La política española lleva años instalada en una paradoja permanente: las elecciones autonómicas y municipales parecen decisivas durante la campaña, pero apenas alteran la arquitectura del poder nacional cuando se cierran las urnas. Andalucía vuelve a confirmarlo. El Partido Popular gana, Juan Manuel Moreno mantiene su hegemonía relativa, pero pierde la comodidad de la mayoría absoluta y regresa a una dependencia de Vox que el presidente andaluz había intentado diluir durante toda la legislatura. Al mismo tiempo, el PSOE cosecha un resultado devastador y emerge un espacio andalucista de izquierdas que introduce nuevas variables en el tablero político del sur.
Sin embargo, la verdadera lectura política probablemente no esté en Sevilla, sino en Madrid. Porque lo más significativo de esta noche electoral no es tanto el retroceso socialista en Andalucía —que ya aparecía anticipado en todas las encuestas— como la certeza de que Pedro Sánchez no modificará un milímetro su estrategia política. Ni adelanto electoral, ni gran remodelación del Gobierno, ni rectificación de fondo. El mensaje que transmite La Moncloa es cristalino: la legislatura llegará hasta 2027 salvo catástrofe parlamentaria.
Esa decisión puede interpretarse de dos maneras. Sus partidarios sostendrán que un presidente del Gobierno no debe gobernar al ritmo de cada derrota autonómica y que la estabilidad institucional exige separar los ciclos territoriales de la política nacional. Argumentarán además que el PSOE sigue atrapado en una crisis estructural en muchas comunidades autónomas que no se resolvería con un cambio de ministros o una convocatoria precipitada de elecciones generales.
El nuevo escenario andaluz cuestiona la estabilidad del bloque conservador y agrava la crisis territorial del PSOE. Sánchez transmite que la legislatura nacional seguirá intacta pese al deterioro electoral socialista
Pero sus críticos ven algo muy distinto: un presidente cada vez más concentrado en su supervivencia personal y cada vez menos preocupado por el deterioro territorial de su partido. La sensación, muy extendida entre sectores socialistas, es que Ferraz ha asumido ya que el PSOE puede seguir perdiendo poder autonómico y municipal mientras Sánchez conserve una mayoría suficiente en el Congreso para sostenerse en La Moncloa. Una lógica defensiva, casi presidencialista, donde el partido pasa a ser instrumento de resistencia del líder y no al revés.
Ahí reside probablemente el principal problema político para el socialismo español. Porque Andalucía no es una federación cualquiera. Durante décadas fue el gran depósito electoral y simbólico del PSOE. Perder allí no solo implica ceder poder institucional; implica también perder parte de la identidad histórica de la izquierda española. Y si además esa caída se produce sin reacción visible desde la dirección federal, el mensaje que reciben muchos cuadros territoriales es demoledor: cada federación deberá arreglar sola su supervivencia.
El caso de María Jesús Montero añade todavía más tensión. La exvicepresidenta representa uno de los perfiles políticos más relevantes del Gobierno y, al mismo tiempo, uno de los rostros más vinculados al sanchismo. Su mal resultado no se interpreta únicamente como una derrota andaluza, sino como un fracaso estratégico del núcleo duro presidencial. Sin embargo, incluso en ese escenario, cuesta imaginar movimientos profundos en el Ejecutivo. Sánchez ha demostrado durante años una enorme capacidad para resistir el desgaste político y una tendencia casi obsesiva a no transmitir jamás sensación de repliegue.
Esa fortaleza táctica es, a la vez, su principal activo y su principal riesgo. Le ha permitido sobrevivir a derrotas municipales, crisis internas, amnistías polémicas, pactos controvertidos y pronósticos de caída inminente. Pero también ha consolidado la imagen de un liderazgo impermeable al coste político acumulado. En ese contexto, mantener a ministros cuestionados o evitar cambios relevantes puede interpretarse como estabilidad… o como desconexión.
Mientras tanto, Andalucía entra en una nueva fase política. Moreno Bonilla pierde parte del relato de centralidad moderada que había construido desde la mayoría absoluta. Vox recupera capacidad de influencia y la izquierda intenta reorganizarse sobre nuevas bases, incluyendo un andalucismo progresista que busca ocupar espacios abandonados por el PSOE tradicional. El viejo bipartidismo andaluz ya no existe. Y quizá tampoco exista ya aquella relación sentimental entre el socialismo español y Andalucía que durante décadas parecía indestructible.
La gran incógnita es si esa erosión territorial acabará teniendo consecuencias nacionales reales. Sánchez parece convencido de que no. Cree que la batalla decisiva seguirá librándose en el Congreso y no en los parlamentos autonómicos. Puede que tenga razón a corto plazo. Pero la historia política española demuestra que los partidos que pierden arraigo territorial durante demasiado tiempo terminan debilitándose también en Madrid. Por eso Andalucía no es solo una derrota regional ni un ajuste de equilibrios parlamentarios. Es también un espejo incómodo para todos: para el PP, que vuelve a necesitar a Vox; para la izquierda alternativa, que aún busca un espacio estable; y sobre todo para un PSOE que corre el riesgo de acostumbrarse demasiado a perder territorios mientras conserva el poder central. @mundiario