PUEBLA, Pue., 12 de febrero de 2026.- Josefa tiene más de 40 años con lupus eritematoso sistémico (LES), una enfermedad autoinmune. Cuando llegó la pandemia por COVID-19, enfermó cuatro veces y nunca se vacunó. Esa fue la recomendación que le dieron años atrás amigos doctores, pues ella es enfermera jubilada de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
Fue el 15 de marzo de 2020 cuando los estudiantes dejaron de acudir a la escuela de manera presencial como medida ante el coronavirus. Durante la pandemia, según datos de la Secretaría de Salud federal, del 29 de marzo de 2020 al 9 de mayo de 2023 se registraron 16 mil 804 muertes, lo que equivale a 14 defunciones diarias, y 225 mil 467 contagios.
En el caso de Josefa, le dio COVID por primera vez en marzo de 2021, cuando tenía 70 años. En ese momento vivía con su nieta. Además, su hijo mayor y su nuera también estaban contagiados de la enfermedad.
El lupus, por sí solo, le provoca inflamación en todas sus articulaciones. También se le inflaman los tobillos y en el cuello se le forman unas “bolitas” que a veces no la dejan respirar bien. Es un padecimiento en el que el sistema inmunitario destaca por atacar a las células y tejidos sanos.
Cuando le dio COVID por primera vez, la fatiga general que Josefa ya experimentaba por el lupus aumentó. Presentó los síntomas típicos, como pérdida de olfato y de apetito. También sintió el pulso muy lento, un fuerte dolor en el pecho, pérdida de peso y fiebre. Además, la inflamación articular, así como la hinchazón en los tobillos y en el cuello, se agudizó.
Josefa le apostó a comer mucha proteína
“Yo le aposté a la comida. Y, gracias a comida hiperproteica, que era un día carne, otro día pescado, otro día pollo, todos los días eran proteínas”, recordó Josefa en entrevista para Quadratín Puebla.
Pero Josefa no solo cocinaba para ella, sino también para su nieta, su hijo y su nuera. Pese al dolor, se levantaba todos los días para preparar hasta tres guisados diferentes, hacía té caliente y llenaba canastas de toppers para darlos a su familia.
Aunque había confinamiento por la pandemia, Josefa nunca dejó de salir. A veces usaba el servicio a domicilio, pero en algunas ocasiones era inevitable, entonces se colocaba doble cubrebocas y se lavaba las manos hasta 10 veces al día. Todos los alimentos eran estrictamente sanitizados. Al entrar, llenaba un tapete con cloro y se cambiaba la ropa que había usado en la calle para evitar el mínimo contagio.
Su tratamiento se basó en tomar ivermectina y azitromicina, dos medicamentos que actualmente la evidencia científica demuestra que no son efectivos contra el coronavirus, pero que en ese momento de la pandemia corría el rumor de que eran recomendados para la enfermedad.
Posiblemente el virus del coronavirus no había mutado tanto y no era tan letal como más adelante lo fue, o simplemente la clave estaba en el descanso y la comida. Pero a Josefa le fue eficaz el tratamiento las cuatro veces que le dio COVID.
El día más triste
Josefa recordó que uno de los momentos más tristes de la pandemia fue cuando murió su consuegro. Él fue atendido en el Hospital Universitario de la BUAP y, pese a que reconoce que era de los mejores nosocomios que atendían la enfermedad, fue muy triste verlo entrar y jamás verlo salir, más que en cenizas.
“Todos los días iba y le escribía cartitas (su nuera) y él le contestaba (a su consuegro)”, comentó con tristeza.
Josefa estuvo acompañando a su nuera en todo el proceso. En una ocasión, un amigo del trabajo la reconoció y, como trabajaba en una funeraria, le mostró los cuerpos apilados de pacientes que perdieron la batalla contra el coronavirus.
“Me abrió la puerta. Estaban apilados. Digan lo que digan, porque yo lo vi. Ese día no dormí”, agregó.
Para ella, una de las cosas más duras de la época de pandemia fue que estaban prohibidos los abrazos. Josefa explica que las relaciones humanas eran esenciales y se dejaron de lado.
“Cuenta mucho el abrazo. El ‘aquí estoy, papá’. El entrar, aunque sea contagioso, porque me acuerdo de los tuberculosos de mi pueblo. Aunque las flemas, el estreptococo, ahí en el aire, la gente entraba y los abrazaba”.
Las secuelas del COVID
Josefa, a pesar de todo, salió adelante. Aunque a veces la tristeza la inundaba, la olvidaba cantando, viendo la tele, recordando momentos felices y con mucha resiliencia vive su vida normal.
Sus síntomas del lupus se agudizaron después del COVID y por temporadas la tumban en la cama. La tristeza tardó en irse, pero un día la olvidó. Actualmente sigue guisando para su familia y en ocasiones opta por comprar la comida. Pinta, realiza miniaturas, lee, pasea con sus amigas y a veces solo ve la tele.
La importancia de la vacunación contra el COVID
Distintas organizaciones, como el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), recomiendan la vacunación en personas con lupus. En general, la vacunación contra el coronavirus fue esencial para generar inmunidad en la población y lograr que los casos de la enfermedad descendieran.
En diciembre de 2021, el gobierno estatal informó que 4 millones 26 mil 942 personas en Puebla habían recibido al menos una dosis de la vacuna contra COVID-19 y que 3 millones 317 mil 170 tenían el esquema completo de vacunación.
Actualmente, las defunciones por la enfermedad han disminuido considerablemente, pues en 2025 solo se registraron 17 muertes. Ahora, en la temporada invernal, la CDC recomienda que, así como la influenza, se aplique una vacuna contra el COVID como refuerzo ante el incremento de casos por la época de frío.
La entrada Cuatro veces con COVID y con lupus: la historia de resistencia de Josefa se publicó primero en Quadratín Puebla.