nullMario Maraboto
En este país no es raro que un político, conscientemente, haga el ridículo con tal de demostrar poder, lograr ascensos, conservar el acceso al presupuesto (y a la oportunidad de negocios), o manifestar lealtad a sus superiores (ojo: en la cadena ascendente de mando, normalmente el pueblo no es el superior a quien se debe lealtad). Todo eso les es más valioso para su carrera, que su integridad y dignidad personal y profesional.
Hacer el ridículo puede ir desde lo anecdótico (“Que siga la corrup… la transformación” CSP) hasta lo profundamente humillante, como lo hicieron varios candidatos al Poder Judicial, o un tal Marx Arriaga encerrado en sus oficinas. Para el político, determinadas acciones o dichos (aun en contra de su dignidad o creencias) pueden fortalecer su posición, ganarle notoriedad ante el presidente(a) o el dirigente de su partido, o llevarlo a un puesto de poder, sin importar lo que la sociedad a la que “quiere servir” diga de él; el ridículo público tiene un costo simbólico de corto plazo contra los beneficios político-económicos en el mediano y largo plazo.
Un claro ejemplo reciente lo dio el aún secretario de Educación (la presidenta dijo el viernes que “está haciendo un gran trabajo” ¿?), el economista Mario Delgado. El 7 de mayo, declaró que, por acuerdo con todos los secretarios estatales de educación, se adelantaba el cierre del ciclo escolar por las lluvias y el mundial de futbol, pero al tercer día, luego de un comentario público de la presidenta, hizo el ridículo al declarar que “el eco de los días recientes revela que nos faltan voces en esta mesa, de los padres, de las madres de familia, del magisterio que viven realidades muy distintas” (reconoció que no hizo la tarea) y dio marcha atrás.
Para hacer más notable el ridículo, mencionó que “falta, sobre todo, confrontar el fondo del sistema” y que la Ley General de Educación “es también un residuo de la visión tecnocrática”. Es curioso porque esa ley es producto de una reforma educativa que, como senador, apoyó en 2013 porque consideraba que se debía elevar la calidad y modernizar el sistema, lo que, en efecto, se empezó a hacer hasta que la transformación de cuarta lo empezó a destruir con su mal llamada Nueva Escuela Mexicana (NEM).
Más ridículo si pensamos que esa NEM es un modelo curricular más político que pedagógico, que dice poner en el centro al estudiante como sujeto de derechos (como el de tres meses de vacaciones), y reducir el abandono escolar, situación que, según el Inegi, es preocupante, pues, aunque en primaria la deserción escolar sigue siendo baja (0.6 por ciento), hay un fuerte repunte en niveles de secundaria y media superior, además de un rezago educativo acumulado de casi dos años. Es un modelo educativo sin metas y plazos cuantificables, más preocupada por la formación doctrinal que académica, sin presupuesto ni procesos reales de evaluación tanto del magisterio como del avance educativo, claro reflejo de que la educación no es de interés de quienes, con un viejo sistema, sí pudieron alcanzar grados superiores de educación.
Para muchos en política, hacer el ridículo sin importar la dignidad profesional paga: lo mismo se puede conservar el puesto aunque destruya la educación, que llegar a “gobernar” un estado con el título de maestra, o todo un país con un doctorado en Ingeniería Ambiental, aunque ni la educación ni el medioambiente preocupe mayormente.