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Radar Inteligente
El Financiero 04 Jun, 2026 04:23

Bajo presión

El conflicto en Medio Oriente se ha convertido en la fuerza que está moldeando la economía global. No es una frase mía: es prácticamente la primera línea del nuevo panorama económico que la OCDE publicó esta semana, titulado, justamente, “Under Pressure”, bajo presión.

El diagnóstico pinta el complejo cuadro. El mundo entró a 2026 más fuerte de lo previsto, empujado por la inversión en inteligencia artificial y por condiciones financieras benignas. La OCDE estaba lista para revisar al alza sus pronósticos.

Y entonces llegó la guerra al final de febrero y con ella el choque energético.

Ahora, la OCDE proyecta que el crecimiento global pase de 3.4% en 2025 a 2.8% este año, para recuperarse a 3.1% en 2027. La inflación de los países del G20 subirá de 3.4% a 4.0% en 2026.

Pero ese es el escenario amable. La OCDE optó por no poner un solo pronóstico y dibujó dos rutas. La benigna —que llama “disrupción acotada”— supone que los precios de la energía ceden desde mediados de año, en línea con los futuros. La otra, la de “disrupción prolongada”, supone que el conflicto se estira hasta bien entrado 2027.

¿Qué pasa en ese segundo escenario? El crecimiento global baja a 2.1% en 2026 y a apenas 1.8% en 2027, con varias economías rozando la recesión y la inflación mundial 1.3 puntos por encima de lo previsto. No es una pesadilla improbable: depende de un solo cuello de botella en el Estrecho de Ormuz.

El termómetro de todo esto es el petróleo. Ayer por la tarde el Brent rondaba los 98 dólares por barril, 63% arriba de donde arrancó el año. La OCDE asume que el crudo promediará 92 dólares en 2026 antes de ceder a 80 en 2027, con un pico cercano a 102 dólares en el trimestre que corre. El cierre casi generalizado del Estrecho de Ormuz ha sacado del mercado, según sus cálculos, cerca de 13 millones de barriles diarios.

Y aquí viene lo que conviene no perder de vista: el golpe no se queda en la gasolina. El gas en Asia acumula un alza de 80.8% desde finales de febrero; en Europa, 43.2%. La urea —insumo clave de los fertilizantes— sube 25%, y el aluminio, 18.6%. Es decir, el choque viaja de la energía a los fertilizantes, de los fertilizantes a los alimentos, y de ahí a la inflación que pagamos todos.

¿Quién la lleva peor? Las economías emergentes importadoras de materias primas, donde la energía y los alimentos pesan más en el gasto de los hogares y donde el colchón fiscal es más delgado.

Aterricemos ahora en México.

La buena noticia, si cabe llamarla así, es que México recibe el golpe sobre todo por la vía indirecta: no tanto por el precio de la energía como por el menor crecimiento global.

Ayuda el ajuste del IEPS a las gasolinas. Cuando el precio internacional de los combustibles sube, el gobierno reduce o elimina ese impuesto, y el costo fiscal lo cubre al menos parcialmente con la mayor recaudación petrolera. La OCDE asume que ese amortiguador seguirá operando en 2026 y 2027.

La mala noticia es que llegamos a este choque ya golpeados. El PIB se contrajo 0.6% en el primer trimestre del año, una caída generalizada en industria, agro y servicios. La OCDE prevé que México crezca apenas 0.8% en 2026 —el mismo número de 2025— y que remonte a 1.8% en 2027. Dicho de otro modo: dos años de virtual estancamiento. Y con la inversión fija aún convaleciente —se derrumbó 6.4% en 2025—, el motor que debería tomar el relevo apenas enciende.

La inflación tampoco ayuda. En la primera quincena de mayo estuvo en 4.1 por ciento. La OCDE la ve cerrando 2026 en 3.9% y bajando a 3.2% hasta 2027. Por eso sugiere que Banxico, que recortó la tasa a 6.50% en mayo, no se mueva más hasta tener evidencia clara de que la inflación regresa al 3%. De hecho, proyecta la tasa sin cambios hasta finales de 2027.

En lo fiscal, el déficit cede de 3.9% del PIB en 2025 a 3.6% este año y a 3.2% el próximo, casi todo por recorte de gasto. La deuda bruta, en cambio, sigue subiendo: de 58.8% a poco más de 60% del PIB.

Pero el verdadero comodín para México no está en Medio Oriente. Está en la región y en el país. El proceso de revisión del T-MEC y el entorno arancelario que se configure, así como el clima de gobernanza interno, serán factores que pesen más que el precio del Brent.

México enfrenta hoy una doble presión: la global, que viene de fuera y sobre la que no tiene margen de maniobra; y la propia, que se cocina en la mesa de negociación comercial y en la calidad de su gobernanza y de sus finanzas públicas.

La presión global, con suerte, se diluye en unos meses. La segunda depende de nosotros.

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