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El Financiero 03 Jun, 2026 04:00

Reinvertir utilidades: la pieza que falta en el Plan México

México enfrenta una paradoja económica. A pesar de ser una de las economías más abiertas del mundo, contar con una posición privilegiada dentro del mercado norteamericano y estar recibiendo nuevas inversiones asociadas al nearshoring, el país continúa mostrando una de las tasas de crecimiento más bajas entre las economías emergentes. Durante los últimos treinta años, la economía mexicana ha crecido en promedio poco más de 2 por ciento anual, una cifra insuficiente para cerrar las brechas de productividad, ingreso y bienestar que nos separan de las economías desarrolladas. La pregunta es inevitable: ¿qué está faltando?

Una parte importante de la respuesta se encuentra en la inversión. Mientras China ha mantenido durante décadas niveles de inversión cercanos al 40 por ciento del PIB y Corea del Sur alrededor de 30 por ciento, México difícilmente ha superado el rango de 22 a 24 por ciento. Esta diferencia no es un simple dato estadístico; representa una brecha estructural en la capacidad de generar nueva infraestructura, incorporar tecnología, desarrollar proveedores nacionales y aumentar la productividad.

En este contexto, el debate sobre el Plan México debería incorporar un tema que hasta ahora ha recibido poca atención: la necesidad de construir una política nacional de reinversión de utilidades. La idea tiene sólidos fundamentos teóricos. El economista británico Nicholas Kaldor sostenía que el crecimiento económico depende esencialmente de la acumulación de capital. Para Kaldor, las ganancias empresariales son la principal fuente de ahorro e inversión dentro de una economía. Cuando las utilidades se reinvierten, aumenta la capacidad productiva, se incorporan nuevas tecnologías y se generan procesos de crecimiento acumulativo. Cuando se distribuyen predominantemente como dividendos o se orientan a actividades de baja productividad, el potencial de crecimiento se reduce.

Las experiencias de Asia Oriental confirman esta visión. Japón construyó su proceso de industrialización de posguerra mediante una estrategia donde las grandes empresas privilegiaron la expansión productiva sobre la rentabilidad inmediata. Durante décadas, una parte importante de las utilidades corporativas se destinó a modernización tecnológica, investigación y ampliación de capacidades industriales.

Corea del Sur siguió un camino similar. Empresas como Samsung, Hyundai y LG utilizaron la reinversión continua de sus ganancias para financiar innovación, capacitación y expansión internacional. El resultado fue la construcción de conglomerados capaces de competir en sectores de alta tecnología a escala global.

China llevó este modelo a una dimensión sin precedentes. Durante más de cuatro décadas combinó elevadas tasas de inversión, financiamiento público estratégico y reinversión empresarial. El caso de Huawei es particularmente ilustrativo. La empresa destina lo equivalente a 20 por ciento de sus ventas a investigación y desarrollo, una proporción que supera ampliamente los estándares internacionales y que explica buena parte de su liderazgo tecnológico.

La lección es clara: detrás de cada historia exitosa de industrialización existe una estrategia sistemática de acumulación de capital.

México, por el contrario, ha descansado excesivamente en la inversión extranjera como motor del crecimiento. Sin duda, la inversión externa seguirá siendo fundamental, pero difícilmente podrá sustituir la necesidad de fortalecer los mecanismos internos de acumulación. El reto consiste en transformar una parte mayor de las utilidades empresariales en nueva capacidad productiva.

Para ello, el gobierno podría incorporar al Plan México un conjunto de incentivos orientados específicamente a la reinversión. Entre ellos destacan esquemas de depreciación acelerada para inversiones en manufactura avanzada, inteligencia artificial y automatización; créditos fiscales para actividades de investigación y desarrollo; así como tasas preferenciales de ISR para utilidades reinvertidas en sectores estratégicos.

La creación de un régimen fiscal especial para empresas reinversoras permitiría canalizar recursos hacia actividades con alto impacto en productividad, innovación y generación de empleo. Asimismo, podría establecerse un sistema de certificación para identificar y reconocer a las empresas que destinen una proporción significativa de sus utilidades a la expansión productiva. La discusión adquiere mayor relevancia en el contexto actual. La reorganización de las cadenas globales de suministro, la transición energética y la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China están redefiniendo la geografía económica mundial. México tiene una oportunidad histórica para insertarse en esta nueva etapa, pero aprovecharla requerirá mucho más que atraer inversiones.

Será indispensable fortalecer la capacidad de inversión de las empresas nacionales.

El crecimiento económico sostenible no depende únicamente de exportar más o de recibir mayores flujos de capital extranjero. También requiere construir una base empresarial capaz de reinvertir, innovar y expandirse continuamente. Las economías asiáticas entendieron esta lección hace varias décadas. México aún está a tiempo de hacerlo.

Si el Plan México aspira a convertirse en una verdadera estrategia de transformación productiva, la reinversión de utilidades debe ocupar un lugar central dentro de la política económica nacional. No se trata únicamente de una medida fiscal; se trata de construir las bases financieras de un nuevo ciclo de crecimiento. Porque, al final, ninguna nación ha logrado desarrollarse de manera sostenida sin invertir sistemáticamente en su propio futuro.

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