoy se pretenden imponer. Aquí hemos construido reglas claras, instituciones confiables y procesos electorales que han dado certeza a la ciudadanía. Lo que para otros puede ser novedad, para Querétaro es piso mínimo desde hace años.
Pero el problema de fondo es aún peor. Lo verdaderamente preocupante es la distorsión que introduce en la equidad de la contienda. Permitir que quien encabeza el Poder Ejecutivo pueda hacer campaña desde el cargo rompe un principio básico de cualquier democracia: la cancha pareja.
Cuando el poder se convierte en herramienta electoral, la competencia deja de ser justa y la confianza ciudadana se erosiona. No se trata de quién gane una elección, sino de cómo se gana.
México no necesita elecciones más controladas desde el centro, sino más libres, más equitativas y más respetuosas de su diversidad.
Porque cuando se debilita el federalismo, no solo pierden los estados: pierde la democracia.