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Publimetro 19 May, 2026 16:38

Ruido de fondo: Bajo la piel del Ajolote

Hay una imagen que lo dice todo: un ajolote pintado sobre el pavimento roto, en una ciudad donde el Metro falla, las calles se inundan y todo esto mientras se nos va la vida en el tráfico. El ajolote es nuestro, nos representa, es parte de lo que somos. Nadie discute eso. El problema es lo que está debajo de la pintura.

Porque pintar todo de morado y ajolotes sobre señalética vial no es arte urbano, es un problema de seguridad. Hay normas que existen por algo. Cada color, cada línea, cada símbolo tiene una función concreta: que no te atropellen, que no choques, que llegues. Convertir eso en lienzo político no es innovar; es apostar con la seguridad de la gente.

La lógica es sencilla y conocida: que la ciudad luzca bien para el Mundial. Para los que van a venir de visita. Para la foto. Política de fachada en su versión más literal, intervenir la superficie para que nadie pregunte qué hay debajo. Pero vienen las lluvias. Y cuando llueve, la ciudad se desnuda sola, se deslava. Avenidas que se vuelven ríos, colonias enteras bajo el agua, drenajes obstruídos, y aquí la paradoja, mientras media CDMX se inunda, la otra mitad sigue sin agua.

Hace apenas unos días, una megafuga en Iztapalapa, tiró 23 millones de litros a la calle. Más de 2,000 pipas desperdiciadas, en una Alcaldía donde hay familias que calculan cada cubeta. Eso es lo que esconde el morado. El ajolote sobrevive en condiciones que matarían a cualquier otra cosa. Y en eso sí se parece a esta ciudad y a su gente. Porque aquí la gente no vive, sobrevive. Hace malabares con el transporte, con el agua, con el tiempo, con la inseguridad.

Y aquí , conviene traer algo que escribió el antropólogo Roger Bartra, quien veía en el ajolote la metáfora perfecta de México — un ser extraordinario atrapado entre lo que es y lo que podría llegar a ser. Una transformación que nunca termina de ocurrir. Difícil encontrar una descripción más exacta de esta ciudad: siempre a punto de cambiar, siempre igual de fondo.

Transformar una ciudad no es repintarla. Es resolver lo que duele. Es que el drenaje aguante la lluvia, que el Metro llegue, que el agua no se vaya por las coladeras mientras hay quien no la tiene. Es gobernar para la gente que vive aquí todo el año, no solo para los turistas de junio.

La Ciudad de México no necesita un nuevo color. Necesita que alguien le resuelva las batallas diarias que millones pelean sin parar. Merecemos una ciudad para vivirla — no un decorado para fotografiarla.

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