Piensa en la última junta donde alguien cuestionó cada propuesta, interrumpió con objeciones y generó tensión entre los asistentes. Seguro ya le pusiste una etiqueta como difícil, conflictivo o desgastante y aunque fácil de imponer, quizá te esté impidiendo ver algo más importante detrás de la molestia.
Existe un principio bien documentado en la terapia sistémica y la psicología organizacional: toda conducta, por incómoda que parezca, tiene una orientación positiva para quien la ejecuta. La persona está cubriendo una necesidad de protección, de reconocimiento, de pertenencia o de control ante la incertidumbre.
Si el líder responde solo a lo visible en la superficie, seguirá peleando con el síntoma.
Leer la intención positiva detrás del comportamiento ayuda a intervenir con mayor precisión, aunque tiene un límite claro: cuando el daño al equipo es sostenido, comprender la causa no equivale a tolerar la conducta de forma indefinida.
El primer paso es separar el comportamiento de la persona. Quien actúa con necedad no es necio en esencia, y si te detienes a cuestionarte cuál es la necesidad detrás de esa reacción, la intervención adquiere otra dirección. Quizá está protegiendo su criterio profesional porque en algún momento fue ignorado, o tal vez es la única manera en la que encontró darle peso a su presencia en el grupo. El patrón sigue siendo problemático, pero la causa te indica por dónde actuar con mayor precisión.
Eso modifica el objetivo del líder. El propósito deja de ser silenciar la disidencia para buscar canalizarla. En la práctica, a veces basta con preguntarle qué cambios específicos sugiere o qué necesita del grupo para bajar la tensión. El punto es llevar la queja difusa en una postura concreta con la que se pueda trabajar.
El líder que se desespera con quien discute todo, probablemente está cuidando su propia autoridad, y reconocerlo transforma la dinámica más que cualquier técnica de manejo de conflictos. Escuchar la disidencia con curiosidad genuina, en lugar de leerla como amenaza, abre espacio para una pregunta molesta ¿y si tiene razón? Tal vez la forma es torpe; sin embargo, podría haber algo rescatable en su posición.
Vuelve a esa junta inicial. La misma persona, igual comportamiento, pero cambia lo que tú haces y ahora el problema se convierte en una necesidad por redirigir, y la calidad de tu liderazgo quizá se refleje mejor en las preguntas que te haces antes de actuar.
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