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AM 18 May, 2026 06:00

La científica 

Jesús Silva-Herzog Opinión

Claudia Sheinbaum ha sido la única graduada en ciencias que ha llegado a la presidencia de México. Obtuvo un doctorado e hizo carrera académica durante varios años. No era absurdo esperar que esa formación dejara en ella sobriedad y rigor. Algunos admiradores la llegaron a comparar con la canciller alemana Angela Merkel, de quien se dijo que aplicó el método científico como proceso de gobierno. Le importaba la evidencia, se rodeaba de expertos, no llegaba a la conclusión antes de explorar la vastedad de las alternativas. La científica mexicana no incorpora en lo más mínimo su experiencia académica y profesional a la práctica de gobernar. Si en algún momento proyectó imagen de seriedad por su contención y disciplina, hoy queda en evidencia que su administración da tumbos entre las deudas que se siente obligada en pagar, los compadres que la acompañan, los dogmas a los que sigue aferrada y las ocurrencias con las que sale al paso de las emergencias. La imagen de autoridad que proyectaba al principio de su gobierno ha quedado en ruinas. 

En su sentido más elemental, la ciencia exige desconfianza: desconfianza del conocimiento heredado, desconfianza del prejuicio propio, desconfianza en la intuición, desconfianza en todo lo que no descansa en demostración. La disposición intelectual de Sheinbaum es exactamente la contraria: fidelidad sectaria. Lealtad ciega al patriarca y repetición acrítica de un ideario hecho de consignas. 

Devota del continuismo, Sheinbaum no ha estado dispuesta a escuchar más que a los afines. Pensemos en la reforma con la que inició su gobierno, la reforma que definirá su legado. Impulsó el cambio constitucional más trascendente y más pernicioso del último siglo sin escuchar las voces discrepantes. La científica repetía los lemas del apóstol como si fueran demostraciones. No convocó a una sola reunión con los discrepantes, no tomó en consideración ninguna de sus ideas ni de sus advertencias. La científica aceleró el paso sin disponerse a dudar. ¿Qué seriedad puede haber en una presidenta que cierra los ojos a la montaña de evidencia que la refuta? ¿Qué queda de una científica que desprecia el método de la verificación y se entrega por completo a la servidumbre de la palabra revelada? 

Los asuntos más delicados para el país son tratados con una mezcla de negación e improvisación. Sheinbaum nos dice, por ejemplo, que la relación entre México y Estados Unidos va muy bien. Que apenas hay tensiones ordinarias en una relación compleja. Pero la presidenta no solamente niega la gravedad de una crisis como la que no hemos visto en más de medio siglo, toma decisiones que le restan capacidad para enfrentar el desafío. En el momento en que se necesita interlocutores fuertes y capaces, el gobierno los debilita. El nuevo canciller tendrá que probar su capacidad de diálogo. La violación de las normas diplomáticas elementales cancela los canales de comunicación cuando más se necesitan. Se anunció el nombramiento de un embajador antes de tiempo, lo cual anula la capacidad de comunicación del embajador saliente. El nuevo representante no parece tener la preparación diplomática ni las relaciones políticas necesarias para el puesto que se le ha dado. 

La semana pasada, con el relevo del director de Pemex, la presidenta dio otra muestra de su falta de seriedad. Nombró a un amigo, a un colega del Instituto de Ingeniería de la UNAM para dirigir a una empresa gigantesca que vive una situación crítica. No tenía ninguna experiencia que hiciera probable su éxito. Pero era amigo de la presidenta y había publicado artículos con ella. Peor aún, la presidenta confesó que el amigo le impuso condiciones: solamente encabezaría la petrolera durante un año. Un hombre sin experiencia es invitado a dirigir la empresa más grande del país. En el momento en que podría llegar a entender la empresa, dejaría el puesto. El capricho y la irresponsabilidad la muestran de cuerpo entero.  

Aunque cuelguen sus títulos en su oficina, en Palacio Nacional no gobierna una científica sino una política que en lugar de razones ofrece consignas, que se desentiende de las evidencias en el momento en que le estorban y que prefiere la certeza del dogma a la exigencia de la prueba.

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