El fútbol español vive desde hace años una contradicción difícil de ocultar. Nunca tuvo tantos ingresos, tanta proyección internacional ni tanta sofisticación empresarial, pero pocas veces pareció tan alejado de sus aficionados más fieles. El episodio vivido esta semana entre el RC Deportivo, el Ayuntamiento de A Coruña y LaLiga vuelve a situar ese conflicto en primer plano, precisamente en vísperas de uno de los partidos más importantes para el club gallego en décadas.
Miles de seguidores del Deportivo se han quedado sin entrada para acompañar al equipo en Valladolid en un encuentro que puede significar el regreso a Primera División. La demanda superó con mucho las localidades disponibles y la ciudad herculina se preparaba para vivir el partido colectivamente en la explanada de Riazor, con una pantalla gigante impulsada por el Ayuntamiento que permitiera a quienes no pudieran desplazarse seguir una cita cargada de simbolismo emocional y deportivo.
Sin embargo, la respuesta de LaLiga fue inmediata y contundente. La organización presidida por Javier Tebas rechazó autorizar la retransmisión pública del encuentro, amparándose en la normativa audiovisual y en una circular reciente enviada a los clubes. En la carta remitida al consistorio coruñés, la patronal recuerda que no se permite la comunicación pública de partidos en espacios abiertos, fan zones o recintos habilitados temporalmente sin autorización expresa.
El Deportivo mantiene la fan zone en Riazor, aunque sin retransmisión oficial del partido. El duelo en Valladolid puede devolver al club gallego a Primera División
La decisión puede ser jurídicamente impecable dentro del modelo de explotación audiovisual del fútbol profesional, pero políticamente resulta mucho más discutible. Porque el problema no es únicamente legal o económico: es también cultural y sentimental. El Deportivo no juega simplemente un partido más. Lo que se dirime en Zorrilla es el posible final de una larga caída que llevó a uno de los clubes históricos del fútbol español desde las noches europeas y los títulos de Liga, de Copa y de Supercopa hasta los campos de Primera Federación.
En ese contexto, impedir que miles de aficionados puedan compartir colectivamente el encuentro en su propia ciudad transmite una imagen de rigidez difícil de entender para buena parte de la opinión pública. Especialmente en una competición que presume continuamente de cercanía con los aficionados y de la defensa del llamado “fútbol de todos”.
El Ayuntamiento de A Coruña había interpretado precisamente ese clima social. La petición de la alcaldesa, Inés Rey, respondía a una demanda evidente en la ciudad: convertir Riazor en un punto de encuentro popular para una generación de deportivistas marcada por años de frustración, descensos y reconstrucción institucional. LaLiga, en cambio, aplicó una lógica estrictamente empresarial y de control de derechos audiovisuales.
Habrá fan zone
El Deportivo ha intentado buscar una solución intermedia. Mantendrá la fan zone y las pantallas instaladas junto al Palacio de los Deportes, aunque sin emitir oficialmente el partido. En su lugar, el club ofrecerá una retransmisión especial con imágenes del canal de YouTube blanquiazul y sonido ambiente del encuentro. Una fórmula imaginativa que, en realidad, refleja hasta qué punto los clubes intentan equilibrar el respeto a las normas con la necesidad de mantener viva la conexión emocional con sus seguidores.
Todo ello añade aún más tensión a un partido ya cargado de historia. El Real Valladolid parte respaldado por una estadística claramente favorable en Zorrilla. Los precedentes históricos muestran un dominio castellano tanto en Primera como en Segunda División y también en la Copa del Rey. Pero el peso de las estadísticas rara vez sirve de refugio en partidos de esta naturaleza, donde la presión psicológica y el vértigo del ascenso suelen alterar cualquier lógica previa.
Para el Deportivo, además, este posible regreso a Primera tendría un valor que trasciende lo deportivo. Significaría recuperar parte del espacio simbólico perdido por Galicia en la élite futbolística española. Durante años, el club coruñés fue uno de los grandes embajadores internacionales del fútbol gallego y una referencia de modernización deportiva. Su desaparición del primer plano coincidió también con una cierta pérdida de visibilidad del fútbol gallego fuera de sus fronteras.
Por eso el encuentro de Valladolid se vive en A Coruña casi como una cuestión identitaria. No es únicamente una lucha por tres puntos ni una simple operación económica asociada a los ingresos televisivos de Primera División. Es también la reivindicación de una memoria colectiva construida alrededor de Riazor, del Súper Dépor y de generaciones enteras que crecieron viendo competir al club contra los gigantes europeos.
La polémica de la pantalla gigante termina revelando algo más profundo: el fútbol español continúa atrapado entre dos modelos difíciles de reconciliar. Por un lado, una industria globalizada obsesionada con la protección de sus derechos audiovisuales y sus ingresos comerciales. Por otro, unas aficiones que siguen entendiendo el fútbol como un espacio de comunidad, emoción compartida y pertenencia colectiva.
Quizá el verdadero desafío para el fútbol profesional no sea únicamente aumentar sus beneficios o conquistar nuevos mercados internacionales. Tal vez consista, sobre todo, en no olvidar que detrás de cada contrato televisivo siguen existiendo ciudades enteras dispuestas a sufrir, celebrar y emocionarse juntas por un balón. Y pocas ciudades parecen hoy tan preparadas para hacerlo como A Coruña. @mundiario