La marcha convocada por Morena en la capital de Chihuahua el pasado 16 de mayo dejó una postal incómoda, pero muy reveladora: la política mexicana podrá cambiar de colores, de logotipos, de himnos y de discursos, pero conserva intactas sus viejas mañas. El objetivo era claro: exigir juicio político contra la gobernadora Maru Campos y mostrar músculo político. El problema fue que el músculo no se vio tan fuerte como se esperaba.
Morena, que ha demostrado una habilidad casi artesanal para la movilización política, no logró en Chihuahua la escena épica que seguramente imaginaba. Y eso, para un partido acostumbrado a llenar plazas, repartir consignas y administrar la indignación con precisión electoral, debió doler. A Morena le pegaron con su propio balón. Le jugaron el partido en la cancha que mejor conoce: la del acarreo, la operación territorial, la presión simbólica y la disputa callejera.
Pero el gobierno estatal tampoco salió limpio de esta historia. Mientras Morena marchaba, aparecieron bloqueos carreteros protagonizados por productores organizados con una eficiencia digna de manual electoral. Además, la JMAS realizó obras hidráulicas en puntos cercanos al trayecto de la movilización. Una casualidad tan hidráulicamente oportuna. En política mexicana, las casualidades suelen tener horario, ruta y beneficiario.
El episodio deja una conclusión amarga: no importa el partido, no importa el color; todos parecen jugar con la misma moneda. Morena acusa prácticas viejas mientras las utiliza; el PAN denuncia la manipulación mientras parece responder con la misma lógica. Unos movilizan, otros bloquean. Unos acarrean, otros obstaculizan. Unos gritan “pueblo”, otros gritan “defensa”, pero ambos terminan tratando a la ciudadanía como escenografía.
Lo más grave es que estas prácticas no son nuevas. Tienen décadas entre nosotros. Son herencia directa de ese PRI que tantos aseguran está muerto, pero que, en realidad, sigue respirando en los pulmones de la política mexicana. El PRI perdió espacios, perdió símbolos, perdió hegemonía; pero dejó sembrada una cultura política difícil de erradicar: el dedazo, la simulación, el acarreo, la coerción, el cabildeo opaco, la cargada y la ley usada como garrote.
Por eso resulta irónico escuchar a ciertos morenistas hablar del “PRIAN” como si se tratara de una criatura externa, ajena, maligna y perfectamente identificable. Muchos ciudadanos apartidistas podemos coincidir en que el viejo régimen causó daños profundos. El problema es que Morena está lleno de expriistas que no llegaron a transformar la política, sino a reciclarla. Cambiaron de camiseta, no de hábitos. Se envolvieron en la bandera del cambio para perpetuar las mismas prácticas que antes decían combatir.
Y ahora, cuando Chihuahua no sale como esperaban, aparece otra vieja receta: modificar la ley. La iniciativa para anular elecciones por intervención extranjera puede sonar patriótica, pero también abre una puerta peligrosa: “si gano, ganó el pueblo; si pierdo, hubo injerencia”. Como si los extranjeros contaran los votos. Como si la soberanía solo existiera cuando beneficia al partido en el poder.
Mientras tanto, los partidos juegan a las luchitas rumbo a 2027 y 2030. Unos se victimizan, otros se atrincheran. Unos marchan, otros bloquean. Y, en medio, quedamos los chihuahuenses, viendo cómo la democracia se convierte en teatro barato.
Al final, quizá el PRI nunca se fue. Solo aprendió a vestirse de azul, de guinda o del color que convenga. El verdadero problema es que todos lo señalan afuera, pero pocos reconocen al PRI que llevan dentro.