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Mundiario 19 May, 2026 03:39

Al PSOE (con o sin Sánchez) ya solo le queda echar mano de lo que significó Felipe González

La imputación del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo vinculados al rescate público de Plus Ultra Líneas Aéreas ha provocado mucho más que un terremoto judicial. Ha abierto una grieta emocional, ideológica y política en el corazón del socialismo español. Y, sobre todo, ha devuelto al primer plano una pregunta que llevaba años latente dentro y fuera del PSOE: quién puede devolver hoy la sensación de estabilidad, centralidad y sentido institucional a una parte del electorado progresista que observa con creciente desconcierto el deterioro del clima político español.

Para muchos votantes socialistas, la respuesta vuelve inevitablemente hacia Felipe González. No porque represente una solución mágica ni porque pueda regresar a la política activa, sino porque simboliza algo que el PSOE parece haber ido perdiendo progresivamente: una idea reconocible de Estado, de moderación democrática y de socialdemocracia europeísta capaz de combinar reformas profundas con respeto institucional.

La paradoja es evidente. Durante años, el sanchismo convirtió a Zapatero en su gran referente moral y estratégico. Mientras González se alejaba públicamente de la dirección socialista y criticaba los pactos parlamentarios del Gobierno, Zapatero se consolidaba como interlocutor privilegiado con el independentismo, consejero político permanente y activo electoral fundamental de Pedro Sánchez. El expresidente leonés no era un jubilado político: era parte activa del engranaje del poder.

Por eso, la investigación abierta por el juez José Luis Calama no golpea únicamente a una persona. Cuestiona una cultura política, una forma de entender el ejercicio del poder y una narrativa construida durante años alrededor de la idea de regeneración democrática frente a la vieja política. El problema para Sánchez no es solo judicial. Es simbólico. La imagen de uno de sus principales apoyos políticos entrando en una investigación por presunta corrupción erosiona el relato ético que el PSOE llevaba años utilizando frente a la derecha.

Felipe González sigue siendo una referencia moral para una parte del electorado socialista desorientado

Es precisamente ahí donde reaparece la figura de Felipe González. A sus 84 años, sigue siendo para millones de españoles –también para muchos votantes desencantados del PSOE– el dirigente que pilotó la modernización definitiva de España, consolidó el Estado del bienestar, impulsó la sanidad y la educación universales y ancló el país en Europa. Pero, más allá de su legado histórico, lo que hoy adquieren relevancia son los valores que ha defendido de forma constante en sus intervenciones públicas y artículos: defensa de la Constitución de 1978, separación de poderes, centralidad política, pluralismo democrático y europeísmo.

Frente a la lógica de bloques y a la creciente polarización, González ha insistido reiteradamente en la necesidad de preservar consensos básicos de convivencia institucional. Ha criticado los pactos que, a su juicio, subordinan la estabilidad constitucional a intereses tácticos de supervivencia parlamentaria. Y ha advertido sobre los riesgos de convertir la política española en una confrontación permanente entre legitimidades excluyentes.

Cartel electoral del PSOE en 1982, año en el que Felipe González alcanzó una mayoría absoluta con 202 diputados. / Mundiario Cartel electoral del PSOE en 1982, año en el que Felipe González alcanzó una mayoría absoluta con 202 diputados. / Mundiario

Un futuro distinto pero sin perder de vista los referentes

Durante mucho tiempo, esas posiciones fueron vistas por amplios sectores de la izquierda como síntomas de desconexión generacional o como resistencia al nuevo ciclo político abierto por Sánchez. Sin embargo, la crisis provocada por el caso Zapatero está modificando parcialmente esa percepción. La sensación de desgaste institucional y agotamiento moral lleva a parte del electorado socialista a mirar a un futuro distinto –ahí están Illa o Madina –, sin perder de vista referentes asociados a la estabilidad y la credibilidad internacional.

Eso no significa idealizar el pasado ni olvidar las sombras que también acompañaron a los gobiernos de González. La corrupción, los GAL o determinados excesos del poder marcaron igualmente aquella etapa. Pero incluso muchos críticos reconocen que existía entonces una conciencia más clara de los límites institucionales y del valor estratégico de la centralidad política.

La crisis provocada por el caso Plus Ultra acelera el choque entre el PSOE histórico y el modelo político construido por Sánchez

El PSOE, derrotado en Andalucía y en los juzgados, afronta ahora una situación extremadamente delicada. El Gobierno intenta transmitir serenidad y reivindica la presunción de inocencia de Zapatero. La dirección socialista insiste en que la investigación responde parcialmente a una ofensiva política y judicial impulsada por sectores conservadores y amplificada por la oposición. Pero el impacto ya es profundo. Las imágenes de registros policiales y las informaciones sobre sociedades vinculadas al entorno del expresidente alimentan una percepción de deterioro que trasciende la propia causa judicial.

Mientras tanto, el PP aprovecha el momento para intensificar la presión sobre Sánchez. Miguel Tellado y Alicia García han convertido el caso en eje central de su ofensiva política. Pero la oposición tampoco tiene completamente despejado el terreno. Alberto Núñez Feijóo sabe que una estrategia excesivamente agresiva podría reforzar el victimismo del Gobierno y reactivar la lógica de bloques que tanto beneficia electoralmente a Sánchez.

Una crisis que va mucho más allá de una imputación

La cuestión de fondo, sin embargo, es otra. El socialismo español atraviesa una crisis de identidad que va mucho más allá de un procedimiento judicial. La imputación de Zapatero acelera el choque entre dos almas del PSOE: la que prioriza la gobernabilidad a cualquier precio y la que sigue creyendo que la socialdemocracia solo puede sostenerse desde la credibilidad institucional, la moderación y el respeto a ciertos consensos básicos de Estado.

En ese contexto, Felipe González reaparece no tanto como un líder político operativo, sino como un símbolo. Un recordatorio incómodo para el actual PSOE de que la izquierda española fue durante décadas una fuerza de transformación precisamente porque supo combinar ambición reformista con estabilidad institucional y vocación de mayoría. Quizá el problema del socialismo español no sea únicamente cómo defenderse del caso Zapatero, sino decidir qué quiere volver a ser cuando esta tormenta pase. @J_L_Gomez en @mundiario

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