La política peruana parece condenada a repetir sus noches más largas. Cuando los primeros sondeos a boca de urna otorgaban una ligera ventaja a Keiko Fujimori, parte del establishment político y mediático comenzaba a interpretar el resultado como el posible final de una trayectoria marcada por derrotas ajustadas. Sin embargo, apenas unas horas después, el conteo rápido volvió a demostrar por qué en Perú las elecciones rara vez terminan cuando se cierran las urnas.
Las primeras proyecciones basadas en actas oficiales dibujan un escenario radicalmente distinto. Según Datum Internacional para América Televisión, Roberto Sánchez alcanza el 50,14% frente al 49,86% de Keiko Fujimori. Ipsos incluso estrechó ligeramente esa ventaja al situar al candidato de Juntos por el Perú con un 50,3%, frente al 49,7% de la candidata de Fuerza Popular. El dato central no es quién aparece unas décimas por delante, sino que Perú vuelve a encontrarse inmerso en un empate técnico de dimensiones históricas.
La gran pregunta de la noche es cómo desapareció tan rápido la ventaja inicial de Fujimori. La explicación está en la geografía electoral peruana. Los sondeos a pie de urna reflejaban inicialmente el enorme peso de Lima Metropolitana, donde Fujimori consiguió resultados abrumadores, alcanzando el 62,19% frente al 37,81% de Sánchez. Pero Perú no se decide únicamente en la capital. Conforme avanzan los recuentos y comienzan a incorporarse las actas procedentes del sur andino, las zonas rurales y regiones históricamente inclinadas hacia candidaturas de izquierda empiezan a alterar el equilibrio.
El patrón territorial resulta casi perfecto en su división. Fujimori domina las grandes áreas urbanas, el norte costero y especialmente Lima. Sánchez, heredero político del espacio construido por Pedro Castillo, obtiene apoyos masivos en regiones rurales y andinas, donde alcanza porcentajes extraordinarios como el 82,22% en Puno o el 77,27% en Cusco. Es precisamente esta asimetría territorial la que explica por qué los resultados provisionales pueden cambiar de manera significativa durante horas o incluso días.
Además, existe una diferencia metodológica clave entre el boca de urna y el conteo rápido. El primero se basa en entrevistas realizadas a los votantes tras depositar su papeleta; el segundo trabaja directamente con datos extraídos de actas oficiales. Por eso, cuando las diferencias son mínimas, el conteo rápido suele ofrecer una imagen mucho más cercana al resultado definitivo.
La prudencia de los candidatos refleja precisamente esa incertidumbre. Roberto Sánchez evitó cualquier celebración prematura y recordó que “A buena hora hay este empate estadístico. Nadie puede decir ya gané o ya perdí”. El mensaje no es casual. Perú ya vivió algo parecido en 2021, cuando Keiko Fujimori lideró inicialmente los sondeos a boca de urna frente a Pedro Castillo antes de acabar perdiendo tras el avance del escrutinio rural.
Tampoco desde Fuerza Popular existe sensación de victoria consolidada. El secretario general Luis Galarreta resumió la estrategia del partido: “El proceso electoral todavía no ha terminado, más bien continúa, y es donde entran a tallar nuestros personeros y la defensa de cada voto”. La movilización jurídica y organizativa se convierte así en parte esencial de una elección donde cada acta puede modificar el desenlace.
¿Pero qué ocurre si la diferencia final continúa siendo mínima? La legislación peruana es clara en un aspecto fundamental: no existe jurídicamente el concepto de empate técnico. Ese término pertenece exclusivamente al lenguaje demoscópico. En segunda vuelta presidencial gana quien obtenga un voto válido más que su rival. No existe porcentaje mínimo ni margen obligatorio.
Lo que sí puede ocurrir es una prolongación del proceso institucional. Las actas observadas —aquellas con errores, inconsistencias o problemas materiales— serán enviadas a los Jurados Electorales Especiales para su revisión. Si persisten las discrepancias, podrían celebrarse audiencias públicas y revisiones adicionales antes de llegar al Jurado Nacional de Elecciones. Este mecanismo ya provocó retrasos significativos en procesos anteriores y podría volver a hacerlo ahora (algunas semanas o hasta meses).
Mientras tanto, el escrutinio oficial continúa dibujando otro fenómeno conocido: la volatilidad territorial. Con algo más del 45% de las actas contabilizadas, Fujimori aún conserva ventaja en parte del conteo oficial, impulsada principalmente por Lima y las áreas urbanas. Sin embargo, los analistas esperan que la llegada progresiva de votos rurales reduzca esa diferencia o incluso la revierta completamente.
Más allá del resultado concreto, la noche electoral peruana confirma una tendencia estructural: la existencia de dos países políticos que votan de forma distinta, tienen prioridades distintas y producen elecciones casi imposibles de resolver con rapidez. La proclamación oficial podría demorarse días. Y en un sistema acostumbrado a finales milimétricos, esa espera puede convertirse nuevamente en parte de la propia batalla política. @mundiario