Está mañana, integrantes de grupos cristianos y del movimiento LGBT coincidieron en protestas antagónicas frente a Pueblito Mexicano. No se trató de un encuentro para dialogar sino de una confrontación de consignas que redujo el debate a posiciones.
Un grupo se manifestó contra la “no extinción de la familia”, mientras el movimiento LGBT levantó su postura a favor del matrimonio igualitario. Sin puentes, sin matices, la calle se volvió escenario de un “nosotros” y un “ellos”.
¿Qué se logra cuando se impide que el otro se exprese? ¿Cómo se defiende una causa si el costo es negar derechos básicos como circular, manifestarse y ser escuchado?
Vivimos tiempos nuevos y no debería vivirse como si aún estuviéramos en el siglo antepasado. Ni la religión ni ninguna otra idea pueden estar por encima de los derechos humanos.
Esos derechos pertenecen a cada persona, en México y en cualquier parte del mundo, sin depender del credo, la orientación o el temor de quien protesta.
Mientras tanto, el Congreso del estado celebrará una sesión solemne y otra ordinaria donde se discutiría el tema del matrimonio igualitario, pero no aparece en el orden del día. ¿Por qué se deja fuera lo esencial? ¿Se debate de verdad o se administra el conflicto para que no se resuelva?