El experimento es tan simple como inquietante: pedir a miles de ciudadanos que se conviertan, por un momento, en agentes de inmigración. Frente a ellos, dos perfiles. Una decisión: quién entra y quién no. Lo que emerge de ese ejercicio colectivo, repetido en decenas de países, no es solo una preferencia estadística. Es un retrato moral de nuestras sociedades.
El resultado es claro. Si la aceptación dependiera exclusivamente del juicio ciudadano, el inmigrante ideal sería mujer, joven, con estudios superiores, dominio del idioma y, a ser posible, con un empleo ya asegurado. Un perfil que encarna la promesa de integración sin fricciones. O, dicho de otro modo, el inmigrante que menos incomoda.
El hallazgo procede de un amplio metaanálisis publicado en Science Advances, que recopila más de un centenar de estudios con más de 140.000 participantes en 36 países. La investigación no solo identifica preferencias, sino que expone una jerarquía implícita de valor humano: quién suma y quién resta en la balanza simbólica de la acogida.
Pero el dato más revelador no está en el perfil ideal, sino en su reverso. Los menos aceptados son, sistemáticamente, quienes proceden de países musulmanes, quienes migran por motivos económicos, quienes han entrado de forma irregular o quienes presentan alguna discapacidad. Es decir, los más vulnerables. El experimento no mide políticas migratorias reales, pero sí algo más profundo: las intuiciones colectivas que las sustentan.
La integración como filtro invisible
La preferencia por mujeres jóvenes no responde únicamente a criterios económicos. En el fondo, se trata de una percepción de menor amenaza. Menos competencia laboral, menos conflicto cultural, menos riesgo percibido. La figura femenina aparece asociada a la adaptación, la docilidad y la integración silenciosa.
A ello se suma el factor generacional. La juventud no solo implica mayor capacidad de inserción laboral, sino también una supuesta flexibilidad cultural. El inmigrante ideal es, en esencia, alguien moldeable.
Sin embargo, el elemento más determinante es el idioma. Dominar la lengua del país de acogida otorga una ventaja decisiva. No es solo una herramienta de comunicación, sino una señal de pertenencia anticipada. Hablar la lengua es, simbólicamente, empezar a ser de dentro.
Economía versus identidad: la paradoja migratoria
El estudio revela una tensión persistente. Por un lado, los ciudadanos prefieren inmigrantes altamente cualificados, capaces de aportar valor económico inmediato. Por otro, las economías reales demandan, en gran medida, mano de obra menos cualificada.
Esta contradicción refleja un desfase entre percepción y necesidad. Se valora al inmigrante que compite en la cima, pero se depende del que sostiene la base.
Además, existe una paradoja emocional: se muestra mayor simpatía hacia quienes huyen de la guerra o la persecución, pero se penaliza a quienes cargan con traumas visibles. La empatía tiene límites cuando entra en juego la percepción de coste social.
El peso de la cultura y el sesgo religioso
Más allá de la economía, los factores socioculturales siguen siendo decisivos. Compartir religión o, al menos, no diferir demasiado de la dominante, aumenta significativamente las probabilidades de aceptación.
En este punto, el estudio es contundente: existe una penalización sistemática hacia los inmigrantes procedentes de países musulmanes. Este sesgo se repite en Europa, América del Norte e incluso en países culturalmente distantes como Japón o Corea del Sur.
La clave no está tanto en la nacionalidad como en la percepción de distancia cultural. El problema no es de dónde vienes, sino cuánto te pareces.
Ideología y miedo económico: el nuevo giro
Las diferencias ideológicas también influyen. Los ciudadanos con inclinaciones progresistas tienden a priorizar factores socioeconómicos, mientras que los conservadores ponen el foco en la cultura, la religión o la identidad.
Sin embargo, en los últimos años ha emergido un cambio significativo: el aumento del peso del factor económico en todos los grupos. Especialmente entre las clases medias y bajas, que perciben una mayor presión fiscal y una competencia más directa por los recursos.
Este giro ayuda a explicar fenómenos políticos recientes, como el auge de partidos antiinmigración en sectores tradicionalmente vinculados al Estado del bienestar. La percepción de amenaza ya no es solo cultural, sino también material.
El espejo incómodo
El valor de este estudio no reside en definir quién debería entrar, sino en revelar cómo pensamos sobre quién merece hacerlo. Es un espejo incómodo que refleja prejuicios, miedos y aspiraciones.
La figura de la “inmigrante ideal” no es neutra. Es una construcción que combina eficiencia económica, cercanía cultural y baja conflictividad percibida. Un perfil que, en la práctica, excluye precisamente a quienes más necesitan ser acogidos.
En última instancia, la pregunta no es qué tipo de inmigrante prefieren los ciudadanos, sino qué tipo de sociedad están dispuestos a construir. Porque en esa elección, más que política migratoria, lo que está en juego es una idea de justicia. @mundiario